Los oficios del texto: escribir y trabajar
Por
Sofía Balbuena
- David
Foster Wallace. Conocen “This is a water”. Es una conferencia que dictó
DFW hace alrededor de 20 años para los egresados de Kenyon College, una
universidad liberal en donde enseñan humanidades en el estado de Ohio.
Empieza como una alegoría. Dos peces jóvenes van nadando por la mañana y
se cruzan con un pez más viejo que les dice, cómo están chicos, cómo está
el agua. Se saludan, siguen de largo y cuando el pez viejo ya quedó por
detrás, uno de los peces jóvenes le dice al otro: what the hell is water.
Así empieza DFW a hablar a los egresados en humanidades en Kenyon College
en el año 2005. Hace la advertencia, apenas arranca: no es él el pez
experimentado que viene a hablarle a los debutantes de los peligros que
acechan puertas afuera de la universidad. Sino que viene a pensar un poco
el cliché –palabras de DFW– de lo que se supone que una aprende –o debería
haber aprendido– en una escuela de humanidades, liberal arts, no tan
distinta de esta universidad en la que estamos nosotras ahora. Pensamiento
crítico, enseñar a pensar o más bien: poder elegir qué pensamos o cómo es
que pensamos. DFW habla sobre lo que él llama nuestro setting por default
y lo que él cree o propone para desprogramarnos de esa forma automática de
razonar que a veces nos esclaviza: el trabajo del ejercicio crítico que
deberían ser capaces de hacer quienes, como ellos y como nosotros, nos
egresamos de un programa de humanidades, artes liberales. No disociarse
tanto, no enajenarse tanto, no dar por sentado tantas cosas que ya no
seamos capaces de recordar, ver, registrar las cosas más urgentes y
elementales. Por ejemplo: algo tan obvio y tan elemental como la
materialidad del medio por el cual nos desplazamos. En palabras de David
Foster Wallace: repetirnos todo el tiempo “this is water”.
- Cuál
sería nuestra agua. Water. Digo, para no olvidarnos, ni darla por sentada,
primero tendríamos que ser capaces de precisarla. Iowa. Agua. Es una forma
de agua, un cuerpo de agua. Un río, un lago, un océano. Yo diría que se
parece más a un lago porque es tranquilo, porque aún cuando contamos aquí
con todos los elementos de un ecosistema literario de élite, pues en el
océano de la industria esta tranquilidad, esta cantidad de tiempo para la
contemplación y el desarrollo de nuestras capacidades es una rareza. Iowa
es una rareza, en el sentido de que es poco frecuente. Una especie de
entrenamiento; algo que te puede dar la espalda –el músculo– para
prepararte para otras competencias, más exigentes. Otras aguas. En
Iowa–agua no solo podemos, tenemos la oportunidad, el milagro del tiempo
para escribir sino que además tenemos la tranquilidad, las condiciones
para la tranquilidad que nos permite no solo escribir sino que también
razonar nuestra escritura; pensar en lo que escribimos, en nuestras
razones para escribir, en el tipo de escritora que queremos y/o podemos
llegar a ser.
- Cuando
yo llegué a Iowa yo venía agotada de trabajar y lo que quería era tiempo
para escribir. Tenía un oficio: el de librera, especializada en literatura
latinoamericana que había desarrollado en un contexto en que en España le
estaban prestando especial atención a la literatura latinoamericana.
Seguro escucharon hablar del BOOM de las escritoras latinoamericanas en
España, etiqueta que las mismas escritoras resisten y critican, pero que a
España le encanta. En España todo lo que tiene que ver con América Latina
es un BOOM, lo cual me hace pensar en cómo se imprimen etiquetas antiguas
sobre fenómenos y procesos nuevos, en las implicancias de usar la
onomatopeya que describe el ruido de una explosión para hablar de América
Latina. Pero eso es harina de otro costal. Les decía: Llegué, entonces, a
la Universidad de Iowa gracias a un oficio que me había dejado exhausta.
Lo que tiene de bueno haber trabajado como librera es que una construye un
mapa mental del estado de la literatura, sobre todo de la contemporánea,
por cuestiones más bien estratégicas, de venta. Para poder vender los
libros que tenés en el catálogo, tenés que ser capaz de poder decir algo
de esos libros y para eso, lo mejor es leerlos. Con el músculo que hice
ahí, en ese gimnasio de lectura, fue que me gané un espacio en el
programa.
- Así
fue que llegué aquí y por eso también, a mi primer oficio en el sector del
libro, le estoy agradecida. Aquí en Iowa empecé y terminé de escribir al
menos un par de libros, terminé la novela con la que me gradué y que ya
fue publicada en Argentina y en Chile y quizás –ojalá– pronto en España.
Otros proyectos en los que todavía me encuentro trabajando, sigo
publicando cosas que produje aquí. Sigo usando cosas que empezaron acá de
alguna manera, en Iowa. Iowa, como el trabajo de librería, me dio mucho.
Aún cuando a veces el silencio y la quietud –la soledad– de Iowa
estuvieron a punto de volverme loca. Los que llevan acá ya algún tiempo,
sabrán bien de lo que les hablo. Pero aún cuando próxima a graduarme me
hacía falta acelerar el ritmo porque ya estaba necesitando de otros roces,
una conversación más ancha, y volver a un medio en donde se hablara la
lengua en la que yo escribía, mientras me iba, me estaba yendo, no podía
dejar de pensar en que no
hay dos Iowas en la vida de una escritora. Escribir es para mí la
mejor parte de escribir y acá una escribe tranquila y, como les decía, una
puede pensar en lo que está escribiendo, en lo que escribió, en lo que
desea escribir en el futuro. No hay dos Iowa en la vida de una
escritora y en mi vida, sin Iowa, no habría escritora. Si pensamos en
Iowa como el agua, como una metáfora de las circunstancias que posibilitan
nuestras escrituras, podríamos entonces convenir, conceder en que esta
conversación, esta mesa, este aula, es el agua.
- Yo
tuve –y ustedes tienen, están teniendo– dos años de gracia aquí para
generar obra y para pensar. Este parate de dos años fue en donde –además
de escribir– me preparé para defender el tiempo en el que escribo. Digo,
porque no todas las escritoras tienen la suerte de ser admitidas aquí.
Otras hacen malabares más complicados como cortar marihuana en California
tres meses, para financiar un año de escritura intensa en una casa en la
Alpujarra. De recetas así están hechos, muchas veces, los comienzos.
De buscarle la vuelta, hacer espacio para llegar a escribir, en muchos
casos el primer libro que confirma una vocación, una inclinación, un
deseo.
- Yo
vivo en España en donde todavía hay un montón de becas y ayudas a la
creación. Pasa en muchos países. En México está el Fonca, la fundación
para las letras mexicanas, en Chile también hay becas. No sé la verdad
cómo es en otros países de AL. En Argentina no hay financiamiento para los
creadores, ni jóvenes ni viejos y por eso me volví a España en donde
ganarse la vida en algo vinculado a la literatura o a la industria
editorial es más fácil. Para quienes son más jóvenes, en España, está la
residencia de estudiantes o la fundación Antonio Gala en Córdoba. Está la
academia de España en Roma (que tiene un programa internacional), la beca
del DAAD (Alemania), las ayudas del ministerio (para ciudadanos o
residentes en España con un libro publicado en territorio español),
premios importantes (el ribera de duero, el aldecoa, diferentes premios de
poesía, el anagrama. Todo esto se puede consultar en la página: Ver
escritores.org) por los que una puede ganar mucho o algo de dinero. Pero
la realidad es que para la mayoría de las residencias de un mes en España
o Europa, te piden más papeles y credenciales que para los programas de
escritura creativa de dos años en Estados Unidos. Nada de todo eso que es
muy competitivo y que, con mucha suerte me pueda ganar alguna vez (la
residencia de España en Roma, el DAAD), es igual a pasar dos años,
totalmente aislada del trabajo en la industria editorial, en un momento en
el que todavía no sos una escritora consagrada. Claro que podemos discutir
que es la consagración, qué son los pergaminos, pero a lo que voy es que
para la mayoría de las residencias de escritura una necesita un desarrollo
como escritora más frondoso. Esto lo digo para que dirijamos nuestra
atención a la oportunidad que tenemos –tuvimos– enfrente: después de acá
el tiempo de escritura siempre va a escasear, va a estar mediado por
múltiples compromisos, trabajos, distracciones. Iowa no te pide que
traigas tu nombre, más bien te da una oportunidad para desarrollarlo.
A mí eso me parece una especie de milagro.
- Yo
me fui de Iowa a España porque podía y porque era lo más razonable, porque
es la industria más grande, la que paga mejor. Tenía el oficio que había
aparcado cuando me vine a Iowa y tenía algunos que otros trabajos que me
habían mantenido conectada con España (trabajaba y todavía trabajo, cuando
puedo, aunque cada vez menos como lectora editorial especializada en
literatura latinoamericana contemporánea y en la literatura escrita por
mujeres en lengua inglesa para distintas editoriales). También tenía algunas
ideas, cosas en las que pensaba que podía desempeñarme: como ser agente, o
profesionalizar la práctica de scout que venía –y vengo– llevando adelante
medio que lateralmente. Pensé: algún trabajo voy a conseguir. Pero no
conseguí ningún trabajo.
- El
volantazo me dejó boyando. La zozobra, ese estado en el medio, entre lo
viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer es
difícil para el ánimo. Pasar de las mieles de un hábitat en que las cosas
están resueltas materialmente a tener que buscarte la vida en un mundo en
crisis es difícil, pero ahora además tenía que volver a escribir sola,
cuando había pasado algún tiempo escribiendo y pensando mi escritura con
otra gente, como parte de un equipo. Antonio Gramsci, el escritor
italiano que pasó más de diez años en la cárcel, decía que es en esos
claroscuros donde aparecen los monstruos. Doy fe. Hay pocas cosas más
angustiantes para mí que el claroscuro del cruce. También, como todo, te
enseña cosas. Sobre todo creo que a controlarte, a no hacer por
desesperación, como un autómata. El mundo es un lugar muy hostil. El
mercado laboral es muy competitivo. Y si una se comporta de forma errática
genera desconfianza, recelo, distancia. Si anda muy necesitada de dinero,
es peor. La desesperación no es sexy. Con la soga al cuello el pulso te
tiembla y aún cuando –spoiler alert– no me morí de hambre, estoy segura de
que si hubiese tenido resuelto cómo pagar el alquiler hubiera tomado
mejores decisiones de las que tomé respecto de mis libros y mi carrera.
Les decía: No conseguí trabajo, nadie me dio un trabajo. Entonces me lo
tuve que inventar.
- Lo
que yo hago mejor es leer, lo sé porque es la tarea en la que me siento
más cómoda, que me sale de forma orgánica, pero como tal, la lectura no se
paga. La poeta Andrea Cote, me contó una anécdota de cuando ella decidió
dedicarse a la poesía. Dice que su padre le decía en Barrancabermeja, el
pueblo de Colombia en el que creció: hija, en el periódico yo no veo que
nadie esté necesitando una poeta para trabajar. Parece una pavada pero esa
anécdota ilumina para mí una de las cuestiones centrales del asunto: en
este mundo tan complicado en donde lo viejo no termina de morir y lo nuevo
no termina de nacer, lleno de monstruos y de vaticinios exhaustos sobre el
fin del mundo, se trata de inventar cosas y, con un poco de suerte,
construir una vida que no acabe con nosotras. El desafío fue entonces
volver mi capacidad de leer un trabajo. De la escritura, se sabe, vivir es
mucho más difícil.
- En
un mundo anterior, había dos tipos de escritores. Los que venían ya con el
dinero de familia que les podía financiar su vocación artística y los que
trabajaban como periodistas y escribían on the side. Digo, en un mundo
anterior, porque ese mundo ya no existe. El periodismo ya no es un trabajo
ni del que se pueda vivir ni que te permita escribir. Una opción, bastante
frecuente en el sector para los y las escritoras es vivir del trabajo como
profesores, talleristas, editores freelance o una combinación de todas las
anteriores. Le debo mucho a la bondad –no siempre– silenciosa de las
mujeres de esta industria que me empujaron a perseguir cosas con las que
yo coqueteaba de lejos. Algunas buenas amigas mías –otras, mujeres a las
que apenas conozco– que me dieron consejos valiosos, difundieron mis
talleres, me recomendaron y me recomiendan todavía. En mi caso es el
espaldarazo de alguien a quien se admira lo que me decidió a romper
prejuicios propios, salir del cascarón inmovilizante de la vergüenza. Fue
alguien que, desde el grupo al que aspiraba a pertenecer, me confirmó que
yo podía considerarme adentro. Hay
un libro que me gusta mucho de la escritora chilena María José Ferrada que
se llama “El hombre del cartel”. En este libro de repente un hombre
grande, de clase trabajadora en una barrio periférico de Santiago, decide
dejar su casa y su vida para irse a vivir a un cartel a trabajar como
sereno. Es decir, decide bajar un escalón en las condiciones materiales de
su existencia. Se precariza, para ponerlo en nuestros términos. Esto
desata un pequeño caos en el barrio pobre de la periferia de Santiago
porque, lo que el personaje viene a poner en duda es que por default
tenemos que querer tener una vida mejor, una casa mejor, un trabajo mejor.
Desconoce o resiste –el personaje– la línea que separa la pobreza de la
miseria. Lo que la novela revela es que, en general, quienes se perciben a
sí mismos, ligeramente por encima de otros, tienden a hacer fuerza para
que esa diferencia se note y sea percibida por el afuera. Que no nos
confundan con una chusma peor. Esto me hace pensar de nuevo en DFW. En el
agua. En cómo una podría pensar que quienes cuentan con un lugar
más destacado o prominente en el equipo del que queremos hacer parte
podrían, en principio, siguiendo la lógica que impera en nuestro tiempo,
resistirse a abrirle la puerta a otras almas. Sin embargo, yo las más de
las veces me he encontrado con gestos y pruebas de una generosidad que me
sigue conmoviendo.
- Promocionarse,
buscar trabajos –en mi caso alumnas para mis talleres– es una actividad
bastante denigrante. A mi me da vergüenza infinita tener que salir a decir
públicamente “che vengan a anotarse a un taller conmigo”. Me da vergüenza
incluso decir esto ahora mismo, mientras lo estoy leyendo. Trato
de hacerlo con humor, pienso: así es más fácil romper con la vergüenza,
con un chiste. Hoy puedo ver que buena parte de lo que escribo se trata de
eso: de romper los hilos de la vergüenza y la primera vergüenza es no
tener plata.
- Mis
alumnas y mis amigas en la industria –que son a menudo la misma cosa– son
mi comunidad de escritura, el equipo del que me siento parte ahora.
Respiro mejor y duermo más tranquila sabiendo que no tengo que hacer esto
sola. Es realmente un milagro, ya que estamos en este momento de
resurgimiento de la retórica religiosa y su mística, que haya logrado
desarrollar una práctica laboral privada que me gusta y que disfruto, de
la que aprendo, con un equipo de gente con el que me siento acompañada.
Pero todos y cada uno de mis trabajos compiten con mi hacer como
escritora. Porque implican leer, corregir, editar el trabajo ajeno, cuando
no vender directamente el trabajo ajeno. Muchas veces mis mejores horas,
las horas donde trabajo mejor, están dedicadas a la escritura de alguien
más. Muchas veces proyectos que no necesariamente me entusiasman. Ese
es el precio silencioso que pago yo a solas conmigo misma: rendir mi mejor
tiempo, mi lucidez más lúcida al proyecto de alguien más. Y así,
habilitada por esa renuncia, me permito incluir en el precio por mi
trabajo de lectura un porcentaje que va dedicado al tiempo en el que no
puedo trabajar porque estoy escribiendo. Mi amiga Karen mientras
estábamos de viaje hace unos días y yo preparaba esta presentación me dijo
algo que no sabemos de dónde saco, pero me sirve: "It is necessary to
be slightly underemployed if you are to do something significant.".
Estoy financiando mi escritura con mi trabajo de lectura. Voy a decir algo
incómodo pero tristemente muy cierto: las probabilidades de que vayamos a
vivir de lo que escribimos son muy pocas. De lograrlo, las chances están
en España; en cualquier otro territorio, en lengua española, es imposible.
Es mejor y es más sabio ir desarrollando una estrategia. El tiempo en Iowa
también nos puede ayudar a pensar esto.
- Publicar
un libro, digo escribir un libro, corregirlo, presentarlo a un editor, que
este lo compre y que salga finalmente publicado es una especie de milagro.
Creo que es importante detenernos en esto un segundo: la ventana por la
cual un libro logra entrar en la cartera de una editorial es mínima y es
variable. A veces está abierta, y el trato se cierra, la alquimia se
concreta pero no depende necesariamente de la calidad de lo que sea que
hayamos escrito. Digo esto porque creo que es un error pensar que editar
en España o en cualquier otro lado depende de la calidad de lo que
escribimos. No controlamos ese proceso, no somos dueños de casi nada en
ese viaje realmente. Incluso con todos los contactos del mundo, con acceso
a las mieles de la industria, tu libro puede fracasar estrepitosamente.
Porque la recepción –cómo se lee, si es que se lee, lo que hiciste– no es
un elemento que controlemos. Digo, publicar –en España o en cualquier otro
territorio– puede no redundar en nada. El mercado es feroz, descorazonador.
Todo pasa muy rápido, un par de semanas arriba de una mesa de novedades y
quizás no te lee ni el librero que encargó el libro para la mesa de
novedades. El promedio de ejemplares vendido por libro publicado en España
es de 400 pero en la realidad casi el 90% de los libros que se publican
venden alrededor de 50 ejemplares. Es decir: hay muy pocos libros que
venden mucho. Entonces: yo siento que hay que pensar más allá de lo
eventual que puede ser presentar un libro. Es lindo sacarse una foto,
ponerla en internet, ¿pero cuánto hace por nuestras carreras literarias?
Lo digo sin ironía y también desde la experiencia y la frustración de
publicar en España y en otros territorios. Quizás es mejor plantearse, por
ejemplo, intentar tener un buen desempeño en el país propio, apostar a una
editorial independiente que defienda el libro en lugar de irnos a un grupo
editorial para el que somos una novedad entre 15 novedades que largan cada
mes. A lo que voy: cuando una hace un libro que llevó tiempo y trabajo, en
el que invirtió su dinero financiando esa escritura con trabajo robado al
trabajo, con dedicación y con entrega: no lo regalen, no hagan por
desesperación.
- Siento
que es importante pensar dónde queremos estar, con quién. Las razones para
hacer las cosas que hacemos son importantes y cuando nos tomamos en serio
a nosotras mismas, el mundo alrededor tiende a actuar en consecuencia. Es
importante al menos intentar entender los ciclos de los libros, cómo
funciona el mundo en el que intentamos estar. Saber cómo hablar con la
gente a la que vas a pedirle cosas. Saber quiénes son, qué hacen, poder
nombrar con claridad los motivos por los cuáles vos querés estar ahí. No
hay nada peor que una persona que manda un manuscrito a una editorial que
no conoce. No hay nada peor que ir a pedirle a alguien que trabaje para
vos sin saber bien en qué consiste su trabajo. Sean cuidadosos, no
desperdicien sus balas. Siendo sincera: son muy pocas. No actúen en
caliente, no siempre hay que hacerle caso a la intuición Es mejor planear
y organizarse. Sobre todo porque, lamentablemente compañeras,
–parafraseando a Juarroz–, en el centro de la fiesta no hay nadie, en el
centro de la fiesta está el vacío. O dicho en criollo: escribimos un
libro, lo corregimos, lo publicamos y el después qué. El tango dice que el
después no importa pero la verdad es que sí importa. El sueño de escribir
un libro y publicarlo es un sueño corto. A la industria no le interesa que
cumplamos nuestros sueños. Le interesa vender libros y para eso es mejor
un perfil de largo plazo, alguien que piensa en hacer carrera. Para hacer
carrera hay que entender el medio, pensar el agua. Es verdad que a veces
la vida te sorprende pero también que llegar a dónde queremos estar no es
cuestión de suerte. El centro de la fiesta está vacío y vivir con la
frustración que hay detrás de un proceso que no salió como esperábamos
también es parte de la tarea. Mucho del asunto de ser escritora es una
inflexión de carácter; desarrollar la paciencia que te permita soportar
que te digan que no de forma constante.
- Yo,
intento hacer en mi práctica lo que aprendí de las personas que, con su
generosidad y con su trabajo también, me ayudaron con mi carrera. Si DFW
decía que el ejercicio del pensamiento crítico se trata de elegir qué
pensar, creo que también podemos aplicar esta forma de razonar a la
acción. Elegir cómo actuar, cómo comportarnos. En la industria, como en la
vida, no hay justicia. Y quizás es justamente por esto que yo todos los
días frente a cada texto nuevo que tengo que leer y evaluar, busco amor en
mi corazón para leer con los ojos limpios y no juzgar ningún texto desde
el cansancio que impone la lógica del trabajo. La industria con su
ritmo, su carga imposible, su obsesión por la novedad, se organiza por la
lógica del descarte. Se lee buscando el error, intentando dar con
un único motivo, para deshacernos de un texto. Lamento ponerlo en estos
términos pero la verdad es que, desde este lado del mostrador, una palabra
que no le gusta a la persona que está evaluando tu texto, un personaje que
le cae mal, un error de tipeo, te puede dejar fuera de carrera. Mi aporte,
mi forma particular de desprogramarme, de no actuar según me dicta el
setting por default del que hablaba DFW es intentar no leer así. Esa es mi
ética. Luego podemos discutir la estética de cada propuesta, lo que
podemos encontrar dentro de un libro o un manuscrito. Pero me deja más
tranquila poder decir que yo voy a la lectura del trabajo ajeno como me
gustaría que me leyeran a mí. Intento sustraerme a la lógica que impone el
mercado, a la idea de la competencia, a la soberbia con la que se
desestima el trabajo ajeno con un gesto seco. Yo hago el esfuerzo de
tratar el trabajo de los demás con el respeto que siento que merece mi
propio trabajo. Quizás como una forma personal de aplicar lo que
aprendí leyendo a DFW y a tantos otros.
- Pero
además creo que esta forma de hacer las cosas no es solamente la más
deseable, no lo hago porque soy buena o porque soy nueva. O sea sí yo
siento una obligación pero eso es o podría quedarse en el terreno de las
apreciaciones personales. Lo que les quiero decir con todo este rollo
es que las buenas prácticas entre colegas, la capacidad de abrir cuando
podríamos cerrar, la mirada atenta en donde podría haber cansancio o
desinterés, el cuidado y el cariño para referirse al trabajo de alguien
más, sobre todo cuando esa persona no está en la sala, es una forma de
construir un ecosistema más noble, más saludable y también más permeable,
más abierto. Cuánto mejor le va a la gente que tenemos cerca mejor nos
va a ir a nosotras. La estrategia de saltar el cerco de a uno es la
estrategia de un paradigma anterior, del escritor que escribía en soledad,
que presentaba una obra perfecta, cerrada y lista. Sobre todo que tenía el
tiempo y el dinero para producir en esa soledad, en ese aislamiento. Las
escritoras que yo estudio, las que yo leo y admiro, se negaron a creer la
mentira de que podían ser la mejor escritora de su generación. En
buena medida porque en la cumbre, en la cima de la montaña, solo entra
una. En cambio, construyeron desde los márgenes un espacio más ancho desde
donde ayudaron a otras personas a construir sus propias carreras. Como en
la vida, en la industria, no hay justicia. Sabina Urraca, también
ex-alumna de este programa y una de las escritoras más generosas y nobles
que yo he tenido el gusto de conocer, dice que esta es una carrera de
resistencia. Que se trata de insistir, de seguir intentándolo. Que la
única forma de perder es abandonar. Yo tiendo a creer que tiene razón, que
logra saltar el cerco la que aguanta, con la cabeza más o menos entera,
una cantidad salvaje de frustración. A todas nos gusta ganar –a mí me
encanta ganar– pero el centro de la fiesta está vacío. Después del libro
está el vacío, hay que volver a empezar con otro libro. Creo que lograr
disfrutar del proceso, escribir con otras, no escribir sola; construir una
vida que no acabe con nosotras, sosteniendo aún con dificultad, las buenas
prácticas entre colegas, es quizás un motivo mejor para hacer las cosas.
El agua, finalmente, qué es sino nosotras y la forma en la que nos
tratamos entre nosotras y la forma en la que tratamos el trabajo que
llevamos adelante.
University of Iowa, November 2025