E n esa ocasión me desperté en una casucha desvencijada, alejada de todo, perdida en el último rincón del mundo. Luego también sabría que estaba en un desierto, entre cactus, arbustos y chatarras de carros esparcidas, en un acantilado frente al mar.

Foto por Sebastián Velásquez Escobar

Foto por Sebastián Velásquez Escobar

Me despertó el dolor. Tenía todo el cuerpo molido, músculo por músculo, y casi ni sentía las piernas. También me moría de hambre. Estaba en un cuarto pequeño iluminado a media luz, modesto, acostado en una cama, cubierto con un par de cobijas. A mi lado, en el piso, estaba mi poco equipaje. Me ayudé con los brazos a pararme de allí, a jalar un poco las piernas. Caminé con esfuerzo y salí de la habitación. Entré a otro cuarto pequeño adjunto pero no había nada. Caminé por el pasillo, la pequeña cocina, salí al corredor. La luz lastimó mis ojos. No había nadie.

El sol quemaba sin clemencia pero corría un viento frío. Las olas reventaban estrepitosas contra el acantilado.

Junto a la casa había un esqueleto gigante de ballena. Reconstruido con esmero sobre la tierra naranjada semejaba los restos de un ser prehistórico. Le faltaba un par de vertebras: más allá de eso estaba completo. Caminé hacia él y me recosté sobre una de sus costillas. A cada nuevo paso era un poco más fácil caminar. Destullirme era también una necesidad.

A lo lejos, casi a nivel del horizonte, se veían diferentes barcos pesqueros y cientos de gaviotas volando en redor. Al voltear la vista atrás, había arbustos resecos, pedazos de llantas, canecas metálicas, casuchas esparcidas: un ancho desierto.

Un perro diminuto me ladraba a intervalos, agudo, histérico. Hice un amago de golpe para espantarlo. Fracasé y casi tropiezo. Comencé a caminar hacia el acantilado, bordeando una senda. El campo era un cementerio de chatarras: un motor allá, un tráiler que hacía las veces de habitación acullá, restos indiferenciables por todos lados, carcomidos por el salitre y el óxido.

Ahora el viento arreciaba, frío, y nubes de arena roja se levantaban en el aire.

Avisté una casa a unos cien metros y allí me dirigí. Atrás quedaba la casucha y su corredor diminuto, frente al mar, y aquel esqueleto de ballena, imponente, como de otra era. Caminé cubriéndome los ojos, escupiendo sin éxito la arena que llegaba a mi boca seca. Ya el perro pequeñito no me perseguía, pero ladraba desde la distancia, chillón, dramático.

Al aproximarme a la casa noté que había tres hombres, de edad madura, morenos, gestos recios. Estaban sentados en un pequeño patio delantero que hacía las veces de cocina: un espacio entre cerrado y abierto, con techo improvisado y algunas paredes no menos inestables. Un viejo tráiler hacía las veces de habitación contigua, a pocos metros de allí. Vestían ropas descoloridas.

–Buenas –atiné a decirles.

–Buenas –respondieron secamente.

Estaban en silencio. Uno de ellos comía con las manos. Tenía pequeños grumos blancuzcos cerca de la comisura de la boca, tenía las manos engrasadas. Otro de ellos, al parecer el mayor, no comía. Se limpiaba los dientes con un palillo, hacía sonidos rechinantes mientras escarbaba entre sus dientes. El tercero me miraba receloso, sin ejecutar movimiento. Frente a cada uno de ellos se posaba un resto de huesos extinguidos.

–Tiene tabaco, paisano –atinó el tercero a preguntarme.

Negué con la cabeza.

–Puedo comer con ustedes –interrumpí–. Me muero de hambre. Les puedo pagar.

Me miraron con desgano.

–Sírvase no más, queda poco –dijo el más viejo. Continuaron en silencio.

Me abalancé sin pudor sobre lo que había allí. Tenían cangrejos cocidos. Eso era todo. No sabía cómo abrirlos pero hice mi mejor esfuerzo para no parecer sin experiencia. No lo logré. El que tenía las manos grasosas y la boca con grumos vino hacía mí, mustio, seco. Tomó uno de los cangrejos en la manó , lo partió con los dedos y se lo llevó directo a la boca. Mordía y chupaba, las tenazas, las coyunturas, el tronco: succionaba esa carne blancuzca, fibrosa, aguada. Los otros dos miraron sin interés. Ninguno hablaba. Yo comí uno, dos, tres, cuatro, cinco cangrejos.

–Cómaselos todos –dijo el más viejo, sin ironía–. Nosotros ya estamos completos y lo que sobre es pa los perros.

Tenían rasgos endurecidos por el viento frío, la arena y el sol; el pelo negro, flechudo , la piel oscura, quebrada, árida. Seguí comiendo, mirándolos sólo a intervalos. Ellos miraban el horizonte, los barcos pesqueros al fondo, las gaviotas revoloteando al rededor.

Se está quedando donde Patricio? –inquirió uno.

–No sé –respondí con la boca llena.

Usté fue el que llegó anoche, en una camioneta blanca? –prosiguió otro.

No respondí. Nadie preguntó nada más.

Terminé de comerme los cangrejos y seguí con unos higos rojos, jugosos, todavía con espinas. Sentía, como dicen, el alma volver al cuerpo, aunque el cuerpo seguía siendo un amasijo de dolor.

Corría un viento frío y el polvo rojo se levantaba de nuevo. El sol, agresivo, alcanzaba el cénit. Agradecí su hospitalidad y prometí regresar más tarde. Quizá tuviera tabaco entre mis pertenencias.

–Más tarde vamos al pueblo –grito el más viejo, con aire compasivo–. Si quiere viene y compra lo que necesite. Si no acá se muere de hambre.

Asentí a la distancia.

Seguí caminando de regreso a la casucha, con dificultad y torpeza. Tenía la mente en blanco. Luego de múltiples esfuerzos llegué al esqueleto de ballena gigante y me recosté sobre su cráneo. Me senté, primero, luego me acosté sobre él. Era blanco, calcificado. Hubiera pensado que era falso, de no ser por la sinrazón que sería construir uno de ellos. Era realmente hermoso, con esa belleza constitutiva que tiene lo inútil. Con mis piernas extendidas hice surcos en la arena reseca, de atrás para adelante. El viento caprichoso soplaba ahora furioso, siempre frío. Me acosté en posición fetal, sobre el cráneo de esa ballena gigante, y recosté mi cabeza. Estaba frío. El sol calentaba, era un aliciente. Yo era sólo otro esqueleto, adolorido, roto, que se regodeaba con esos rayos calientes que atenuaban un poco la brisa continua. Tirado así estuve mucho tiempo, imposible saber cuánto.

Me levanté e intenté caminar. Las piernas cada vez respondían con menor resistencia. Entré a la casucha, caminé despacio por los pequeños cuartos, por el corredor, fui a la cocina. No había nadie. Entré al cuarto en que me desperté. Allí seguía mi pequeño equipaje, junto a mi ropa del día anterior, embarrada, tirada en el piso. Había dinero entre mis pertenencias. No tenía tabaco pero encontré marihuana. Necesitaba agua y comida. Necesitaba descansar.

El silbido del viento se coló por el resquicio de la puerta principal. Golpeaba las ventanas, azotaba las puertas al interior. Afuera se formaba un remolino de arena roja. A lo lejos se entreveían a través del cristal, borrosos, barcos pesqueros y cientos de gaviotas revoloteando en redor. El viento arreciaba ahora con más fuerza y sentí por primera vez, ya entre las sombras, frío en los huesos.

II

Buenas vecino –interrumpí dirigiéndome al que parecía el más joven de los tres hombres. Montaba unos paquetes en la camioneta.

El sol, feo, idiota, quemaba mi piel. El viento levantaba la arena que se metía por los oídos, la nariz y la boca.

–Salimos en un rato –dijo el hombre, sin amabilidad.

Caminé a tientas, trastabillante, buscando al que me había pedido tabaco. Lo encontré. Era un hombre oscuro, como todos en la región, de estatura mediana. Bordeaba los 50 años, enjuto, curtido por el sol y el salitre. Tenía un bigote abultado, muy negro, que se entremezclaba con los pelos que le salían de la nariz. Llevaba unas gafas de sol amarillas, rayadas, descoloridas en los bordes. Dos de sus dientes estaban forrados en oro; tenía varios muecos.

Me senté a su lado y encendí un cigarrillo. Le di repetidas caladas, hondas, y luego se lo pasé.

–Es yerba –dije.

Él lo recibió, inexpresivo. Estuvimos durante un largo rato, en silencio.

Él interrumpió, regresándome el cigarrillo, mientras tosía estruendoso, como si algo dentro de él se hubiera fracturado.

–Esos son mis hermanos, como ya debe suponer –dijo cuando se repuso–. Todos dicen que somos igualiticos.

Tenía la voz gangosa pero también cristalina, líquida.

–No sabría –respondí, y exhalé el humo al tiempo.

–A mí me llaman Tiroloco –dijo–. Soy el más loco de todos –concluyó con unas risas burlescas–. Por acá todos me conocen. No me meto con nadie y nadie se mete conmigo. ¿Oyó hablar usté del hijo de doña Rosa? –preguntó.

Negué con la cabeza, mientras le pasaba el cigarrillo de vuelta.

–Ese es un hijo de la gran puta –prosiguió–. Pero esa es otra historia, cualesquiera se la puede contar.

Paró de hablar. Fumó con fuerza, exhaló y volvió a toser, visiblemente afectado por el humo. Luego prosiguió.

–Nosotros vivíamos acá con la esposa de Rubén, el mayor de los tres. Ella nos cocinaba, junto con la mujer de Horacio, que murió. Ellas nos cocinaban y les parían sus hijos, pero un día se fue una y otro día se fue la otra y luego se fueron todos los demás. Usté sabe cómo son –hizo una pausa, pensativo, y continuó–. Se llevaron todo, se fueron, de un día para otro, y nos dejaron acá solos a los tres –de nuevo interrumpió, en apariencia perturbado, y cambió el tema de golpe– ¿ Usté tiene mujer?

–No –respondí con lentitud, sorprendido por su interpelación.

–En las mujeres no se puede confiar –me interrumpió de inmediato–. Mejor solo, sin nadie que joda la vida ni diga qué hacer. Se gana poco pero alcanza, y mejor va uno al pueblo y se roba una muchacha por unos días, si hay con qué. ¿O no?

Calló y soltó una carcajada. Yo no respondí nada. Fumó una vez más, hondo, y me pasó el cigarrillo.

–Ya las cosas son distintas –continuó–. Esos barcos allá, llevándose todo lo que pueden y nos dejan sin nada, nos dejan las sobras, de la orilla, los cangrejos y las almejas y una que otra langosta que se les escapa –dijo con rabia–. Pero más allá de eso no queda nada. Esos hijueputas gringos se lo llevan todo. Nunca están satisfechos. Y ahora ni siquiera vienen de paseo. ¿No será gringo usté compadre?

–No, no –respondí lento, pero excitado ante la confusión.

No podía pensar. No quería pensar y escuchar también era una tarea exigente. Distraído sentí ahora el viento ampuloso, la arena flemática, cínica, en mis ojos, mi nariz, mis labios. Sentí el sol quemando mi cuello, mis brazos, mi cara. Pronto me olvidé de todo en derredor. Tiroloco seguía hablando pero era ya sólo un murmullo, un musitar lejano que se perdía entre el sonido del viento, entre el golpe de las olas que reventaban contra las rocas a lo lejos. Ni al viento, veleidoso, escuché más. Di una fumada honda a la pata de cigarrillo que quedaba y sentí ese calor perfumado que me atravesaba la garganta, los pulmones, y me bajaba hasta el estómago. Retuve el humo cuanto pude, y exhalé. Ahora ese humo me carraspeaba el pescuezo, y esa pata me quemaba los dedos. Fumé de nuevo, con los ojos cerrados. El viento me arrebató la pequeña brasa de los dedos, y una nueva nube de arena me irritó los ojos.

Tiroloco soltó una carcajada estruendosa y me despertó. A la fuerza me situó de nuevo en su presencia. Con movimiento decidido se quitó sus lentes gastados, descoloridos, y me mostró su ojo picho, tuerto, ocioso en la cuenca del ojo. Se rio una vez más con estruendo y se puso los lentes. El oro de sus dientes reflejó ese sol amarillento de siempre.

–Ya nos vamos, móntense atrás –nos dijo Rubén desde la distancia.

El carro arrancó: Tiroloco y yo sentados en el volco , Horacio y Rubén adelante en la cabina. Íbamos respirando esa arena fría del camino que se metía en la boca, en las orejas, los labios. Bordeamos el acantilado y luego la camioneta viró a la izquierda, alejándonos de allí.

–¿ Ya le contaron de la brujería por acá? –preguntó Tiroloco y se rio de nuevo con estruendo.

El ruido del motor no facilitaba la conversación, ni el polvo de la carretera, ni el viento frío, ni el sol.

No respondí, ni lo miré.

–La gente como usté no sabe cómo son las cosas acá –dijo–. Tenga cuidado. Y tenga cuidado de las mujeres. Esas sí que saben cómo sacarle el alma a los hombres, y robáselos . ¿Ya Patricio le contó su historia?

–No –respondí medio interesado, medio molesto por el esfuerzo que implicaba seguir sus palabras.

–Es una historia larga. Lo que sí le puedo decir es que por acá la gente que sabe, la gente que sabe de eso, puede leer los pensamientos, puede jugar con la gente –hizo una pausa, tosió de nuevo, como si algo más se quebrara dentro de su garganta, y prosiguió–. Un día usté encuentra que los cigarrillos no están en ningún lado. Días después los ve al lado de su cama, por ponerle un ejemplo. O días después se los encuentra en un bolsillo del pantalón.

Volvió a toser e hizo una pausa.

–Sí, compadre, el mismo bolsillo del pantalón que usté tiene puesto desde hace días. Imagínese lo qué pueden hacer con usté mismo –concluyó.

Una nueva oleada de viento frío vino a nuestro paso. Él calló. Yo no dije nada. Con la cabeza gacha, resguardada entre las piernas, evitando la arena en la boca y los ojos, sentía cómo se quemaba mi cuello. Todo parecía detenido, la camioneta, la nube de arena; todo menos el sol.

Anduvimos media hora por un camino destapado, terroso, hasta que llegamos a un pequeño caserío a orillas de una autopista principal. Allí se detuvieron en un restaurante. Horacio se bajó. Estuvo un tiempo, imposible de calcular, y regresó sin las langostas, malacaroso .

–No vamos a tener ni pal aguardiente –dijo, y escupió al piso.

La camioneta prosiguió y se detuvo en un pequeño mercado.

–Nosotros lo esperamos –me dijo Rubén, sacando la cabeza por la ventana.

Yo fui, despacio, esquivando las punzadas en mis piernas. Era un mercado de paredes curtidas por el polvo, con las estanterías medio vacías. Vendían víveres básicos y licor. Tomé un par de galones de agua, unos enlatados, un pan tajado y algo de tabaco. Me aproximé a la caja registradora y me dispuse a pagar. Abrí mi billetera y mi dinero no estaba. Busqué bien, angustiado. Mi dinero no aparecía. Me habían robado, pensé, y en cuestión de segundos. A mi alrededor había unos niños pequeños, mal vestidos, malnutridos, ofreciéndose para cargar mi escasa compra a cambio de alguna moneda. El tendero, gordo y con sus mofletes sudorosos, serio, esperaba en silencio.

Retrocedí rabioso mirándolos a todos, a los niños, al tendero, a los otros escasos clientes.

–No tengo dinero –dije asustado–. No lo encuentro.

El hombre no respondió y me observó con detenimiento de pies a cabeza, inquieto ante mi gesto descompuesto.

–Espéreme, por favor –atiné a decir.

Salí de la tienda y ese sol obtuso me golpeó con fuerza. El efecto del cigarrillo incrementaba ciertos temores, cierta molestia de querer ordenar la realidad, cierta incapacidad de hacerlo. Ahora sentía un anticipo de taquicardia, de paranoia, de miedo puro. La autopista estaba vacía y un viento ligero pasó silbando. Mis acompañantes esperaban pacientes en la camioneta.

–No encuentro mi dinero –les dije–. ¿Pueden prestarme y les pago de regreso?

Se miraron entre sí, un poco perplejos, un poco sin entender qué ocurría.

–Busque bien, compadre –gritó Tiroloco desde el volco de la camioneta, siempre con una sonrisa, mientras se levantaba y estiraba las piernas.

Yo quise evadir su mirada, sus palabras. Regresé al almacén, renqueando, y chequeé todos mis bolsillos del pantalón. Allí estaba el dinero completo, enrollado en mi bolsillo trasero. No quería pensar.

Regresé con mis compras a la camioneta. Nadie dijo nada y sobrexcediendo mis fuerzas me monté de nuevo en la parte trasera.

De regreso al acantilado Tiroloco y yo íbamos sin cruzar palabras ni miradas. Cada uno perdía su vista en el horizonte desértico que se abría a lado y lado de la vía. El sol quemaba, infecto, intacto, y por momentos era una compensación placentera y por momentos era sólo la consecución de un mismo suplicio.

Luego de un rato sentí un golpe en el brazo. Era Tiroloco , amistoso, extendiéndome una botella de aguardiente que apenas destapaba. Tenía una sonrisa sardónica, enorme. Sus dientes de oro brillaron con especial insistencia. Finalmente consentí mirarlo a los ojos. Él se subió las gafas y me guiñó el ojo, cómplice, y sus dientes volvieron a brillar.

Me tomé un trago largo de aguardiente. Sabía horrible.

En el cielo, a lo lejos, comenzaban a formarse cúmulos de nubes rojizas, incendiadas, en medio de ese desierto rojizo y frío, en medio de esos cactus y chatarras desavenidas.

III

Sentado sobre una mecedora de fibras sintéticas, en el corredor de la casucha, estaba él. Fumaba apacible, casi indolente, con la mirada perdida en el horizonte marino.

Era el final de la tarde pero el sol atizaba la tierra inerme, sin tregua. El ambiente estaba cada vez más frío, el viento arreciaba con más furia. La arena ya era parte de los ojos, la boca, la nariz, las orejas.

–Buenas –dije.

–Buenas –respondió.

Me senté a su lado en una caneca de plástico, ayudándome con los brazos. Ninguno habló.

Tenía un aspecto cadavérico. Muy alto, muy flaco, moreno, de unos treinta años. Sus brazos y cuello estaban llenos de tatuajes: culebras, escorpiones, dragones, tribales, inscripciones en latín con letras góticas, una silueta de mujer desnuda, unas iniciales mal delineadas. Sus ojos negros, curtidos y vidriosos, se hundían entre los huesos de su cráneo, opacos e inexpresivos. Tenía surcos profundos paralelos con su nariz alargada. Llevaba el pelo rapado. Tenía un gesto de desdicha arraigada, de infelicidad que no se sabe, de resignación.

Me extendió el cigarrillo que fumaba y se lo recibí. Le di varias fumadas, procurando retener el humo para luego exhalarlo con lentitud.

–¿ De dónde viene, compa? –preguntó con voz grave, casi arrebatándome el cigarrillo.

–No sé –respondí con tranquilidad–. ¿Y usted? –intenté ser amable–. ¿Es usted Patricio?

Se rio con desgano, con cinismo, casi, y luego calló. Fumó, despacio, y volvió a fumar. Así estuvo durante un tiempo indefinible, mirando el suelo, riéndose, callando. Extendió el brazo y me pasó de nuevo el cigarrillo.

–No –respondió al final.

Volví a fumar, hondo y repetitivo. El humo me aliviaba un poco el cuerpo.

–Vengo a pasar unos días por acá, a pensar –retomó el diálogo con parsimonia–. Me echaron del trabajo y no se lo quise contar a mi familia. Necesito pensar –dijo y de nuevo me arrebato el cigarrillo.

El viento pudoroso parecía haber cesado de repente. La arena roja ya no se despegaba de la tierra.

–¿ Le gusta este lugar? –me preguntó distante.

–Sí –respondí, dudoso–. Es un poco extraño.

Él se rio con cinismo, con desgano, igual que antes, y me extendió el cigarrillo.

Fumé y tuve un acceso de tos, ronco y doloroso, y temí no poder sostenerme en pie.

Una bandada de pelícanos pasó volando sobre nosotros, trinando con rabia.

–Pues yo vengo acá seguido, cada que puedo –continuó–. Vengo cada que necesito pensar. No quiero que sepan que la cagué otra vez.

El pequeño cigarrillo en mi boca se llevaba toda mi atención. El viento se lamentaba y los pájaros azorados cruzaban el cielo de nuevo, en franca violencia. Ya ni los escuchaba, no podía atender. Recordé la cama en esa habitación oscura y sentí que estaría bien dormir un rato, unos días quizá.

Él explotó en risas y me jaló de nuevo a su presencia. Fueron unas risas sobreactuadas, aunque honestas, más apasionadas que las anteriores. Fueron las risas que ratificaron mi necesidad corporal de pararme.

Imposible pensar.

–Nos vemos luego, compa –le dije mientras me paraba, sin fuerzas, de aquella caneca de plástico. De la nada, el perro diminuto aparecía de nuevo a mi encuentro, me ladraba diabólico, cortante. No le presté atención.

Fui rumbo al esqueleto de ballena, a tropezones, y allí hice una pausa. Ahora, con la luz de final de la tarde, comenzaban a notarse los rasgos distintivos de su realidad material. Estaba gastado, tenía manchas, ranuras, abolladuras. No era meramente blanco ni lustroso. Era un esqueleto gastado por el salitre y el sol. Era un esqueleto gigante. Desde allí miré el mar, lejano, los barcos, las gaviotas, y entreví la única claridad que había logrado articular en semanas: el mar.

Caminé con lentitud, bordeando el acantilado, midiendo cada pasó. Encontré unos escalones improvisados y bajé.

Era una playa de rocas, sin arena. Era una playa de cantos rodados que en otro momento hubiera podido cargar: muy negros algunos, oscilando en tonos ocres y marrones las otros. Nada era blanco. Había bajado la marea y el agua no llegaba. Ahora estas piedras, todavía húmedas, estaban resbalosas. El mar estaba lejos, a unos cien metros, y me dirigí hacia él. Tenía un impulso decidido de agua. Llegué jadeando, con toda la dificultad acumulada del día, de la vida casi, y asimismo me senté.

Me desvestí, lento, me quité los zapatos gastados, el pantalón sucio, la chaqueta descolorida. Estaba solo, desnudo, frente al mar.

Era el final de la tarde y el cielo estaba lleno de naranjas, rojos, amarillos, azulvioletas . Al fondo, en el horizonte ilusorio, lejanos, seguían los barcos pesqueros y cientos de gaviotas revoloteando, dirigiéndose como torpedos contra el agua, una después de otra, a matar, a pescar. El viento corría con fuerza demente.

Entré al agua con cautela, con lentitud obligada. El suelo era de rocas lastimeras. Debía procurar no herirme, ni resbalarme. Las pequeñas olas que llegaban a reventar lo hacían más difícil. Por fin el agua me llegó por encima de las rodillas y me sumergí todo. Estaba helada. Estaba helado. Comencé a nadar, despacio, siempre sumergido, hacia el horizonte. Nadé y nadé. El agua ya era profunda, no lograba tocar el fondo ni intentándolo. Me sentía regenerado. Me sentía puro, vital, inútil. Nadé un poco más hacia el horizonte. En el agua lograba desplazarme sin dolor.

Decidí darme la vuelta y nadar de regreso. Con pesadumbre anticipaba los esfuerzos que me faltaban antes de llegar a la cama en aquel cuartucho desvencijado.

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