H abían llegado de Hungría. Al menos eso era lo que decía mi padre. O al menos eso era lo que parecían haber decidido los prohombres del pueblo reunidos en consejo extraoficial en torno a unos vasos rebosantes del licor que mi padre destilaba clandestinamente en la parte trasera de nuestra casa. Hungría, al fin y al cabo, era en el imaginario colectivo de la Castilla de posguerra tan buen lugar como cualquier otro para convertirse en la quintaesencia de lo exótico.

Foto cuento

En realidad, pensé yo entonces, aquel acuerdo tácito no era más que una excusa para justificar el apodo con que, de manera inmediata, habían bautizado a la dueña del circo apenas se hubo asomado a la plaza: la Hungarona . El apodo, arbitrariedades aparte, le venía al pelo: una mujer del tamaño, el grosor y la consistencia de una bala de forraje, un cigarrillo de tabaco negro en cada comisura de los labios, en la cabeza un pañuelo y todos los colores que mi madre no vestía, al cuello toda la bisutería que mi madre ni tenía ni jamás tendría. Como decía, la Hungarona se asomó a la plaza, seguida del primer mono que yo vería en mi vida y, muy probablemente, el primero que veían las decenas de ojos acechantes que escudriñaban tras los visillos de encaje de los ventanucos y las cortinas de abalorios de los umbrales. Estudiando el terreno, ama y mono se abrieron paso entre el hatajo de críos que habíamos detenido la cuenta del escondite para mirarla, entre curiosos y embobados, mientras nos limpiábamos el moqueo de un enero encarnizado con las mangas del jersey, mugrientas y ya encostradas a final de mes. Tras comprobar que impedía la acampada del circo la presencia del escuálido roble que, haciendo un flaco favor a la fama de su especie, presidía la plaza del pueblo, se dirigieron al colmado. Entre grandes aspavientos de la mujerona, miradas impertérritas del mono y el gesto mitad atónito y mitad intimidado de Olimpia, la tendera, lograron hacerse entender, o esa fue la impresión que nos dio la sonrisa satisfecha de aquella bala de forraje andante al salir con paso enérgico del minúsculo almacén de ultramarinos y atravesar de nuevo la plaza, desapareciendo al fin tras un recodo del camino que conducía al cementerio. Como comprobaríamos acto seguido, las apariencias engañan.

Apenas se hubieron esfumado a lo lejos la cola del macaco y el humo de los cigarrillos, una decena de alpargatas negras se aventuró a atravesar a la carrera la nieve embarrada que cubría la plaza en dirección a la abigarrada tienduca de Olimpia, más llena de clientela en aquel momento de lo que hubiera estado nunca antes. Después de dar un codazo a Tomás, tonto oficial de la muchachada, que seguía pasmado y boquiabierto, lo arrastré hasta el colmado. Zigzagueando entre un laberinto de mandiles zurcidos, nos apostamos junto a la balanza que coronaba el mostrador.

–¿Qué ha dicho? –susurraron apremiantes las dueñas de las alpargatas, todas a una.

–Ni idea –confesó apurada Olimpia–. No hablaba en cristiano. Portuguesa no era –comparó mentalmente con el mirandés hablado por los contrabandistas de café–. Será una hungarona –dedujo, ganándose así el dudoso mérito de haber acuñado el sobrenombre con el que se honraría en adelante a la directora de aquel circo aparecido de la nada en pleno invierno. Qué oscuras asociaciones mentales guiaron su conclusión hasta Hungría es algo que jamás quedó demasiado claro.

Siendo justos, circo era una denominación generosa en exceso para aquel puñado de carromatos destartalados que acampó junto a la tapia del cementerio, con no pocos reparos del señor cura, que, pese a apelar a no sé qué concilio, finalmente acabó cediendo ante la insistencia generalizada de la parroquia. Tras sucesivas expediciones de reconocimiento, Tomás y yo pronto descubrimos que, aparte de la Hungarona y el mono, componían el exiguo elenco una cabra con sarna en los cuartos traseros, un viejo trompetista que, sin entonar muy allá, animaba los precarios equilibrios de la cabra sobre un taburete cojo, un forzudo con ciertos síntomas de malnutrición y su esposa, la contorsionista Marifé, a la sazón femme fatale , traductora e intérprete de la troupe. Junto a la caravana se alzaba, a modo de carpa, un tendal desteñido por el uso y mugriento por la desidia, parcheado y vuelto a parchear, con un par de banderolas que ondeaban ateridas al viento y un rótulo que rezaba, en grandilocuentes mayúsculas: Circus. Gran Jira Mundial. El maestro no podía evitar una sonrisilla cada vez que lo miraba de reojo a través de la ventana de la escuela y yo, entretanto, no dejaba de preguntarme, asombrado ante semejante golpe de suerte, qué gran gira mundial sería aquélla que se detenía en un pueblo inexistente en el mapa de España colgado junto al pizarrón, un pueblo en el que desde hacía tiempo, por vagancia o por olvido, ni siquiera se detenía la guardia civil a echar un vistazo. Claro que, por aquel entonces, yo no sabía gran cosa, ni de circos ni de la guardia civil, y me limitaba a devorar con los ojos todo el exotismo de Hungría y el pintoresquismo del espíritu circense sin añorar ni un ápice los severos tricornios.

Tras arduas negociaciones con el alcalde del pueblo, Marifé mediante, y rindiéndose ante la evidencia de la escasez de efectivo entre su potencial público, la Hungarona accedió a cobrar la representación en especie, embolsándose, eso sí, la mitad de sus honorarios por adelantado. Lo de embolsársela resultó ser literal. Una vez cerrado el acuerdo, recorrió el pueblo, puerta por puerta, de nuevo con dos cigarrillos humeantes en la boca y acompañada por el macaco. Éste, brincando de frío sobre la nieve, arrastraba un saco en el que las vecindonas, turbadas por la penetrante mirada del mono, que ellas interpretaban como incriminatoria, acababan introduciendo más viandas de las que tenían intención en un principio.

Sólo entonces comenzaron los ensayos aquellos artistas internacionales. Se trataba de ensayos a puerta cerrada que yo sospechaba más por pura costumbre y por el esfuerzo de mantener un cierto halo de misterio que por verdadero amor a su profesión o por necesidad, dada la sofisticación de los números que integraban el programa. Al terminar la escuela, trotaba hacia el cementerio arrastrando por la manga del jersey a Tomás, que, trastabillándose sobre la nieve, me seguía con sus ojos de hechizado perdidos en lontananza. De puntillas, envueltos por el vaho que exhalaban las mulas y el estiércol del circo, nos asomábamos a los sietes de la carpa que aún no habían podido remendarse por falta de medios, de tiempo o de ganas, y contemplábamos maravillados cómo la troupe, bajo la atenta supervisión de la Hungarona , reproducía sin especial entusiasmo los números previstos: la cabra se tambaleaba sobre el taburete al compás apopléjico del viejo trompetista, con el rostro congestionado por el esfuerzo, y del mono, que entrechocaba unos platillos con estruendo parejo a su falta de ritmo; el forzudo levantaba, doblaba y tronchaba, sucesivamente, diversos objetos, cada cual más aparatoso, culminando su actuación, algo trémulo, con Marifé sujeta por encima de su cabeza; y Marifé, la cual, aun comparándola con su jefa, estaba bastante entrada en carnes para ser contorsionista, perpetraba una serie de volteretas arrastrando su cabellera oxigenada por la pista central y única de aquel circo. Por las noches, a la luz de una vela, yo examinaba el viejo atlas que me había prestado el maestro, una antigualla en la que aún resistía contra viento y marea el Imperio Austrohúngaro, y me entretenía intentando calcular mediante una regla de tres cuántos días habrían tenido que emplear para llegar hasta nuestro pueblo desde la mismísima Hungría, y desistía al comprobar que no me bastarían siquiera los dedos de las dos manos para lograrlo, y me parecía toda una eternidad, y, rendido, me dormía, y en sueños me asaltaban los desconcertantes ojos del macaco, que entrechocaba hierático los platillos.

Por fin, cierto día, al casi disuasorio grito de «¡Marifé, el que no pague no la ve!», el viejo trompetista, seguido de un séquito compuesto por una de las mulas y el mono cabalgando los huesudos lomos de la cabra, anunció con acento que suponíamos húngaro la tan esperada actuación: tendría lugar al atardecer. Cuando el sol comenzó a ponerse tras el horizonte, reverberando rojizo, y anaranjado, y violeta sobre la nieve que se aferraba obcecada al pueblo, hileras de vecinos, cada uno con su silla de mimbre en una mano y su cuota del honorario en la otra, se dirigieron en profana procesión a la carpa, párroco incluido. El mono, ataviado con una astrosa casaca que en tiempos había sido de color bermellón, ejercía de cancerbero a la entrada de la carpa y recaudaba circunspecto en su ya renombrado saco las aportaciones de los espectadores, ora un trozo de queso, ora una hogaza de pan, ora una tajada de jamón.

La función se desarrolló según lo planeado por la Hungarona : la cabra se tambaleó sobre el taburete al compás apopléjico del viejo trompetista, con el rostro congestionado por el esfuerzo, y del mono, que entrechocó sus platillos con estruendo parejo a su falta de ritmo; el forzudo levantó, dobló y tronchó, sucesivamente, diversos objetos, cada cual más aparatoso, culminando su actuación, algo trémulo, con Marifé sujeta por encima de su cabeza; y Marifé, vestida para la ocasión con medias de rejilla y un bañador gastado al que habían malcosido aquí y allá unas lentejuelas, perpetró una serie de volteretas arrastrando su cabellera oxigenada por la pista central y única del circo. Las expectativas del público, al parecer, eran bien distintas a las previsiones de la mujerona y sus artistas: la platea toda, tiritando de frío, no era sino ojos. Ojos expectantes. Ojos anhelantes. Ojos reprobadores. Ojos lascivos. Ojos incrédulos. Ojos socarrones. Ojos. Nada más que ojos cuya mirada mantenía impertérrito el mono pero que forzaron a una dubitativa Marifé a improvisar un nuevo final para su número, proeza casi heróica para una contorsionista de dotes tan limitadas. Mientras la contorsionista que apenas se contorsionaba inventaba a duras penas alguna que otra acrobacia, la platea se fue transformando en silbidos, al principio entre admirativos y guasones, luego, poco a poco, increpantes. Los silbidos fueron creciendo como la masa del pan en el horno de piedra de mi madre, paulatina pero irrevocablemente, para convertirse en un abucheo que, a mis oídos de entonces, era redondo y rotundo como los hornazos de Pascua y, al fin, deshincharse en el rumor que produjo la desbandada de los espectadores.

Aquella misma noche el circo desapareció en la misma nada de la que había salido sin dejar más rastro que otra gran nada en el lugar en que había estado acampado.

–Que vayan con la misma paz que aquí han dejado –musitó mi padre al enterarse.

Yo cerré el atlas, en mi cabeza la mirada imperturbable del macaco.