L as diez en punto. El comandante apoya una mano en su hombro sin énfasis. Se pone en marcha. Deja atrás la boca del puente. Avanza por la calle principal esforzándose por no apurar el tranco, por impostar un aire casual, aunque el pueblo se ve desierto, nadie lo vigila excepto los diez compañeros a sus espaldas. Sus ojos, sus oídos, todo su ser, registran cada detalle a su alrededor con asombrosa nitidez. El rumor constante del río. El viento arremolinado en las hojas de los álamos. El gruñido de un perro al fondo de la calle. La leve intermitencia de la ampolleta del farol hacia el que dirige sus pasos. Es el primero. La súbita conciencia del honor que eso implica le sube a la garganta en un espasmo, un principio de sollozo. Llega al lugar asignado. Una esquina de la casa que enfrenta al retén, cuya fachada rugosa proyecta un triángulo de sombra. Ejecuta con su mano el gesto convenido: todo en orden. Luego se cubre el rostro. Se agazapa. Queda en cuclillas, con la espalda apoyada contra el muro de adobe encalado, los pliegues del poncho ocultando el cañón del fusil.
Lo alcanza un eco apagado de risas, de conversación, mientras las siluetas de cuatro compañeros, en dos parejas, se deslizan sigilosas bajo los árboles rumbo a la hostería y la posta. Este es el comienzo, piensa, y la emoción vuelve a atenazarle la garganta. A este pueblo perdido entre los cerros seguirán otros. Y otros. Una reacción en cadena. Lo que están echando a andar ya no podrá detenerse. Le parece increíble haber ignorado, hace solo cuarenta y ocho horas, que formaría parte de la gesta decisiva. Hace menos de media hora no sabía que sería el primero, el vértice de la avanzada. Les ordenaron acampar cerca de un farellón, no lejos del río. Esperaron durante más de una semana con el Alejo y el Mauro, sin saber qué aguardaban. Los otros aparecieron de improviso, poco antes de los tres líderes. Le informaron en susurros que uno de ellos, un sujeto delgado, retraído, de ojos claros y rasgos delicados, era el comandante. Ni más ni menos. Resultaba desconcertante que hubiera decidido exponerse de esa forma. Incluso el lugarteniente, en circunstancias normales, hubiera debido coordinar la operación a distancia o ponerse a buen recaudo al menos un día antes de entrar en acción. Eso les reveló de inmediato que se fraguaba una misión trascendental, histórica. Mañana seremos testigos de un nuevo amanecer, les dijo esa tarde el comandante. Este es el germen, piensa ahora él. Aquí y ahora.
Foto tomada de startMedia Latinoamericana .
El lugarteniente se encamina con displicencia, sin molestarse en disimular su arma de asalto, hacia el retén, seguido de tres compañeros. Dos lo acompañan al interior. Mauro queda en la puerta montando guardia. Le llega desde algún lugar a su derecha un estallido apagado de risas y, cree, un tenue entrechocar de vasos. Fragmentos de música. Entonces se escucha un disparo. Una detonación amortiguada, pero inconfundible. Proviene del otro extremo del poblado, quizás de la hostería. Dos pacos emergen entre dos casas a unos cuantos pasos de su refugio en las sombras. Cabos. Uno tiene un cigarrillo colgando de la comisura. No llevan gorras. Ven a Mauro. El pasamontañas. Se oye una ráfaga desde la hostería. Mauro abre fuego. Los cabos desenfundan sus revólveres de servicio. Él le dispara al que tiene más cerca, que apunta su arma hacia Mauro con el cigarrillo encendido aún en la boca. Le da en el pecho. Se desploma. El otro dispara hacia los árboles por encima del retén mientras busca refugio en un cobertizo, detrás del jeep estacionado. Él y Mauro disparan en ráfaga hacia su escondite. De entre la nube de astillas, polvo, esquirlas de pintura, plástico y goma de las llantas, el revólver describe una parábola y cae como un tejo en la tierra de la calle, cerca del cabo malherido.
El lugarteniente emerge del retén a rostro descubierto. Una sonrisa maníaca le atraviesa la barba. Trae a empellones a dos pacos, a los que sostiene del cuello. Trofeos de guerra. ¡Muévanse, huevones!, brama. Uno de ellos solloza, pide clemencia, parece a punto de colapsar. El lugarteniente los conduce agarrados del pescuezo como a una yunta, uncidos por sus manos poderosas, hasta el farol. ¡Ayúdame, cabro!, ordena. Él obedece, dejando que el fusil le cuelgue del hombro. Los amarran con fiereza contra el poste del farol, espalda contra espalda. Primero las manos temblorosas, luego los tobillos. Ignora, al igual que los capturados, si eso es un paredón, si van a fusilarlos. El cabo sale del cobertizo con los brazos en alto. Uno de los compañeros aparece corriendo para informar que al dueño de la hostería se le ocurrió disparar, el muy saco de huevas, pero ya está reducido. El pueblo está tomado.
Los compañeros se congregan en la calle frente al retén. Se les unen el comandante y su compañera. El lugarteniente deja oír una suerte de aullido y dispara al aire. Todos lo imitan. Los compañeros rayan las paredes. Algunos lugareños se asoman a las puertas para recibir los panfletos que anuncian el comienzo de la sublevación popular. La compañera del comandante se pasea por las calles proclamando a través de un megáfono que el pueblo es, a partir de este instante, territorio liberado. Alguien saca un par de parlantes a la calle. Resuenan los compases del himno del grupo. Una fiesta, piensa él, eufórico, aullando también, disparando cada cierto tiempo hacia las estrellas, las copas de los árboles, la fachada blanca y verde del retén. Una fiesta de libertad. Todo parece confluir allí y justificarse. Nunca se ha sentido más alerta, más inundado de energía, más vivo. Se acerca al cabo que yace de costado, en posición fetal, sobre un charco oscuro. Al caído le tiemblan los labios, las fosas nasales. Posa en él una mirada desafiante. Él quiere decirle algo, pero no sabe qué. Uno de ellos toma a la compañera por los brazos y la hace girar en una danza improvisada. Ella lo deja hacer, megáfono en mano. El lugarteniente sale del retén esparciendo lo que queda de un bidón de bencina en la puerta de madera y en los asientos del jeep policial. Enciende un trapo y lo arroja al interior. El destello de las llamas ilumina los últimos arrebatos de esa celebración, ese pequeño carnaval de consignas guturales, carcajadas, rayados y disparos.
El comandante da la orden de retirada. Dejan a los pacos amarrados al poste. El caído forma un bulto inmóvil en el polvo. Los once cruzan el puente. Bajan por un sendero. Escalan una loma y se dan vuelta a mirar las escasas luces del pueblo, los árboles que circunscriben el resplandor del incendio. Ahora son diez. No cruzan palabras, pero los hermana una sola exultación. El sabor inconfundible de la victoria. Les llega el retumbo de la explosión. Tras un minuto, la compañera aparece para anunciar que el puente está inhabilitado. El lugarteniente les ordena agazaparse en formación, en una suerte de columna que trepa por la loma. Extrae su cámara y toma cuatro o cinco fotos apoyado en una rama. Es hora de ponerse en camino. Abrazan a los tres compañeros que huirán hacia el sur. Los ocho restantes –entre los que se cuentan el comandante, su compañera y el lugarteniente– echan a correr hacia el norte bordeando la ribera del río encabezados por el Alejo.
Tras media hora oyen el zumbido de un helicóptero. Saben que resultan invisibles en la oscuridad, bajo el follaje. Avanzan a marcha forzada. Él es uno de los últimos en sacarse el pasamontañas. Comienza a sentir una puntada en un costado. Paciencia, susurra el comandante a sus espaldas, como leyéndole el pensamiento, al alba vamos a descansar. Alejo los conduce por un laberinto de senderos entre los matorrales. Él conoce bien esa zona, tanto como el Alejo. Por eso, no obstante su falta de experiencia, lo eligieron. Las decisiones del Alejo, destinadas a ahorrar tiempo y esfuerzo, a mantenerlos lejos de los caminos, a obstaculizar la visual desde el aire, son inobjetables. Él no podría hacerlo mejor. Pero un asomo de inquietud se aloja en un pliegue de su conciencia, cifrada en una pregunta irracional: ¿quién los guiara no debiera ser, incluso en esos parajes, el comandante?
A las tres o cuatro de la mañana no les queda otro remedio que escalar el flanco de un cerro. Les lleva unos tres cuartos de hora. Al sobreponer la arista alcanzan a divisar los focos de un helicóptero que bordea el flanco de los cerros hacia el poniente. Por las quebradas sube un eco lejano de sirenas, motores y ladridos. Recuperan el aliento durante unos minutos y se ponen otra vez en marcha.
Cuando empieza a clarear, descienden por el fondo de una quebrada, cruzando en zigzag un afluente del otro río. Alejo apura el tranco. Van casi corriendo. Él ya no siente el cansancio, el dolor de los pies, la puntada en los pulmones. Sus piernas se mueven por inercia, separadas de su voluntad. Su conciencia se desliza flotando por los accidentes del paisaje como un alma en pena. Sabe que en ese trecho, antes de alcanzar el río, están expuestos, en peligro. Pero tampoco le importa. Alejo se detiene en seco. Se agacha y los demás lo imitan, escondiéndose entre los arbustos. Alejo indica con un gesto que lo esperen y desaparece en una curva de la huella. Regresa al cabo de unos cinco minutos. Está despejado, anuncia. Tras esa curva van a dar al río. Lo remontan un par de kilómetros hasta un lugar propicio para vadearlo. Al otro lado se adentran en un bosque tupido. Se detienen. Acampan. El comandante se asigna a sí mismo y al lugarteniente los primeros turnos de guardia. Él se tiende en una cama de hojarasca y de inmediato se queda dormido. Se sumerge en una penumbra mullida, sin sueños, de la que lo arranca el vuelo bajo de un helicóptero. Vuelve a dormirse. El helicóptero lo acompaña transfigurado en un monstruoso insecto metálico de patas retráctiles, pegajosas. Mauro lo despierta pasado el mediodía. Es su turno de guardia.
Come un tarro de pescado y una manzana. Asciende hasta el sitio indicado. Un promontorio desde el cual se dominan tres recodos del río, valle abajo. Se oculta entre las ramas de un árbol. A media tarde ve subir un helicóptero verde oliva. ¿El mismo? Lo sigue con la mira de su fusil hasta que gira y desaparece en la quebrada por la que ellos bajaron esa mañana. Mauro lo releva. Baja y se tiende en su cama de hojarasca. Piensa que la va a echar de menos al anochecer, cuando se pongan otra vez en movimiento. Cierra los ojos. Trata de dormir pero no lo logra. El comandante se acerca y se sienta en un tronco que se apoya en la ladera. Alejo y otros compañeros se acercan. ¿Sabían que la misma operación se realizó anoche en otros tres pueblos a lo largo del país?, dice. Alejo niega con la cabeza. Por supuesto que no, piensa él, es necesario que estén al tanto de lo justo y necesario. Incluso de menos. Su desorientación servirá para confundir al enemigo en caso de necesidad. Y este es solo el comienzo, prosigue el comandante. La insurrección popular está desencadenada sin vuelta atrás. En los próximos días y semanas cientos de pueblos se alzarán en forma espontánea, siguiendo nuestro ejemplo, compañeros. No podía ser de otra forma. Es una ingenuidad pensar que el tirano va a dejar el poder con sus propias reglas del juego. Una ingenuidad peligrosa. Esta es la única manera. Pronto van a dejar de buscarnos, dice, cuando la anarquía de la sublevación se haga incontenible.
Al caer la noche emprenden la marcha. Avanzan hacia el norte por un terreno escarpado. La vegetación es densa y en algunos tramos no hay sendero. Ya no van por la ruta más fácil pero sí por una casi imposible de rastrear. El rumor de los helicópteros parece más lejano a medida que se alejan del río, hasta que se desvanece por completo. La noche es oscura y ventosa. Una gran nube compacta borra las estrellas. La ruta está compuesta de ascensos y descensos no menos arduos que las escaladas. Uno de los compañeros pierde el equilibrio, rueda sobre sí mismo con un grito de dolor, se despeña unos quince metros ladera abajo. Se ha torcido un tobillo. Se saca la bota para comprobar que el pie ha comenzado a hincharse. Se la vuelve a calzar. Prueba a pisar. Sabe que no queda otra alternativa. Prosiguen ladera abajo. Encuentran un lugar propicio para acampar antes del amanecer. Al montar el campamento empieza a llover.
Las hojas de los árboles los amparan en cierta medida del agua. El aguacero es inusual a finales de octubre. El lugarteniente declara que es un golpe de suerte, a los milicos no les va a quedar otra que guardarse. Alejo conoce una gruta quebrada arriba donde es posible guarecerse de la lluvia. Hay que subir una media hora o un poco más. ¿Hay salida hacia el norte o hay que volver a bajar?, quiere saber el comandante. Hay que volver por acá, confiesa el Alejo. Los tres líderes conferencian en voz baja unos instantes. El comandante decide quedarse donde están. El compañero tiene que cortar parte de las costuras de su bota para sacársela. El abultamiento está surcado de hematomas. El lugarteniente le tiende un par de analgésicos en la palma de la mano. Luego se ofrece de voluntario para la primera guardia. Él se tiende de costado en la ladera dura usando su morral como almohada. Aferra el fusil para contener el temblor de sus manos. Piensa en el cabo al que hirió. Lo imagina con envidia en una cama blanca, mullida, en la posta o en un hospital. Todo su cuerpo se estremece de frío.
Despierta a media tarde. Llueve con sostenida intensidad. Arrecia el viento. El comandante y su compañera fuman en silencio, formando cuencos con las manos para proteger la brasa de los cigarrillos. El lugarteniente ha armado una especie de toldo con su poncho para escribir en su libreta. Él come. Se dirige al lugarteniente y se ofrece para la próxima guardia. No va a ser necesario, replica este sin levantar la vista de sus notas. La luz comienza a declinar.
El lugarteniente se incorpora y anuncia que es hora de partir. El compañero tiene que romper aún más las costuras para calzarse la bota. Ha formado un bastón puliendo el extremo de una rama. Emprenden la caminata expuestos de lleno a la tormenta. Las dificultades de la marcha se ven compensadas por el relativo alivio de saber que, con el mal tiempo, la búsqueda habrá sido interrumpida y son escasas las posibilidades de toparse con un arriero o algún caminante solitario. Él piensa que en su época de espera (¿de templaje?) anhelaba eso –la acción, el peligro, incluso las privaciones– por sobre todas las cosas.
Lo reclutó una compañera. Mariana. Probablemente Mariana no fuera siquiera su chapa habitual. Es decir, su verdadera identidad falsa. Se le acercó en una fonda. Hablaron de política. Se acostaron tres veces en el curso de una semana. Ella no acudió a la última cita, en una fuente de soda. Ante la mesa se sentó un tipo muy joven, menor que él, que apenas dominaba sus nervios. Lorenzo. Le estrechó la mano. Le explicó que, con el aval de Mariana, se iban a saltar las acciones de templaje. Eran tiempos extraordinarios. Él anunció a su familia y a sus amigos que había conseguido pega en Argentina. Escribió una serie de postales fechadas en el futuro describiendo su vida en Argentina: vagas noticias sobre el trabajo, una novia. Le dieron un carnet y un sobre con billetes. Se mudó a la capital. Arrendó una pieza. Obedeciendo las escuetas instrucciones, buscó empleo. Hizo pegas aisladas de albañilería, hasta asentarse como garzón. Evitó el trago. No formó lazos. Su vida se reducía a esperar. Identificó los sitios –un banco en un parque, la rendija entre dos ladrillos en un muro, la caja de un citófono– en que podían dejarle mensajes, papelitos doblados con series de números que le indicarían una fecha para comprar el diario y una categoría dentro de los avisos personales. Pero no hubo papelitos. Solo espera. Al cabo de los meses su antigua vida en el sur y la clandestinidad llegaron a parecerle igualmente inconsistentes, ilusorias. Venció la tentación de llamar a sus padres, a su hermana, decirles que lo hacía desde Argentina, para escuchar sus voces. Una tarde encontró un papel. Al día siguiente, en el diario, el aviso. Un número de teléfono. Llamó. Le dieron coordenadas. Una esquina. Un taxista le dirigió una leve seña y él lo hizo parar. Estuvieron durante casi una hora dando vueltas por el centro, cerciorándose de que no los seguían. Finalmente enfilaron por una avenida hacia el sur. En una luz roja se subieron dos sujetos. Al que se había sentado a su lado en el asiento trasero y a él les entregaron pañuelos y les ordenaron vendarse los ojos y ocultarse. El taxi ganó velocidad en una autopista, después tomó una calle secundaria, más tarde un camino de tierra. Transcurrió una hora o más. El auto se detuvo. Se sacaron las vendas. Se encontraban en una explanada de tierra en medio del campo. Un valle estrecho rodeado de cerros. A lo lejos, al final de una alameda, se divisaba una casa baja de adobe. Les entregaron una pistola a cada uno. En una elevación al costado de la explanada habían dibujado con tiza unos blancos rudimentarios. El taxista le explicó cómo manipular el seguro, insertar un cargador vacío, apuntar y apretar el gatillo. Repitió esas acciones media docena de veces. Entonces le entregaron un cargador lleno. Andamos escasos de munición, se disculpó el taxista. Disparó seis tiros contra los círculos de tiza. El otro recluta hizo lo mismo. Luego subieron al taxi y les dieron las vendas.
Pasaron ocho meses sin noticias. Conjeturó que el aislamiento y la inactividad eran una forma de templaje más dura que robar un banco o una casa de cambio. Más tarde sospechó que había fallado una prueba, quizás pasara por alto alguna señal sutil, lo habían cortado. Pero una noche encontró en el suelo de su pieza un atado de postales nuevas. Argentina. Una semana más tarde, un papelito. El diario. Las coordenadas correspondían a un hotel. Pagó dos horas por adelantado. Esperó sentado en la cama blanda, que ocupaba casi toda la pieza sin ventanas. Mariana entró por una puerta lateral. Llevaba un vestido corto, anteojos de sol, una mochila. Él le entregó las postales llenas de insípidas noticias futuras. Quisiera llamar a mi familia, dijo. Imposible, contestó ella. Se quitó los anteojos y luego el vestido. Pensamos que lo echabai de menos, bromeó después del sexo. ¿Pensamos?, se dijo él. ¿Listo para entrar en acción?, preguntó Mariana. Él asintió, deslizando la palma de una mano por la suave espalda de la compañera, la curva de un glúteo, la juntura del muslo. Tenís que volver al sur, anunció ella.
La lluvia cesa antes del amanecer. Alejo se detiene en medio del sendero. Explica que poco más adelante hay un buen refugio, pero que podría estar ocupado. El lugarteniente le ordena a él y a Mauro que vayan a explorar. Al cabo de unos diez minutos lo encuentran. Una franja de pasto alimentada por una vertiente, en el cruce entre varias huellas, al amparo de una pared de piedra. Tras veinticuatro horas de temporal, una medialuna junto a la base del muro permanece seca. Aguarda ahí mientras Mauro va a buscar a los otros. Se podría hacer una fogata antes de la salida del sol, antes que el humo resulte visible, secar un poco la ropa, piensa. El comandante decide descansar ahí unos minutos, comer las últimas provisiones. No es un buen sitio para acampar, afirma, demasiado expuesto. Siguen. Ya comienza a aclarar cuando deciden separarse de la huella. Se adentran en unos matorrales tupidos. Montan campamento.
A eso de las diez de la mañana escuchan un helicóptero. El lugarteniente examina el tobillo del compañero. Lo conmina a morder los analgésicos que quedan. La hinchazón se mantiene. El hematoma se ha desplazado hacia el talón. Tiene rotos al menos dos ligamentos, reafirma el lugarteniente. No te preocupís, pasado mañana a más tardar vai a poder descansar. El compañero declara que no hay problema, que está acostumbrado. Y lo cierto es que, pese a la cojera, no los ha retrasado. Con independencia de la distribución física, el destacamento se separa igual que dos líquidos de distinta densidad. Los líderes y el resto, en torno a los cuales se va cerrando sostenidamente una sensación de opresión, de angustia, como un torniquete, una inquietud que se hace más insidiosa en los intervalos de descanso. El miedo se condensa en sus cuerpos como una sustancia viscosa. Anhelan conocer los planes de los líderes, sus inescrutables designios. Pero saben que es mejor así. Ir avanzando a tientas. El paso de los helicópteros se hace más frecuente. Y otra vez oyen ladridos. Perros rastreadores. Él se ofrece para hacer un doble turno de guardia. No tiene sueño, quizás a causa del hambre. Dormita a rachas durante la tarde. Al incorporarse ve a los tres jefes que conferencian separados de los demás. Anochece. Mientras se alistan para reanudar la caminata, el comandante anuncia que han decidido dividirse en dos grupos. El lugarteniente y dos compañeros van a enfilar hacia el noroeste. Tratarán de eludir el cerco y llegar a la carretera. El comandante, su compañera, Alejo, Mauro y él seguirán por el trayecto previsto, bordeando el próximo río hasta el punto de contacto.
Pasada la medianoche alcanzan el río. En ese tramo el cauce es superficial. Rápidos. La corriente, alimentada por la lluvia, arrastra los bolones del fondo con un estruendo mecánico. Tienen que gritar para hacerse entender. Continúan hacia el este por la ribera. Se esconden ante el paso de cada vehículo por el camino que bordea la orilla opuesta: jeeps militares o policiales, camiones, camionetas civiles. A las seis de la mañana la ven venir. Una furgoneta blanca con las luces intermitentes encendidas. El comandante prende una pequeña linterna. La agita. La furgoneta se detiene, apaga las luces, se oculta. El comandante y su compañera vadean el río. Desaparecen en las sombras del otro lado. Los tres aguardan en la ribera sur. El padre del contacto administra unas cabañas de veraneo río arriba. El comandante y su compañera tienen que secarse, cambiarse de ropa, simular que el contacto –del que supuestamente son amigos de la universidad– fue a recogerlos a la estación de buses. Pasa una caravana de vehículos policiales con las balizas encendidas levantando una gran nube de polvo. Al cabo de unos minutos, la furgoneta arranca. Desaparece en el siguiente recodo.
Alejo, Mauro y él se echan a correr por el sendero. Las cabañas quedan unos quince kilómetros más arriba. Tienen que acercarse lo más posible al amparo de la noche. Su misión consiste en montar un campamento cerca de las cabañas, permanecer escondidos, estar preparados para cualquier eventualidad. No saben cuál es el siguiente paso en el plan de los líderes, en qué dirección, cuándo, por que medio continuarán la retirada. Un quiltro gris les sale al paso, ladrando, enseñando los colmillos. Mauro le dispara a quemarropa con el fusil. El rumor de la corriente apaga la detonación. Unos doscientos metros más arriba, divisan la silueta de un cobertizo de tablas. Los tres apuntan en esa dirección. No se enciende una luz, no hay movimiento alguno. Alejo y Mauro arrojan el cadáver a las aguas. Tratan de lavar la mancha de sangre en las piedras. Dan un rodeo para evitar la vivienda.
Al amanecer bordean un trecho más quieto del río. El cauce es angosto y profundo, el agua oscura avanza formando lentos remolinos. Calculan que les quedan todavía unos cuatro kilómetros hasta las cabañas pero no hay más remedio que parar. Alejo señala hacia un corral y una choza derruidos. Deciden que es mejor permanecer al aire libre. Con el sol ya alto, encuentran un buen lugar. Un túnel excavado por animales en una gran masa de zarzamoras, a unos cuarenta metros de la ribera. Alejo identifica un sitio adecuado para la guardia, también una cavidad entre las zarzas, en el borde mismo del agua. Se llenan el estómago de moras tibias. Él duerme gran parte del día. Le corresponde la última guardia. Apenas instalado en su puesto ve pasar a un vehículo militar por el otro lado. Avanza despacio. En la parte trasera distingue a un oficial que escruta la ribera con binoculares. Por alguna razón no siente miedo. Está seguro de su invisibilidad. El vehículo se aleja. Se quita las botas y mete los pies en el agua fría. Lo sobresalta un disparo cercano, proveniente del campamento. Luego otros dos, tres, en rápida sucesión. Aferra su fusil. No atina a moverse. El corazón le retumba en los oídos. Pero consigue escuchar pasos, susurros imperiosos, el roce de piernas contra los arbustos, el chasquido metálico de un arma. Permanece inmóvil. Una voz resuena muy cerca: ¡Ya conchetumadre, sabemos que estai ahí, sale con las manos en alto! Él no reacciona. Está paralizado. ¡Ya rechucha de tu madre! Con sumo cuidado deposita su fusil en la ribera, junto a las botas. Arquea la espalda y se desliza al agua. Queda sumergido hasta el cuello. La corriente tironea sus pantalones. Respira hondo, con el estómago. ¡Sale, mierda!, grita la voz. Se hunde.
Se empuja con los pies en el flanco fangoso, después gira y deja que el torrente lo arrastre. Calcula que está un par de metros bajo la superficie. Se fuerza a resistir lo más posible. Todavía no saben que está en el río, piensa. Esa es su única, momentánea ventaja. Debiera derivar hacia la orilla, tratar de camuflarse. Abre los ojos pero no consigue orientación. Emerge. Ve a su izquierda las ramas de un sauce que rozan la superficie. Se dirige hacia allí bajo el agua, pero la corriente lo impulsa, queda desprotegido. Ve mientras toma una nueva bocanada profunda tres o cuatro soldados con casos que trotan por la misma orilla en la dirección contraria. Escucha un par de disparos. No sabe si se dirigen a él o a sus compañeros, si son una advertencia. Se sumerge. Su rodilla golpea contra una roca o tronco. Permanece aún bajo el agua todo lo que dan sus pulmones. Al salir está solo. El cauce traza una curva. Prosigue ahora con más cuidado, con los pies por delante para enfrentar los obstáculos, evitando los remolinos, conducido por la asombrosa fuerza de la corriente. En un tramo de rápidos avanza a pie, ocultándose de las patrullas y camionetas militares que suben a toda velocidad por la ribera norte. Se levanta el pantalón y comprueba que el corte en su rodilla, aunque sangra, no es de cuidado. Ve aparecer a su izquierda el cobertizo de tablas donde Mauro silenció al perro y vuelve a meterse al río.
Al final de la tarde, en un trecho apacible, se sienta a descansar en una gran piedra plana cuya proa corta las aguas. Sabe que en ese lugar el camino se aleja del río. Estima que ha transcurrido al menos una hora desde el último sobrevuelo de los helicópteros. Se quita los pantalones y la polera para secarlos. Nota que un costado de la roca tiene adherida una legión de diminutos insectos muertos. Solo quedan las corazas transparentes, que se desintegran al más leve tacto. Decide quedarse ahí hasta la caída de la noche. Traza en su mente el recorrido que debe completar, identifica los puntos de riesgo. Con algo de suerte, se dice, antes del alba estará en la casa de su hermana. El sol traspone el horizonte. Se viste. La ropa aún está húmeda. Cambia de idea. Las huellas dactilares en el fusil, en las botas, los llevarán tarde o temprano a sus padres y a su hermana. Mejor no involucrarla. Mejor mantenerse oculto, tratar de volver de alguna manera a la capital, a su chapa. A la espera.
Entonces la ve. La compañera del comandante. La reconoce de inmediato. Se desliza despacio hacia él. Está desnuda. Solo sobresalen de la superficie tersa la cara, los pechos, el pubis y las puntas de los pies. Nota que a una de sus manos le faltan dos dedos. Lleva los brazos abiertos en cruz y una expresión perpleja, altanera, enigmática. El pelo negro se arremolina en torno a su rostro como una anémona, una cosa viva. La boca se contrae en el rictus levemente desdeñoso que en los últimos días ha llegado a resultarle familiar. Los ojos abiertos reflejan la última luz del cielo, se le antojan como agujeros que dejaran ver otro cielo. Podría arrodillarse en la piedra, estirarse y agarrar su muñeca o, en caso de no alcanzarla, un tobillo. Pero no se mueve. La deja ir.
Permanece ahí durante una media hora más, aplastando mecánicamente los insectos vacíos. Cae la noche. Se pone en marcha. Sus pies descalzos pisan territorio libre.