Lola Velasco. Un aguijón de luz. Madrid, Visor, 2014. 250 pp.

Lola Velasco. Un aguijón de luz . Madrid, Visor, 2014. 250 pp.

U n aguijón de luz (2014), la última obra de Lola Velasco (Madrid, 1961), es en realidad una recopilación de tres poemarios: El sueño de las piedras (Litopress, 2007), El movimiento de las flores (Huerga y Fierro, 2003), y el inédito El aliento del cazador . El volumen, editado por Visor, viene a añadir una muesca más a una carrera que se remonta a 1985, año en que algunos poemas de sus poemas aparecieron en Las diosas blancas , la antología editada en 1985 por Ramón Buenaventura para dar visibilidad a la poesía escrita por mujeres. Allí compartió páginas con autoras hoy tan reconocidas como Ana Rosetti o Blanca Andreu. Posteriormente ha publicado los poemarios La frente de la mujer oblicua (1986), La cometa o las manos sobre el papel (1992) e Intravenus (2004, en colaboración con Amalia Iglesias), así como la novela La Ondina del Manzanares (1990).

Un aguijón de luz es en realidad, como hemos dicho, tres poemarios. El sueño de las piedras , que abre el volumen, contiene sesenta y cinco poemas. Algunos más tiene El movimiento de las flores : setenta. Ochenta suman los que hay en El aliento del cazador . Todos muy breves, de no más de una decena de versos. Poco importa su número, en realidad, pues Lola Velasco no escribe poemas solos. Más bien, secuencias de ellos, como indica el crítico norteamericano Jonathan Mayhew. Series de poemas donde la vida se traduce en imágenes minúsculas. En El sueño de las piedras , el hilo conductor es la agonía y la muerte de la madre, que fue una día una diosa y ahora no es más que “una montaña / derretida / corriendo / entre guijarros.” No hay nada que articule claramente, en cambio, El movimiento de las flores , más allá de una delicada introspección en las emociones cotidianas, con todas sus tensiones y complejidades: “Sin conseguir comprender nunca, / sentimos el peso de los impulsos, / pero habitamos / en la piel de un muerto.” Unas emociones en las que busca profundizar El aliento del cazador . En su inocencia última, la que nos conecta con “la esencia / cándida / y salvaje / de la naturaleza.”

Los poemas que Lola Velasco nos ofrece en Un aguijón de luz son, más que poemas, bocados de aire, como bien dice Luis Muñoz en la introducción al volumen. Su extrema sobriedad verbal, su sencillez, no es el resultado de una poda a machetazos. Tampoco de una operación de orfebrería para producir joyas que brillen con luz muerta. Más bien, uno diría, es una cuidadosa destilación que permite la vida concentrada en cada texto:

El lenguaje construye tumbas

donde quedarse.

Hombro con hombro,

también tú y yo nos perderemos

en lo infinitamente pequeño.

No busques

la verdadera identidad de las cosas

en las palabras,

sino en los labios

que las pronuncian.

La verdadera identidad de las cosas, la esencia de la vida, parece decirnos Velasco, reside en sus íntimos detalles cotidianos, que son a la vez fundamentales. En torno a su delicada exploración se levanta Un aguijón de luz .