N o llegué a ser cineasta, llegué a ser futuro cineasta. En cierto punto, era mejor. También –como todo futuro cineasta– escribía guiones todo el tiempo. Por lo menos en esa primera época (tenía veinticinco años) ser guionista era encantador.

Habíamos viajado a Uruguay a la casa de mi papá y nos había prestado el auto para subir por la Ruta Nueve. Había leído “Ese Infierno tan Temido”, de Onetti, y andábamos en un Toyota azul, automático, que gastaba mucha nafta que pagaba con la tarjeta de crédito de mi viejo. Me preocupaba que mi vida no tuviese suficiente espesor para ser cineasta. Charlábamos de eso con Greta, que estaba bronceada y de buen humor durante trayectos cortos de ruta y atardecer, a medida que íbamos avanzando por los balnearios de la costa Uruguaya: La Paloma, La Pedrera, durmiendo en hoteles baratos, en cabañas para cuatro que sólo ocupábamos los dos. Tenía ahorros y los gasté en eso. Ahora que me había anotado en la Escuela de Cine, tenía que conseguir la maduración artística. Viajar era crecer. Greta me escuchaba y también se hartaba de los monólogos y ponía Naturaleza Sangre o El Amor Después del Amor , de Fito Páez.

Me pasé dos o tres años mirando las películas de Kubrick, Orson Welles (que era un joven prodigio), de John Casavettes, Antonioni y Jean Luc Godard, de las que entendía poco pero servían para enamorarme sistemáticamente de Anna Karina. Creía que copiarlos no podía ser demasiado difícil. Para ese verano del viaje por Uruguay me había comprado una Canon digital (con un zoom 24-70 f2.8, con foco automático) que había usado para sacarle fotos a Greta. Ella posaba con un interés zoológico en conservar documentos sobre su juventud. Habíamos leído artículos sobre el acto fotográfico escritos por André Bazin. Sacar fotos era una liturgia. La vejez la volvía loca. A la noche mirábamos las fotos del día mientras ella me ponía aloe vera en la espalda, para absorber el calor y cuidarme la piel. Ella ya se había bañado y olía a vainilla y coco. Cogíamos viendo a Mónica Vitti desesperada en El Desierto Rojo . A Greta no le preocupaba que los vecinos de cabaña la escucharan acabar. Le parecía un derecho.

Sentado en una reposera en una playa de Punta de Diablo había leído “Ese Infierno tan temido”. En el cuento, una mujer tortura a su ex marido mandándole fotos sexuales con otros hombres. Pensé esto: si mi vida no tiene espesor, le puedo pedir prestado un poco a Onetti, al que le sobra. Esa tarde dejamos Punta del Diablo en el Toyota y llegamos, sin querer, a La Coronilla.

© Leticia Bernaus

© Leticia Bernaus

No miento si digo que La Coronilla tenía una única calle central que llegaba al mar. No le estoy agregando rasgos decrépitos: los tenía. Cualquiera imagen de un pueblo perdido podía ser el plano general que arrancara una película. Tengo que confesar que no gané ninguno de los premios internacionales que suponía que mis películas iban a ganar, en principio porque no hubo películas. Ahora que lo pienso, no era tan pichón como para ser tan ingenuo. Tenía veinticinco años, Greta era joven y altísima y de músculos largos, se dejaba fotografiar en cualquier momento del día, en cualquier posición y andábamos de acá para allá, en el Toyota automático de mi papá, oliendo el aire de mar, tomando vino blanco y notas en una libreta. ¿Qué notas? Yo escribía escenas para mi próxima película, que presentaría en el fondo holandés de Hubert Bals, o en Sundance. Greta llevaba un diario muy femenino que decoraba con guardas de florcitas. Lo único que hacíamos bien era sentirnos artistas.

Pero no miento: La Coronilla tenía una única calle central, un restorán en la ruta y tres hoteles sindicales. Paramos en el Gran Hotel la Coronilla (que le dio título a mi guión). No estaba totalmente vacío. La gente que había parecía recuperarse de enfermedades. Había familias con hijos y grupos de abuelos. Las camas tenían olor a humedad. Aunque era verano, estaban frías. Nuestra habitación no daba al mar, pero si abríamos la ventana podía oírse muy cerca. Había horarios para comer, para desayunar y ciclos de películas que se mostraban en una tele de tubo. Para lo decrépito que estaba, no era un hotel barato. Me pregunté –y tomé nota de eso en mi libreta– cómo se sostenía económicamente un hotel como el Gran Hotel La Coronilla. Eso me dio pie para empezar a escribir.

Lo primero se me ocurrió después de charlar con un uruguayo que estaba ahí de vacaciones con su mujer. Dejamos el Toyota en el estacionamiento, dejamos la única valija en la habitación, cargué la cámara, mi libreta y bajamos a la playa. El uruguayo tomaba mate con su mujer. Le interesó ver gente joven. Qué hacen por acá, dijo. Contesté que estábamos recorriendo la costa uruguaya, que veníamos de Punta del Este y pensábamos subir hasta el Chuy.

La historia que el tipo me contó fue más o menos la que transcribí a un tratamiento que Hubert Bals nunca eligió, que nunca presenté en Sundance, y que no leyó ningún productor. “Tratamiento” es la manera en que la industria del cine llama a una especie de sinopsis extendida de una película. El mío se basaba íntegro en datos que suministró el uruguayo. La historia de la mujer la incluí después. Lo cuento tal cual.

En la década del setenta, La Coronilla fue un balneario de alcurnia. Si uno piensa en lo chico que es Uruguay, tiene sentido irse tan arriba para alejarse un poco de la gente. Queda a menos de trecientos kilómetros de Montevideo. En esa época se construyeron los tres hoteles de los que ahora quedaban versiones desmejoradas. El Gran Hotel La Coronilla tenía un Casino que hoy estaba abandonado. El Casino atraía gente de Uruguay y de Brasil. El uruguayo nos llevó a las terrazas, que daban sobre el mar. En esa porción de Uruguay, el mar es más corrupto y agresivo que más abajo. Océano puro, dijo el uruguayo. La mujer cebaba mate y decía, qué pena, qué pena. ¿Por qué decía eso?

El uruguayo lo explicó así. En mil novecientos setenta y pocos un intendente departamental construyó el Canal Andreoni. Era una obra necesaria para la actividad agropecuaria local. Las tierras –que eran buenas y siguen siendo buenas hoy en día– se inundaban con las lluvias por la topografía natural de la zona. No drenaban naturalmente al mar. Cuando se empezaron a usar agroquímicos potentes, el agua que el Canal Andreoni llevaba a la costa arruinó el balneario. Tardó en notarse, porque a la gente no le gusta darse cuenta de los desastres naturales, explicó el uruguayo. Su mujer, que cebaba mate, decía: es más fácil mirar para otro lado y hacer que no pasa nada. Nosotros solíamos venir acá, agregó. Eran nuestra vacaciones familiares, con hijos y amigos con hijos. El uruguayo retomó el hilo. Había gente pero no como en los balnearios de más abajo. Era una playa hermosa, larguísima y de arena blanca. El mar era el mar . Peligroso, porque acá tira fuerte, pero más puro y más sano y excelente para la salud. Los hoteles hacían promociones: “cúrese con el mar”. Decían no sé qué del yodo y del aire fresco, que mejoraba la circulación y tonificaba los músculos. Hay fotos, dijo la señora. Lo de la salud era cierto, dijo el marido, pero se arruinó con los químicos. Un verano el mar se puso violeta. Nadie lo podía explicar, pero todo el mundo sabía que el responsable era el Canal Andreoni, que estaba del otro lado de la fábrica de sal. ¿Y los dueños de los hoteles?, pregunté. Los dueños de los hoteles también eran dueños de los campos y los números del agro eran mejores que los del turismo. Ah, contesté.

El uruguayo contó que la cosa fue de a poco. Pero el verano que cambió para siempre la vida de la Coronilla fue uno puntual. No se acordaba el año pero sí del nombre: el año de los peces muertos. Algo había cambiado en la concentración de los químicos que llegaban por el Canal. Un verano aparecieron muertos todos los peces. El mar los arrastró a la costa y el sol los pudrió en pocas horas. El olor era insoportable. Se podían ver flotando en el agua. La marea los arrastraba, como ataúdes de mar, a la costa. Es marea roja, dijeron los gerentes de los hoteles, un proceso natural de intoxicación del mar. Pero era mentira. Los peces no morían así. Todo el mundo entendió que eso no era una muerte natural. Trataron de limpiar la playa y quedó bastante bien. Los nenitos jugaban con los peces muertos y algunos pescadores se ahorraron el trabajo y cocinaron los cadáveres. Se dijo, aunque el uruguayo no estaba seguro, de que algunos pescadores se intoxicaron y que alguno incluso murió. Pero nadie podía asegurarlo porque en ese momento se hablaba mucho y todo el mundo tenía teorías sobre lo que le pasaba al mar. Información, agregó su mujer, había poca. Qué terrible, dije. Sí, terrible, dijo el uruguayo. La esposa asintió. Si bien no hubo una prohibición departamental, las madres le prohibieron a los chicos que se metieran al agua. Si los peces, que eran naturales del océano, aparecían muertos de asfixia, ¿cómo podían permitir que sus hijos se bañaran en el agua? Los que se metían igual salían con los ojos irritados. Algunos, se dijo, tuvieron fiebres altas y vómitos. Principios de intoxicación. Fue un escándalo, explicó el uruguayo, pero recién se sintió al año siguiente, cuando la gente dejó de venir. Los hoteles bajaron los precios, hicieron promociones y estuvieron atentos a la marea de peces muertos. No se podía saber cuándo el Canal iba a echar más concentración de químicos. Era incierto porque dependía de las fechas de fumigación, que nunca eran idénticas, y de cuánto lloviera ese año. El uruguayo contó que los dueños de los hoteles hablaron con los productores agropecuarios –que eran ellos mismos y sus familias– para que se moderara un poco la fumigación en temporada alta. Los costos, explicó el uruguayo, no les cerraban. La fumigación aseguraba la cosecha y el turismo era siempre más incierto que el trigo, el girasol, y después, cuando llegó, la soja. El primer hotel en cerrar fue el Parque Hotel: ochenta habitaciones y el mejor restorán del balneario. El segundo fue el Maravilla de Mar, de sesenta habitaciones. El único que duró –y que todavía dura– es el Gran Hotel La Coronilla, que cerró el Casino, el restorán y se quedó con la mitad de las habitaciones.

El uruguayo nos llevó a ver la parte abandonada. Estaba todo muy cerca y era agradable caminar sobre la arena oyéndolo hablar. Mientras tanto, yo iba sacando fotos y él –creo– se sentía importante. Todo eso que ven ahí era el desayunador que daba al mar. Y lo que está atrás, en la segunda terraza, eso era el Casino. Le saqué fotos a los vidrios rotos. Eso se llenaba de gente. Esto era de primera calidad, mejor que José Ignacio o incluso Punta del Este. Los restoranes estaban siempre llenos. La gente que sabía comer venía especialmente a probar los mariscos de acá, que se pescaban en el día. En dos veranos de playas con peces muertos se fue todo al tacho, explicó el uruguayo.

Le agradecimos la charla y el recorrido y los invitamos a cenar esa noche. Dijeron que sí. Eran mayores que nosotros (tendrían cuarenta y largos), y habían dejado a los hijos con los abuelos. Eran montevideanos y les había quedado una casita familiar en La Coronilla. Trataban de ir lo más seguido posible, cuando el trabajo lo permitía. El hombre manejaba un comercio, una especie de almacén que había sido del padre. Su esposa, que hablaba poco, era docente. Durante la cena nos preguntaron cómo nos habíamos decidido a ser cineastas. Inventé una historia mucho más heroica que la historia real. Mientras le contestaba me di cuenta de que no había mucha explicación. También sentí que mi vida tenía pocas aventuras. El uruguayo me confesó que a él le hubiera encantado ser actor. Cuando era chico había tomado clases de teatro en la escuela y había interpretado a Oberón, en Sueño de una Noche de Verano . Fui el Rey de las Hadas, dijo, ¿sabés lo que significaba eso para mí? Actuaba muy bien, acotó su esposa. Después empezó a trabajar, conoció a su mujer y tuvieron los hijos. La vida es una sola, dijo el uruguayo. Sí, dije yo. Creo que se estaba deprimiendo y que la culpa la teníamos nosotros. Me sentí mal y no pude entender por qué. Quizás por eso, por culpa, fue que pagué la cuenta con la tarjeta de crédito de mi padre. El uruguayo nos ofreció seguir charlando sobre la decadencia del balneario al día siguiente. Se quedaban hasta el mediodía. Quedamos en vernos en la playa, a la izquierda de la ex fábrica de sal. La señora aprontaría el mate, como decían ellos.

La ex fábrica de sal era un cubo de cemento con un puente de hormigón que se metía cien metros adentro del agua. El salitre había oxidado los hierros y se comía, de a poco y con paciencia, la estructura. Antes, cuando todavía funcionaba, un caño traía el agua de mar que se destilaba adentro del cubo. Le saqué fotos y pensé hacer una serie de edificios abandonados en entornos naturales. En ese momento no me daba cuenta de que quizás a todos los fotógrafos o futuros cineastas como yo se les ocurrían las mismas ideas. Rastros humanos en un entorno natural: fábricas abandonadas, andenes con yuyos, galpones en una llanura.

De todas formas, hoy tengo fotos de Greta, que posó contra la estructura de hormigón. Flaca, con el pelo negro y fino movido por el viento de mar. Hoy son fotos hermosas que registran la juventud.

Nos subimos al Toyota. El uruguayo y su mujer no aceptaron que los llevara. Querían caminar. Es lo mejor que tiene La Coronilla, dijo, la noche silenciosa. Greta se dio una ducha (la noche marina era fría) y se metió en la cama a leer Jane Austen. Yo (excitado de imágenes cinematográficas) me fui al bar del hotel.

Pedí un whisky doble y me senté en una de las mesa que tenía lámpara. No estoy exagerando para mejorar la anécdota. El bar estaba vacío salvo por un viejo que miraba una película doblada al español en la tele de tubo. El volumen no me molestó. Me senté con la libreta y mi lapicera Lamy a tomar las notas de mi próxima película. El whisky no me gustaba mucho, pero sentía que era una bebida que tomaría un futuro cineasta. Me llevé los cuentos completos de Onetti para robarle fragmentos de “Ese infierno tan temido”. A la media hora el barman me dijo que se iba a dormir. Le pedí dos whiskies más. Me dejó la botella y pidió que al día siguiente le dijera más o menos cuánto había tomado. Había hielo en el freezer, del otro lado del mostrador. Me podía servir tranquilo. Era un Jim Beam, bourbon. De un tirón que duró hasta las tres y media de la mañana escribí esto:

*Un hombre de cincuenta años viaja a la Coronilla a recuperarse de una operación de vesícula. No tiene que ser una operación grave, pero sí tiene que servir para mostrar que el tipo ya no tiene juventud. Sería bueno que la operación tenga una herida que el hombre (podría ser Julio Chávez) tenga que curar, o hacerse curar en alguna farmacia. [Hablar con un médico para hacer una lista de posibles enfermedades y errores en la curación].

*El hombre llega en un Renault 21 bordó (como el que tenía mi mamá, año 92, patente 1701089). Tiene una reserva. Le dan una habitación que no da al mar, pero que si abre la ventana, se escucha. A Chávez le gusta el sonido del mar: lo relaja. Lo primero que hace –frente al espejo– es sacarse toda la ropa y mirarse la cicatriz. Se saca las vendas y se pone yodo o algo así. Renueva las vendas y sale a caminar, para reconocer el lugar.

*Lee el nombre de hotel: Gran Hotel La Coronilla . (Título de la película). Baja a la playa. La arena está sucia con estrías de negrura. ¿Son manchas de petróleo?, se pregunta Chávez. Hay poca gente, pero la playa no está vacía. Camina hasta el final de la bahía, de ida y de vuelta. Encuentra esqueletos o espinazos de peces muertos. Levanta uno y se lo guarda en el bolsillo. Se huele los dedos y mira el mar. La naturaleza también es la muerte.

*Antes de llegar al extremo rocoso de la bahía, descubre algo en la costa. Huele muy mal. El olor lo atrae. Es un lobo marino muerto, hinchado por el sol. Una chica muy joven se le adelanta. Tiene una polaroid en la mano. Mueren por los químicos que hay en el mar. Es terrible, ¿no?, dice. Sí, responde Chávez. Es el cuarto cadáver de la temporada. El año pasado murieron seis. El anterior, tres. Tengo una serie de fotos de los lobitos muertos, dice ella. Qué terrible, dice Chávez. Esto no era así, antes, explica la chica (que puede ser Dolores Fonzi o Julieta Cardinali. Sea quien sea, tiene que ser mucho más joven que él). La chica vuelve a sacar fotos. Hace un retrato de cerca y le regala la foto a Chávez. Gracias, dice él. De nada, dice la chica. Tengo que volver, me esperan para el almuerzo, dice. Chau, dice Chávez, que le mira el culo mientras ella se acomoda un pareo sobre el bikini. Tiene los hombros dorados y los mejores omóplatos que Chávez vio en su puta vida (pensar cómo filmar eso). Sin darse cuenta, a medida que la mira, se toca el vientre, como si revisara la cicatriz.

*Julio Chávez duerme una siesta después de comer.

*Vuelve a ver a la chica sentada en una reposera en la playa. El marido o el novio va y viene del mar. Sin darse cuenta, Chávez compara el cuerpo del tipo de treinta años con el suyo. Las diferencias se notan en la grasa abdominal, en las costillas (las del chico parecen más saludables, más elásticas), en la tersura y el color de la piel. El tipo prácticamente no tiene pelo en el cuerpo. Y ni un solo lunar. Ella lo mira y le saca fotos con la polaroid. De lejos, Chávez la saluda. Ella levanta la mano y le sonríe.

*Esa noche Chávez come solo en el restorán del hotel. Las otras mesas están llenas de viejos que viajan en grupo. Por el tono de la conversación, son (o parecen ser) amigos de hace años que vacacionan siempre en La Coronilla. Por lo que pide (un churrasquito con puré de calabaza) queda claro que Chávez se tiene que cuidar con la comida. Julieta Cardinali se le sienta a la mesa. Mirá, le dice: te espié. Le muestra dos fotos: Chávez contra el mar I, Chávez contra el mar II. En la segunda foto, se ve cómo él tiene la mano derecha tocándose la cicatriz. ¿Qué tenés en la panza?, pregunta Cardinali. Me operé de la vesícula: cálculos, explica. ¿Te duele?, pregunta ella. Un poco, pero me hace bien caminar. El mar es sanador, dice ella, y llama al mozo. El tipo le trae un vaso de vino blanco con hielo (lo que toma siempre). Brindan. Chávez, con agua, ella con vino. Bienvenido a La Coronilla, dice ella. Gracias, dice él. (¡Buen arranque!).

*Chávez camina por el pasillo hasta su habitación. Se frena dos puertas antes: murmullos de mujer joven. Pone la oreja contra la puerta, cuidadoso de no hacer ruido. La chica que ríe y habla y juega es Cardinali. La voz del hombre apenas la interrumpe. No es una escena sexual, es una escena de intimidad, minutos de erotismo precoital. Chávez se toca la cicatriz y mueve el lóbulo de la oreja para escuchar mejor. Se hace un silencio adentro de la habitación. ¿Lo escucharon? Chávez se aleja y retoma el pasillo hasta su cuarto. Abre su puerta y va directo al baño. Despega y tira las vendas viejas. Mide la evolución de la cicatriz. Se mira la cara. Las arrugas de siempre. La luz de tubo del baño acentúa el violeta de las venas que traman en sus párpados.

*Chavez se tira en la cama.

*Se oyen pasos que frenan justo delante de su puerta. Algo se desliza debajo de la puerta. Ahora los pasos se alejan: livianos, de liebre o de mujer. Chávez se para y levanta las tres fotos que le acaban de dejar de regalo. Son copias instantáneas de la polaroid de la chica. Sexo, sexo, sexo.

*Al día siguiente Chávez espía cómo Cardinali despide a su marido, que sale en un auto cargado, yéndose de viaje. A la tarde la va a buscar a la playa. Ella lo invita a sentarse.

*Salen a caminar. Ella le cuenta cómo el balneario entró en desgracia con la construcción del Canal Andreoni (usar la historia de los uruguayos), que llevaba los químicos de los campos al mar. Las playas parecían de Brasil. Eso que ves allá, a treinta kilómetros, es el sur de Brasil. Era hermoso, dice ella. Yo vengo desde chiquita. Nadie sabe qué verano fue, pero lo llamamos “El verano de los peces muertos” (¿Título alternativo?). El mar se había puesto violeta y los peces se morían de asfixia. La marea los traía para acá. El olor era asqueroso. Ese verano vi el primer lobo marino muerto. Lo tuvieron que sacar entre los empleados del hotel. El tufo era insoportable. La gente no sabía qué hacer, salvo quejarse. Alguien vomitó. Llegaban vahos de aire caliente y podrido. Al día siguiente se murió otro y después otro. Fue un escándalo y no había manera de taparlo. La gente se volvió antes. Ese año los hoteles perdieron plata. En dos temporadas así, se fundieron todos menos lo que queda ahora. Qué terrible, dice Chávez. Se toca la cicatriz.

*Esa noche comen juntos en el restorán de la ruta. Chávez acepta tomar vino. Vuelven caminando al hotel. Lo más lindo que tiene la Coronilla, dice Cardinali, son las noches tranquilas. Se abraza a sí misma. Chávez, que es medio inocente con las mujeres, no se da cuenta que la tiene que abrazar. Ella se le mete debajo, como una nutria. Tengo frío, le dice.

*Caminan juntos por el pasillo. Cada uno a su habitación. Ella se tira en su cama, sola. Chávez se tira en la cama, solo. Se repiten los pasos de la noche anterior. Esta vez desliza dos fotos. Chávez las levanta del piso y las mira. Primero una, después, la otra, después la primera de nuevo. Ella espera del otro lado de la puerta, pero Chávez no abre. Ella camina de nuevo a su cuarto. Chávez camina hasta la cama. Tiene las fotos de la noche anterior (donde ella coge con el marido) en la mesita de luz: las estaba mirando. Pasan minutos, minutos.

*Tocan la puerta de Chávez. Se levanta a abrir (se pone una camisa que no llega a abrochar del todo). Es Cardinali, en pantaloncitos de toalla y una especie de camisón. Una camisa de hombre que es del marido. No puedo dormir, dice. No me gusta dormir sola en este hotel. Chávez la hace pasar. ¿Tenés algo para tomar?, pregunta. No, dice Chávez. Esperá un segundo, dice ella. Vuelve a salir, va a su habitación y vuelve con una botella de vino. Chávez la deja pasar. De noche, bajo la pésima luz verdosa de la habitación (lúgubre, lúgubre) las piernas largas de Cardinali parecen marrones. ¿Practicás algún deporte?, pregunta Chávez. Cuando era chica hacía gimnasia atlética, dice ella. ¿Por qué? Tenés buenos músculos, dice Chávez. Perdóname que te lo diga así, pero es muy notorio. Gracias, dice ella, y estira una pierna para contraer los cuádriceps. Cuando la recoge, el aductor se abulta como un topo debajo de la piel. Ella se acaricia (¡que no parezca un comercial de cremas!) Cardinali sirve dos vasos y le pasa uno a él. Recorre la habitación, inspeccionando. ¿Estabas mirando mis fotos?, dice ella. Sí, dice él. ¿Y te gustan?, pregunta ella. Mucho, dice él. Se toca la cicatriz. ¿Me la mostrás?, pregunta ella.

*Van al baño de la habitación. Chávez está sin remera. Ella está en camisón, descalza, semidesnuda y joven al lado de él. Le toca los hombros, le hace estirar los brazos y le palpa la espalda, como si lo midiera. Después, con mucho cuidado, le saca las cintas, las vendas y deja la cicatriz al aire. Sale pus, dice ella, eso es bueno. Huele a calamar podrido, pero a ella no le molesta. Quiere decir que el cuerpo expulsa lo que no sirve, la infección, dice ella. Qué bien, dice él, por decir algo. El silencio es tan intenso que se oye la chicharra de la mala conexión eléctrica. Cardinali busca gasa y yodo. Con mucho cuidado, limpia la herida. Chávez se deja tocar. Este es el punto más sexual que va a tener la noche, y quizás la película. ¿Duele?, dice ella. No, dice él. Está mucho mejor, ¿no? Sí, supongo, dice Chávez. Te hizo bien el aire de mar, dice ella. Cura todo. Sí, me hizo bien, dice Chávez. Hasta ahora.

*Cardinali y Chávez duermen en la cama, sin tocarse.

Me habré ido a dormir a las cuatro y cuarto de la mañana con una sensación radical, que me pasaba mucho en ese tiempo: creer que tenía en mis manos mi próxima película.

A esa hora el hotel estaba vacío. El silencio estaba hecho de los motores de las heladeras, que sonaban desde la cocina, de los ventiladores que los viejos ponían al mango en cada habitación, y de ese murmullo opaco, regular, como una respiración lenta y pronunciada que llegaba del mar. Levanté mis cosas, guardé la botella de whisky en la barra y salí un segundo al patio trasero –el que tenía un gramillón grueso– a mirar el mar. Le diría la verdad al barman: tomé tres whiskeys, quizás cuatro. Sí, ese Balneario era para una película, pensé. A lo lejos, hacia el Sur, se veía el cubo abandonado, roído por la sal. Hacia el Norte la bahía de La Coronilla se hacía angosta y le crecía una espesura vegetal que en la noche se veían como cabezas de coles negros: pinos de mar, muy populares en todo la costa Uruguaya.

Bajé a la playa a completar la epifanía. Quería oler el mar. A esa hora parecía más violento, con más tufo animal. Por la estructura del lecho marino, que era largo, las olas rompían bien adentro y a la orilla llegaba una espuma aceitosa y muy gruesa, como de dentífrico. Yo ya imaginaba los primeros inserts de mi película: lenguas de mar, lenguas de mar nocturno, burbujas que se disuelven contra la arena sobre huellas de cangrejos y ese detritus confuso que llegaba con la noche, como un vómito del reino animal. Me imaginaba sólo cosas así, obvias y supuestamente poéticas. Miré el Hotel. El cartel no tenía luz. Lo apagaban para ahorrar energía. Además, no había nadie de noche. ¿Para qué mantenerlo encendido? Esa era una buena escena: el encargado del Hotel, que apaga la cartelería siempre a la misma hora. Abrí mi libreta y la anoté: “escena de encargado con protocolos que repite todos los días, todos los días.” Miré otra vez el mar y anoté: “que el sonidista sea excelente // el clima del film se construye a partir del sonido.”

Subí por las escaleritas de madera y entré en el hotel. Estaba excitado, había entrado en calor por la caminata. No me iba dormir jamás. Tenía ganas de despertar a Greta y contarle las primeras escenas. Era así, insoportable. Como todavía no tomaba rivotril, me eché en la cama con la ventana abierta y me puse a escuchar el metrónomo del océano. Me quedé dormido cuando amanecía.

*

Al otro día no nos cruzamos con los uruguayos. Dormí hasta el mediodía y fuimos a comer pescado al restorán de la ruta. A la tarde tomamos sol, leí otra vez el cuento de Onetti y me imaginé escenas de sexo inconcluso entre Julieta Cardinali, mi actriz, y Julio Chávez, el protagonista.

Durante todo el viaje de vuelta a Punta del Este, nuestra base de operaciones veraniegas, le conté a Greta las escenas que había empezado a escribir en mi noche insomne. Estábamos de acuerdo en que no había final, y quizás, tampoco había un conflicto demasiado claro. Éstas fueron las sugerencias que me hizo mientras bajábamos hacia el Sur por la Ruta nueva en el Toyota automático de mi papá:

*Que ella, la chica, estuviera metida en el tráfico de mercadería del que se ocupaba su marido en la frontera con Brasil.

*Que ella vendiera droga en el Hotel y que se cogiera a todos los ayudantes de cocina, encargados y jardineros.

*Que fuera una loquita que metía miedo por el marido y sus negocios oscuros. Que los tipos no supieran decirle que no, por miedo a que ella los mandara al frente.

*Que fuera una chica muy necesitada de amor (acá se nota la influencia de sus lecturas de Jane Austen).

*Que ella se aproveche de Chávez. Que lo enamore y le pida plata (o que se la robe).

*Que ella le cuente a Chávez que su marido (el traficante) no sólo la usa para vender droga en la capital (Montevideo), sino que le pega y la maltrata. Que Chávez le preste la oreja durante esos tres días en que no está el marido (que está haciendo lo suyo en la frontera). Que ella se enamore de él y él de ella. Que haya escenas de idilio. Que Chávez, trastornado con su cuerpo y con ideas de vejez y decrepitud, se anime a hacer el amor con la jovencita. Que ella se deje. Que en esa escena se vean los omóplatos y la larga espalda musculosa de Julieta Cardinali. Que todo se disuelva (“como olas marinas”, acoté yo) cuando el marido vuelva y se restablezca el orden anterior. Que ella no pueda oponerse a ese patriarcado de juventud, plata y falopa.

*Que Chávez haya ido a La Coronilla a vender una propiedad familiar. Que la chica, que se queda sola tres días, se entere de que el tipo vino a hacer una transacción. Que ella, Cardinali, sepa perfectamente que, en algún momento de esos tres días, Chávez va a tener la plata en efectivo en su habitación del hotel. Que ella haya planificado con el marido el viaje de negocios a la frontera, para dejarla trabajar. Así, hecha una femme fatale , Cardinali le inventa la trama de mujer golpeada. Chávez, que se siente envejecer, tiene el impulso de protegerla. Ella lo lleva a su casa y le narra episodios de violencia matrimonial. Chávez se indigna, la abraza, la quiere cuidar. De noche duerme con ella, la primera vez sin tocarla. Uno de esos días –un día laboral– va a un pueblo cercano a cobrar los dólares de la inmobiliaria. Son cerca de cien mil: no es poca plata, dice Greta. Ella lo espera en el hotel. Esa tarde ella se hace coger. Chávez, entusiasmado por la venta de la casita, se olvida de sus trastornos con el cuerpo: traumas de hombre cincuentón. Hacen el amor varias veces. Chávez se sorprende de la inesperada energía sexual, explica Greta. Se lo atribuye a ella, que es tan joven, a la dieta sana (el pescado tiene proteína animal en gran cantidad), al aire marino. Ella, excelente en su rol, actúa el lenguaje corporal del amor. Acentúa su posición de víctima de un patrón jodido y golpeador. Le pide ayuda a Chávez, pero es todo mentira. Duermen juntos, enroscados como caracoles. En mitad de la noche, ella le clava una jeringa con un somnífero, va al hotel y le roba la plata. Está todo muy coordinado, porque apenas sale del hotel –saluda a todo el mundo– aparece el auto del marido. Se dan un beso y salen de La Coronilla con la guita de Chávez, que duerme un largo el sueño químico.

Todo esto fue lo que propuso, en idéntico desorden, Greta. Era mejor guionista que yo.

–¿No es un poco mucho lo de la jeringa? –pregunté. Llegábamos, ya de noche, a Punta del Este.