N unca conecté con Jack Kerouac. En el camino jamás sonó en mi cabeza como una voz. O si lo hizo, no fui capaz de escucharla, fue un ruido bajito que desapareció sin pena ni gloria. No entendí el culto que despertó en lectores y escritores de generaciones previas a la mía. Cuando veía a alguien con el libro, automáticamente una alarma se activaba en mi cerebro y ponía reparos. Kerouac fue el escritor de los ingenuos, su efervescencia por la aventura me pareció pedante. La idea de que el mundo verdadero —el aprendizaje de ese mundo—estaba en la ruta, me resultó muy hippie. Y lo odié por eso. Odié todo lo que representaba.

Comienzo con Kerouac para hablar de Denis Johnson porque sin pretenderlo, a mediados de 2005, me convertí en uno de esos lectores deslumbrados que, como los fans de Kerouac, andaban todo el rato pregonando el nuevo evangelio. Sólo que mi evangelio no se llamaba En el camino sino Hijo de Jesús. Antes de leer ese libro, había leído una novelita menor titulada The Name of The World donde encontré escritura y el atisbo de un mundo, pero no mucho más. Tuvo que pasar algo más de un año para que un amigo escritor, Rodrigo Hasbún, consiguiera la traducción que hizo Rodrigo Fresán de Hijo de Jesús . Hay que agradecerle a Fresán ese gesto, quizás sólo así se le perdonen esos mamotretos cargados de bulla y retórica que son sus novelas.

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Por años ese libro pequeño, de no más de 150 páginas, fue inhallable en español. En la tapa de la edición de bolsillo de Mondadori se veía la foto de una carretera, lo que, inevitablemente, remitía a En el camino . Encontré allí un escenario que no se alejaba mucho del descrito por Kerouac, con la diferencia que la sensibilidad que lo exploraba era radicalmente distinta: drogas duras, juventud salvaje, vidas que no iban a ninguna parte y que se consumían en ciudades o en pequeños pueblos americanos. Johnson narraba un mundo brutal y de alguna forma se las arreglaba para que encontráramos nostalgia y ternura en experiencias que eran traumáticas. Describía un mundo duro que misteriosamente estaba revestido de belleza. Eran anécdotas que le pasaron al propio Johnson y a gente que conoció, anécdotas iluminadas por una poesía rarísima, como si el dios del rock and roll respirara en cada una de esas frases. Y eso era la literatura para nosotros, en pequeñas iluminaciones como esas se justificaba por qué leíamos, por qué intentábamos escribir. Si En el camino fue contado por un narrador que buscaba un aprendizaje en los excesos, Hijo de Jesús estaba narrado por alguien que había sobrevivido a esos mismos excesos, y que, pasado un buen periodo de tiempo —Johnson publicó el libro en 1992, y los eventos que relata se remontan a principios y mediados de los 70—, intentaba reconstruir la textura de esa juventud ya extinguida, los remedos de esa magia que brilló en tiempos de ocio y borrachera.

Fotocopié el ejemplar y lo leí como una docena de veces. Se lo pasé a mis amigos y en Santa Cruz de la Sierra fue armándose un culto entorno a ese librito que nos hablaba como en el principio de la adolescencia nos habían hablado las bandas de heavy metal. Un amigo, en un arranque de fanatismo, lo transcribió entero. Se pasó días copiándolo palabra por palabra. Él decía que lo hacía para subirlo a internet, ya que Hijo de Jesús era inhallable en español, recién a finales de 2013 Mondadori se animó a publicar una nueva edición. Mi amigo nunca lo colgó en la red. Quiero creer que lo hacía como un rito privado, como una forma de agradecimiento a un autor que nos había mostrado una nueva forma de abordar literariamente nuestras propias experiencias. Poco a poco fui leyendo buena parte de la obra de Johnson. Leí su poesía, leí las estupendas novelas Árbol de humo y Train Dreams. Leí la no tan buena Ángeles derrotados, pero ninguno de esos libros alcanzó la intensidad de Hijo de Jesús . Eso fue algo que acontece una sola vez, como el gol que Maradona le hizo a los ingleses con la mano o el nocaut brutal que Dan Henderson le propinó a Michael Bisping en el UFC 100.

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El miércoles 5 de marzo, Denis Johnson dio una charla pública en el Day House, la casa que alberga a los escritores del Workshop. La gente atiborró el salón. Johnson fue alumno de la universidad, volvió por unos días a una ciudad que conocía muy bien. Parte de Hijo de Jesús está ambientado en Iowa City. Uno de los cuentos más legendarios del libro, Emergency , relata las experiencias del propio autor cuando laburó en el Mercy Hospital.

Conocer a un escritor que uno admira puede ser un riesgo. Me pasó con Junot Díaz, que también estuvo por esta ciudad y que en todo momento adoptó la postura de un personaje genial. No podía decir dos palabras sin estar representando un papel para el público. Más que un escritor, Junot Díaz parecía un stand up comedian. Afortunadamente, no fue el caso de Johnson. Luego de una breve presentación, respondió a toda clase de preguntas. Cada una de sus respuestas estuvo matizada por un sentido del humor que a veces rayaba en la ironía sin que esta resultara hiriente.

Dijo que siempre encontró divertido escribir, especialmente si en el proceso se tomaba toneladas de café.

Dijo que ya no hacía más periodismo porque tenía la maña de inventarse datos y los fact checkers siempre estaban encima suyo, lo que terminó agotándolo.

Dijo que el primer cuento que escribió fue a los siete años. Plagió descaradamente Moby Dick después de haber visto la película y lo tituló La ballena blanca .

Dijo que era terriblemente susceptible a las críticas, a tal punto que se comparó con una pequeña niña que podía ser destruida si leía algo negativo sobre su obra.

Dijo que no le hacía edición a sus manuscritos, y que eso le reportó problemas con sus editores. Especialmente con la novela Árbol de humo, que cuando se la devolvieron con las correcciones y observaciones de rigor, él, indignado, no quiso ni mirarlas.

Dijo que no recordaba muy bien sus años de estudiante graduado en el Workshop de Iowa City porque la mayoría de ese tiempo la pasó drogado.

Dijo que era un escritor terriblemente lento, que la primera parte del cuento más reciente aparecido en el New Yorker, The Largesse of the Sea Maiden , la había comenzado hacía 38 años.

Poco antes de terminar la sesión, el poeta James Galvin le recordó una anécdota vieja.

Galvin dijo:

Cuando eras joven, solías decir que el único libro que habías leído era Bajo el volcán . Cuando alguien te comentó que ese era un final muy triste, vos dijiste que no lo sabías, porque aún no habías llegado ahí.

Todos rieron. Johnson también rio. Comentó que cuando vio la película dirigida por John Houston, no pudo creer que la novela de Malcolm Lowry aconteciera en un solo día

Dijo, irónico, luego de que se hizo un silencio:

Si, es cierto. Bajo el volcán es el único libro que leí.

Cuando las preguntas acabaron, se armó una pequeña cola con gente que quería que le firmara algún libro. Fui el último de la fila, me preguntó el nombre, se lo dije. Me estampó la firma, agradecí y me largué de allí sosteniendo mi ejemplar en inglés de Hijo de Jesús que había comprado para la ocasión. Pensé, mientras me alejaba, que lo justo hubiera sido que firmara esa fotocopia que circuló entre mis amigos. Una fotocopia rayada y manchada de café y cerveza, una fotocopia que sirvió como una especie de biblia para gente que, casi diez años atrás, intentaba escribir historias sin miedos ni pudor, de la forma más honesta posible. En ese sentido estricto, la literatura también puede ser una experiencia colectiva.