4 poemas
Meditación acerca de la naranja
Cabe en la mano.
No es su peso módico lo que asombra, ni su condición esférica que
comparte con muchos otros seres del universo (planetas y lunas, gotas de
angustia en el pensamiento) lo que primero convoca la atención.
Es verdad que la mirada se detiene siempre en ese color tan cierto, tan
definido, tan bello, en ocasiones más vivo debido a colorantes
artificiales y conservantes potencialmente cancerígenos, tóxicos, lo que
reduce aquella tan saludable costumbre de las abuelas de dejar secar
las cáscaras en tiras, en un lugar apropiado de la cocina, para
emplearlas después en una infusión o agregar segmentos a la yerba del
mate.
Esa sana costumbre de otrora es incierta, insegura hoy.
Uno de los aspectos más significativos de la naranja es su piel, su piel
que imita a la perfección la piel humana, sus poros, su incipiente
celulitis, su hermosura al tacto, la calidez del color que ven los
ciegos al tocarla.
Bien haríamos los videntes, quienes aún poseemos la maravilla y el
horror de la vista, en cerrar los ojos para acercarnos con las yemas de
los dedos al alma superior de la naranja, que reside en su piel.
Busquen una naranja (ésta es una buena época para encontrar los mejores especímenes de esta fruta viva).
Cierren los ojos.
Acaricien.
Tienen un ser vivo en sus manos.
Sostienen un secreto que proviene del Jardín de las Hespérides.
Vibra sutilmente su piel, y debajo de la piel los gajos, y dentro de los
gajos el jugo, y disuelto en el jugo un pensamiento bueno, un deseo
como de vivir, de gozar, de estar despierto.
Sigan tocando: ¿sienten en el interior la presencia extraordinaria, apretada, de las semillas?
Una constelación de naves marinas, de embarcaciones diminutas, repletas
sus bodegas de mensajes, embarcaciones que están diseñadas para navegar
lo profundo de la tierra, el humus, hasta germinar y, con suerte,
convertirse en brote, en tallo, en árbol y, al fin, multiplicar esas
tetas redondas que caben en la mano y cuyo jugo, en el futuro, renovará
el misterio de otros, las ganas de vivir, el goce de sentir sed.
Meditación temprana sobre el apio
La hermosura del apio, su cabellera verde al tope de ese río de
juncos verticales, hace pensar que, más allá del género gramatical, se
trata de una hembra taxativa.
El apio es una mujer verde, vegetal, alta, delgada, múltiple, flexible pero hasta cierto punto.
Si se le exige en exceso, antes de obedecer, se parte.
Se rebela ante la estúpida mano masculina que, exenta de delicadeza y cuidado, pretende someterla en la cocina.
Se quiebra antes de ser doblada por completo.
No admite yugo o esclavitud.
El apio es una mujer desnuda, libre en la murmuración de la huerta.
Sólo la sabiduría y el deseo, en su punto justo, en su exacta medida, hacen que ceda, goce y deleite.
Pletórica de tallos invaginados, presenta tegumentos curvos hacia
dentro, sin cerrarse del todo, como si ocultara un secreto y buscara
exhibirlo a la vez.
Esa desnudez elegante, crespa en su parte distal, no parece poseer las
formas globulosas tan comunes en las hembras de otras especies.
Algo gatuno y botánico, esa sugerente invaginación de cada junco, el haz
de tallos que convergen en el nudo central y blanquecino, glúteo, justo
sobre la línea oscura de la tierra, como si las caderas y nalgas del
apio disfrutaran del roce afectivo con el
humus
, definen la femineidad y la estrella, la condición esotérica del sexo.
Una piedra de sal
Sobre la mesada, sobre el mármol veteado de la cocina un témpano absoluto, una joya, un diamante se disuelve.
«El ciego sol se estrella/ en las duras aristas de las armas», dice
Manuel Machado en un poema exacto sobre el Cid. (Manuel es el hermano de
Antonio, o Antonio es el hermano de Manuel, como bromeaba Borges).
Pues el ciego sol se estrella en esta piedra de cristal de cloruro de
sodio y alegría, en este témpano donde el halógeno y el alcalino
matrimonian, maridan, se enlazan “para siempre” hasta que los separa una
gota, una sola gota de agua, una tormenta, un diluvio o un litro, da lo
mismo.
“Para siempre”, en ocasiones, dura poco.
Quien divorcia al cloruro del sodio es la humedad ambiente, las
soluciones acuosas, el viento de la envidia, los humores de la carne
cortada, la savia de los pétalos de lechuga, las lenguas decididas de la
espinaca, las inmensas plumas de las acelgas aladas sumergidas en la
olla.
La linfa de la calabaza, el pensar humano en la preparación del caldo,
el significado de la sopa, la entropía del guisado, el entrevero de
esmeraldas comestibles o arvejas vespertinas, la albúmina nívea y los
secretos amarillos encerrados en la yema, en la gema del huevo de
gallina, hacen que el grano de sal, como entidad o ser individual,
unívoco, desaparezca.
En su lugar queda solamente el sabor, el eco transparente, una sola nota
del manjar del pentagrama, la música que se escucha con la lengua.
La luz, al atravesar la piedra de sal, se abre, los flecos de la luz forman el espectro visible y el invisible.
En la parte invisible están las palabras.
En las palabras, el alimento del poema.
El poema tiene gusto a mar, a lágrima, a sudor sagrado.
M ú sica í ntima y lav á ndula vera
El silencio de sábado muy temprano hace amanecer la música en los seres domésticos, animales y plantas que habitan en la
domus
, en la casa (
parva domus
,
casa pequeña, corazón grande): les doy de beber –en la oscuridad que ya
comienza a retroceder– con una regadera de metal, de las antiguas,
amplia y de pico en ángulo, a las dos lavandas que dispuse en el frente
de casa: una enorme, otra un poco más pequeña, pero firme como una
guerrera azimutal, señalando aquella estrella que nos guía en el
empíreo, al fin de la madrugada, y señala el comienzo del día.
Ambas, florecidas vehementes, sus espigas esotéricas conforman una
suerte de trigo violeta cuyo poder no se transforma en harina de pan
para comer con la boca, sino en fortaleza que alimenta los buenos
pensamientos, el puño cerrado y abierto en sístole, en diástole, del
corazón con que vivo («cardo ni ortiga cultivo», decía José Martí;
cultivo una lavanda sana).
La
lavándula vera
, así su nombre latino adaptado a la prosodia
castellana por la oportuna introducción de una tilde (probablemente
procede de Linneo, pero no puedo asegurarlo con certeza), ahuyenta los
espíritus aviesos, no los deja penetrar en la casa, los aleja o al
menos, en parte, los inhibe. Rechaza o morigera los hechizos de la
pulsión biliar o estulta proveniente de quienes debemos amar de todas
maneras, porque son hermanos y hermanas en la vida.
Lavándula vera
: trigo raro.
Además, su fragancia, cuya música atrae la voluntad de los gorriones, hace bailar las piedritas del jardín, aplicadas, jocundas.