N o puedo más, me canso de subir estas condenadas escaleras que no acaban nunca, Gaby: me canso, le reclamaba asmáticamente, su cara sudada y varios mechones rubios pegados a las mejillas rechonchas y sonrosadas que desde siempre habían infantilizado su rostro. Descansemos un rato, descansemos en este banco, dijo, porque si no, te juro que moriré en el intento, pensó, pero no lo dijo así, no le dijo: ¿sabes? No debíamos haber venido, este hombre siempre se empeña en llevarme a sitios a los que no quiero ir, esto es lo más absurdo que se le ha ocurrido nunca, una cuesta tras otra, estas escaleras…, quizás tenía que haberle avisado de que no iba a ser capaz, que esto sería demasiado, sentía como si la sangre se le coagulara en las venas, se sentía débil, pesada. Pero no le dijo eso, sino: Bebamos un poco de agua antes de seguir, ¿sí?; mira, sentémonos aquí, en el banco, y sigamos dentro de un rato, cuando el sol no sea tan fuerte, ¿quieres?, anda: sentémonos; y ella se sentaba sin esperar la respuesta, con la tráquea resentida por el exceso, intentaba tragar un sorbo de agua, demasiado fría, y se atragantaba, la botella se le resbaló entonces de las manos y cayó ante la mirada pasmada de su esposo, que no entendía qué le pasaba, nunca la había visto tan torpe, tan… ¿envejecida?, sí, eso pensó: está vieja, pero no quiso creerlo e intentó distraerse con otro pensamiento. Ella se masajeaba las piernas amoratadas por culpa de la enfermedad que desde hacía meses la consumía, pero no le había dicho a su marido: estoy enferma, creo que me muero, y él no entendía por qué esa repentina flojera, para qué pararse ahora, cuando faltaba tan poco para llegar al mirador, y convencido de que ella enseguida se uniría a él, avanzó animado:
Vamos, Carol, un poco más, querida, ya casi llegamos y verás qué hermoso todo desde arriba, le decía alejándose, porque él estaba convencido de que ella podía subir aquellos escalones, aquella cuesta, sin problemas. Pues claro que podía: ¿acaso no era ella quien se burlaba de su lentitud cuando caminaban, él siempre con su enorme barriga como lastre? Sin embargo ahora era ella quien se resentía: vamos, no seas perezosa, ya descansaremos esta noche en el hotel, verás qué vistas, toda la ciudad, y el castillo, ¿no tenías tantas ganas de ver el castillo?, ya verás, éste es el mejor sitio para hacerle una foto, mañana si quieres intentamos de nuevo sacar entradas, llegaremos un poco antes, pero ahora sigamos, ya queda poco, la animaba, y ella lo miraba con las cejas encorvadas, apretadas sobre los párpados, sintiendo un odio agrio acumulándose en la glotis, pero inmediatamente se arrepentía, no podía odiar a su marido, y obligaba al oxígeno a entrar en su cuerpo, lo forzaba a atravesar esa barrera que se había formado en alguna parte de sus pulmones, exhalaba con temor a perder el control de nuevo, como le había ocurrido apenas dos días antes de aquella subida, mientras esperaba para pagar las frutas en el mercado de aquella ciudad andaluza, la primera de la ruta que habían trazado para celebrar la jubilación tan esperada, sobre todo por él, hastiado de la monotonía de las sábanas y toallas de aquel viejo hotel, hastiado de los clientes presuntuosos que no entendían que el servicio de habitaciones no significa tener a un esclavo a su disposición, hastiado de los cambios de dirección del hotel, de los managers que intentaban confirmar su autoridad exigiéndole un respeto que, por veteranía, él merecía más que todos los empleados juntos. Y ella lo entendía, entendía su deseo de retirarse al sur de España del que tanto le habían hablado, lo entendía porque había visto cómo su marido se había ido apagando año tras año, consumido por la impotencia, cada tarde, cada noche, antes de dormirse. Ella en cambio nunca se hubiera ido. Le gustaba Manchester, le gustaba su casa. Los niños de la guardería la querían como a una madre, pronto como una abuela, y cayó al suelo: esperaba para pagar, pensaba en qué habría sido del pequeño Tom, y de Sam, y de Jack…, cayó y con ella, o sobre ella, las naranjas y las manzanas que había ido escogiendo minuciosamente, porque le gustaba examinar la fruta y comprobar que no tenían golpes, ni gusanos (una vez mordió la cabeza de un gusano y jamás podrá olvidar aquella sensación tan horrible, la sensación de haber decapitado a aquel ser viscoso). El dinero, el dinero que tenía preparado en la mano, las monedas que por fin había conseguido reconocer como propias después de varias semanas de confusión, también cayeron, ella, las frutas y el dinero, todo cayó estrepitosamente en medio de los pies de personas desconocidas que también esperaban en la fila, personas que, al parecer, se separaron primero exclamando asustadas, como si nunca hubieran visto a una persona desvanecerse, para acercarse inmediatamente después, quizás demasiado, o eso le pareció a ella cuando abrió los ojos y vio tantas caras sobre su cabeza, cada vez más adolorida. Las caras le preguntaron si estaba bien, si quería agua, o azúcar (azúcar, repetían algunos, azúcar es lo mejor para estos casos, seguro que le ha dado una bajada de azúcar), o vinagre (eso es, vinagre, repetía el coro, el vinagre la reanimará, que alguien le ponga vinagre debajo de la nariz, que lo huela), o alcohol, No, no, soy bien, había balbuceado, y se levantó agarrándose a alguna de las manos que asomaban entre la masa, agradecida por la ayuda, levantándose aún con la resaca de la inconsciencia y tratando de recuperar el equilibrio desaparecido súbitamente tras el fuerte pitido en el oído. Aquella fue la primera señal, pero no le dijo nada a él cuando le preguntó por los rasguños en las manos y la ropa manchada: he resbalado, le había mentido, porque no quería preocuparlo, resbalé en el mercado, al pasar por la zona de las pescaderías, ya sabes que siempre hay agua en esas zonas y soy una patosa, y él se había reído meneando la cabeza: siempre te pasa igual, Carol, no tienes cuidado y un día te vas a hacer daño de verdad, y ella se rió también, Tienes razón, le dijo, pero no le contó que aquélla había sido una señal, la primera, de que la enfermedad había comenzado a enraizarse en su pecho.
Sentada en el banco veía cómo él se iba distanciando, inhalaba y sentía el aire arañándole los bronquios, inhalaba y exhalaba, con la boca abierta, como un pez moribundo, intentando que la mayor cantidad posible de oxígeno le llegara al cerebro. Se levantó y sintió un pinchazo en alguna parte de su cuerpo que no pudo localizar y se encorvó bruscamente, volvió a sentarse, temía que los dolores fueran cada vez más intensos; aun así, tragó saliva y reanudó la marcha tras él, que había desaparecido en una de las curvas del camino zigzagueante; anduvo lentamente, consciente de que no podía, de que quizás la bilis en cualquier momento…; hizo el esfuerzo, decidió avanzar despacio, con las manos apoyadas en la cintura, ahuecando, o eso creía estar haciendo, el tórax, dejando espacio para que los pulmones se recuperaran, Está bien, voy contigo, Gaby, le gritó para que se detuviera, voy contigo, pero dame la mano, le pidió, extendiéndosela mientras trataba de acercarse,
¿la mano?, protestó él con un tono infantil, deteniéndose y mirando hacia atrás. Carol, hace mucho calor, estoy sudando, si quieres caminemos despacio, te espero para que caminemos juntos, anda, vamos, y ella se deshacía por dentro porque lo que quería en ese momento, realmente, era darle la mano para que él se hiciera cargo de su cuerpo, necesitaba dejarse, que fuera otra persona quien se responsabilizara, por una vez, de sus movimientos, la sangre cada vez más densa, pero no dijo nada y siguió caminando.
No, no queda mucho, ya casi están, les confirmaban todos a los que preguntaban, pero ella desconfiaba porque, pensaba, sonríen demasiado, quizás se burlan de mi cansancio, nunca terminaremos, será como en esas pesadillas en las que uno nunca llega pese a que camina y camina y camina, y los pies cada vez más pesados. Ella al menos no llegaría, de eso estaba cada vez más segura. Sentía el relieve del asfalto bajo sus pies hinchados, las piedras incrustadas en la carretera se le clavaban y le quemaban las plantas, la cabeza también le ardía porque habían olvidado los sombreros, aquellos sombreros de esparto que habían comprado en Torremolinos dos años antes, el verano en que decidieron que España sería el destino, cuando ella aún no sabía nada de la enfermedad, cuando planeaban una nueva vida, libres de la tiranía del trabajo. Ignoraban, entonces, que el nenúfar violeta extendía ya sus raíces, las podía ver, las raíces penetrando en los dorsos de sus manos, en las muñecas, en los antebrazos, las raíces y las ramas iban invadiendo su cuerpo cada vez más flácido y opaco. Los sombreros para el sol, los hemos olvidado en casa, colgados del perchero donde no salvarán a nadie de una insolación, lamentó, y por más que avanzara, la cuesta seguía pareciéndole infinita, se extendía ante ellos formando unos pasadizos estrechos con las blanquísimas casas que caracterizaban aquel barrio. El Monte Sacro le llamaban, porque desde allí los dioses llamaban a los mortales para repartirles las tareas que obedientemente debían cumplir antes de que acabara el día, o eso les habían contado,
Vamos, ya queda poco, muy poco, la animaba él, de nuevo un poco más adelantado, y la mujer respiraba con fuerza y subía, la sangre pesándole en algún lugar de aquel cuerpo que, temía, pronto dejaría de funcionar, pero no decía nada y sonreía cada vez que él la miraba para comprobar que se acercaba. Quizás si le dijera que no puedo, pensó ella, quizás me entendería y regresaríamos a casa hasta que el nenúfar me devore completamente, al menos estaría sentada, o tumbada, no sería tan agonizante como lo será si sigo estrujando mis pulmones de esta forma, pero sí, quizás debería decirle, pensó, o también podría aminorar un poco el paso y tratar de recuperar el aliento para poder llegar hasta el final. Puede que tenga razón y realmente ya quede poco, muy poco, pensaba, y volvía a respirar sibilantemente, abriendo la boca con disimulo, dejando que sus fosas nasales se expandieran y…
¡Ya estamos!, celebró él a unos pocos metros de distancia, corre, ven, es precioso, mira el castillo, es verdad lo que dicen: es impresionante, y ella con respiración entrecortada comprobó que efectivamente habían llegado, pero no corrió sino que fue acercándose lentamente, mirando hacia todos lados, así que éste es el famoso mirador de San Nicolás, se dijo, y se sorprendió de ver a tanta gente: grupos de jóvenes bebían sentados en los poyetes, todos con una respiración perfectamente acompasada, envidió ella. Se aproximó a su marido, que la esperaba en uno de los bancos, junto a un grupo de personas que acompañaban con palmas las bulerías del niño de la guitarra. Se aproximó a él recomponiendo su gesto de cansancio, la boca tan seca como si hubiera masticado un puñado de sal. Cuando estuvo cerca, él la rodeó con uno de sus brazos. Respiró profundamente. Sonreían y se apretaban el uno contra el otro emocionados, observando la presuntuosidad de aquel palacio, los siglos de historia y leyenda convertidos en reclamo turístico, se burlaban. Lo hemos conseguido, ¿ves?, le dijo, y le agarró orgulloso la mano justo cuando el pitido en el interior, la alarma, le avisó de nuevo.