S u amigo Carlos lo llama para invitarlo a pasear durante semana santa en compañía de una extranjera hacia el sur del país, a un municipio llamado Tierradentro , famoso por sus antiguas tumbas subterráneas. No está muy seguro de querer ir. Hace unos días en el noticiero vio que grupos paramilitares asesinaron a cinco indígenas de una manera brutal por la zona. En la pantalla del televisor todavía podía verse el rastro de su sangre sobre el piso de la escuela del pueblo. Según testigos masacraron y descuartizaron a cinco indígenas campesinos frente a sus familias por presuntas colaboraciones con la guerrilla. Por otro lado no tiene mucho más que hacer durante semana santa. Su amigo insiste, dice además que la extranjera, rusa radicada en Nueva York, es guapa, acaba de divorciarse, y le pide que no lo deje solo con ella. Finalmente acepta, piensa que sería peor quedarse cinco días mirando el techo.
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Lo recogen en su casa en un Renault color oliva a las cinco de la madrugada. Todavía no amanece y su amigo pita desde la calle. La extranjera se llama Irina, es una mujer muy blanca con inmensos ojos verdes y pestañas larguísimas. Lo saluda con un beso más bien tímido y en inglés le pide que tome el asiento delantero, dice que prefiere irse atrás para dormir.
Foto de Pedro Samper Murillo.
Irina es geóloga y se especializa en el estudio de fósiles, en particular de « amonites ». Él quiere saber por qué desaparecieron. Un meteorito de 200 kilómetros de diámetro, asegura ella, golpeó la tierra por la península de Yucatán elevando una nube de polvo que impidió el paso del sol durante años. Él pregunta si podríamos hoy en día sobrevivir un desastre similar. Ella asegura que no, la cantidad de energía y radiación producida cuando una masa así de grande entra en la atmósfera sería insoportable para todas las especies vivas. El sol alumbra ahora en el horizonte encandelillando sus ojos y piensa en la bola de fuego que hace unas semanas vio descender por los cielos de Rusia en algunos videos que circulaban por Internet. Un meteorito avanzaba por el firmamento dejando una estela ancha de humo, se acercaba a la tierra produciendo un destello enceguecedor y se estrellaba enseguida con la superficie ocasionando una explosión colosal. Haber presenciado el fenómeno en carne propia, asegura él, debió ser un privilegio único. Piensa en el fragor del rayo de Zeus manifestando su furia contra los mortales, lo piensa pero no lo dice, no sabría expresarlo bien en inglés. « Not so big », dice ella , « it was the size of a baseball. Can you imagine a meteorite of 200 kilometers in diameter ? ». En su mente puede ver una bola de fuego atravesando el firmamento, mares negros bajo un cielo cinéreo inundado de truenos y relámpagos, y reptiles con ojos tristes agonizando entre las tinieblas en las laderas de las montañas.
Descienden por la carretera y de un momento a otro nota que Irina mira por la ventana y llora en silencio. Se lo dice a Carlos gesticulando, sin palabras, y entonces Carlos detiene el carro junto a un tenderete de mangostinos a la orilla de la carretera. Un hombre con la cara surcada por cicatrices, el labio superior partido en dos, les ofrece una bolsa grande por veinte mil pesos. Carlos paga el paquete, Irina abre maravillada el caparazón violeta y saborea la pulpa. « What’s the name of the fruit ? », pregunta. « Mangostino », responden él y Carlos, casi en coro. « ¿ Mangostina ?», vuelve a preguntar ella. No, « Mangostin ooo » , dice él. « Mangostin … ooo », corrige ella y engulle la pulpa blanca de la fruta, el rastro de sus lágrimas secas aún en su mejilla.
Entran a las interminables rectas del Tolima. El sol golpea el pavimento produciendo espejismos a lo lejos. Irina se tiende dormida sobre el asiento trasero del auto. Los ojos de Carlos son también verdes y grandes. Se conocieron hace unos meses y ocasionalmente se reúnen para jugar ajedrez, hacer música, hablar de filosofía india o salir a comer en algún restaurante; además de músico es profesor de yoga. Conoció a la extranjera en Nueva York porque ella asistía a sus clases. Ambos miran su pecho y su cuello, los dos senos como pequeñas montañas de arena mientras duerme bajo el sol que entra por la ventana: su amigo por el retrovisor, y él volteando la cabeza, fingiendo que busca algo en el piso del asiento trasero del auto, un mangostino , quizás, o su saco aunque haga calor.
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Se encuentran con Cayo, su guía, en la plaza de La Plata. Su rostro de facciones indias está adornado por un bigote incipiente. Se sube al asiento delantero del carro y los conduce por entre las montañas, siguiendo el mismo tramo de un río de aguas turbias hacia Tierradentro . Los aloja en una posada que pertenece a su abuelo. La casa tiene un jardín interior sembrado con variedad de flores y arbustos y los cuartos son sencillos, con una sola ventana de tamaño pequeño dando hacia la calle. Sentada en un escalón al fondo del jardín, más allá de las flores, se encuentra una anciana indígena. Cayo la presenta como Julia y ella se levanta, se acerca cojeando, extiende su mano contrahecha (como mano tiene un solo pulgar con la uña gruesa y larga) y musita un saludo incomprensible. Espuma se acumula y desciende por las comisuras de sus labios. Él la saluda con amabilidad, esforzándose por esconder su impresión, y ve en los ojos negros de la mujer un remolino de tristeza. Cayo explica que los indígenas la abandonaron y su abuelo, mestizo como él, la adoptó para que ayudara en el jardín, en las siembras, en los oficios de la casa. Cuando se alejan él vuelve la mirada y la ve, inmóvil, sonriendo, jorobada y descalza.
Se instalan él y su amigo en un cuarto y la extranjera en otro y en la tarde suben con Cayo a la población de San Andrés, un par de kilómetros siguiendo por la carretera más allá del río. En la plaza central hay una iglesia blanca con techo grueso de paja. Caminan hacia el centro del templo y Cayo entona, con voz de falsete, un sonido largo parecido al graznido de un ave selvática. El eco rebota y se pierde entre los muros. Al salir Cayo explica que la iglesia fue construida en el siglo XVI, en la época de la catequesis española. «En este piso», dice señalando un piso de piedras redondas, «los españoles cortaron las cabezas de los indios, frente al público, para hacerles entender cuál era su dios». Puede ver las cabezas con los ojos helados y el cabello revuelto rodando sobre las piedras cubiertas por pozos de sangre que se extienden como hilos hacia las orillas.
Cuando atardece se acuesta en su cama y lee el libro Palomar de Ítalo Calvino. Palomar, un sexagenario neurótico, contempla la luna sobre los cielos del mar de Italia, contempla las constelaciones sin comprender en realidad nada al respecto; contempla, ocasionalmente, los planetas a través de un telescopio, Júpiter inmenso y Saturno bellísimo, con sus anillos hechos de trozos de hielo separados por abismos. Sale al jardín interno de la casa y encuentra a Cayo e Irina sentados en silencio admirando la luna. El disco luminoso flota sobre el cielo negro, sobre el aire inmóvil tiñendo las montañas con su luz. De repente baja la mirada y entre las sombras, desde un rincón de la casa, la mirada de Julia lo sorprende como un viento frío. Sonríe y su mano contrahecha reposa sobre su pecho y su vestido blanco.
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Se alistan para caminar por las montañas que surcan el valle y hacia las famosas tumbas subterráneas. Mientras esperan a Cayo en la entrada de la posada, Irina le pide que unte bloqueador solar en su espalda. Cayo llega con una mochila de cabuya terciada al hombro y, tras saludarlos, de la mochila saca una botella plástica de gaseosa. Abre la tapa de rosca, sirve un trago en la tapa y lo bota a la tierra: «para los muertos», dice. Bebe y sacude su cabeza de un lado a otro. « Chirrinchi », dice ofreciéndoles un trago a cada uno. El líquido es ácido y penetrante. Cayo explica que los indígenas destilan el aguardiente de caña para sacar el licor. «Para la fuerza», dice.
Caminan en fila por un sendero escarpado hacia la cima de una montaña y los abrazan oleadas de aire tibio. Ve el cabello de Irina, quien camina frente a él, batirse como una palmera entre el viento y más abajo el cuello empapado en sudor. Sobre el cielo azul, encima del verde de la montaña, una bandada de gallinazos vuelan en círculos. Podría ser que el camino condujera al cielo y que las aves aguardaran en la cima para lanzarse sobre ellos como pterodáctilos hambrientos; surcan el cielo silenciosamente y sus alas negras extendidas lo hacen pensar en la muerte. Caminan en silencio y al llegar a la cima descansan bajo un techo, junto a una tumba cerrada por una reja metálica.Cayo saca su botella, bebe un trago de chirrinchi y les ofrece. Carlos bebe pero él e Irina no lo hacen. Luego Cayo entona su graznido de ave selvática y el eco rebota entre las montañas.
Al bajar de la montaña se detienen para bañarse en un río. Irina va detrás de un árbol y se pone un vestido de baño, ellos se bañan en calzoncillos. Cayo entra bajo una cascada que cae de la montaña y de nuevo entona su canto atávico, aunque esta vez no resuena entre el valle. Se pierde como un grito sordo opacado entre las rocas por el estruendo del agua. Luego entra su amigo, quien también emite gruñidos y gesticula bajo el agua fría; luego entra él, en completo silencio, y luego la extranjera, quien apenas gime. A ella la fuerza de las cascadas le desplaza el vestido de baño y sin que lo note uno de sus pezones se desliza por el borde de su sostén azul. Él siente un corrientazo en los genitales. Voltea la mirada: Cayo y Carlos miran a Irina semidesnuda, sus pupilas ensanchadas como dos agujeros negros. Se sientan luego bajo el sol a comer mangostinos que Irina traía en su maleta. « Mangostin ooo s », dice, cuando les ofrece una parte de la fruta abierta.
Las tumbas están cerradas por puertas de rejas metálicas. Un guardia abre el candado de la puerta y descienden cuidadosamente por una escalera de barro. Cayo enciende una linterna. Sobre las paredes hay dibujos de rostros geométricos en tintas negras, rojas y blancas. Más abajo hay cántaros con restos de huesos corroídos por la humedad y el tiempo: se adivinan la cabeza de algún fémur, un cráneo de tamaño pequeño, dedos y pies colapsados. Antes de conducirlos por un pasadizo estrecho, en el que se adentran con algo de resistencia, Cayo entona su canto y esta vez, más que en cualquier otro lugar, el sonido resuena produciendo un estremecimiento que sube por su columna. Los cuatro escuchan pasmados hasta que el grito se pierde en lo profundo de la tumba y entonces él se acerca por detrás a la extranjera, lo suficiente para que su aliento roce el cuello de ella. La respiración de ambos aumenta. Cayo los conduce hacia un pasadizo al nivel del piso al que ninguno de los tres parece querer entrar. Cayo insiste. Tienen que gatear y arrastrarse por la tierra fría y húmeda. En medio del camino la linterna falla. «Mierda», dice Cayo, tratando de encenderla repetidas veces. En vano la golpea contra la arena y vuelve a intentarlo. Avanzan sin ver el menor rastro de luz, como si recorrieran las cavidades de una concha de caracol oculta en la profundidad del mar, a la deriva de un camino que bien podría conducir al centro de la tierra y piensa en los gallinazos volando sobre el cielo azul.
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De vuelta en la posada Irina y Carlos van a bañarse al río. Él se queda y lee Palomar . Palomar contempla a un gecko que se posa en el verano sobre una marquesina de su apartamento en Roma. En las noches el reptil se sitúa inmóvil cerca de una lámpara que ilumina el tejado y engulle insectos desprevenidos. Abandona el libro y sale de la posada. Se deja guiar por el rumor del río. A lo lejos y entre el ramaje ve a Carlos y a Irina sentados en una roca. Sus cuerpos brillan por el agua, él la abraza por la espalda y se besan. Decide volver a la posada. En el camino, detrás de una cerca, ve a Julia caminando sobre el prado. Con su brazo sano abraza el brazo del muñón, se mece de un lado a otro mientras tararea una canción. Por mirarla y porque quizás camina más rápido de lo usual una de sus sandalias se estrella con una roca y cae, la mejilla sobre un charco. Se revisa el pie, el golpe le ha levantado la uña del dedo pulgar. Sangra y maldice.
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Atardece y toma su cámara para ir a dar una vuelta por las tumbas. Hay algunas tumbas cercanas, a no más de quince minutos caminando. La luna, apenas visible, se asoma por la esquina del cielo que a su vez cambia de azul a verde, a malva, y otra vez a un verde intenso y plateado como el de la abeja que circundaba las flores del jardín. Los colores reverberan en la arena gris del camino bajo sus pies mientras el fragor de las chicharras y el bosque tropical se multiplican y se elevan por encima de las montañas. Las tumbas están solas y abiertas, protegidas por una cinta plástica amarilla que dice «peligro». Se asegura de que nadie lo esté viendo y atraviesa la cinta. Se acerca a una tumba. En el fondo, a unos cuatro metros de profundidad, hay agua empozada. Aunque el olor es nauseabundo las formas de las rocas y su propio reflejo en el agua, con el cielo de fondo, son interesantes. Saca su cámara, se acerca al borde arenoso, enfoca las formas, dispara el obturador una vez, cambia de posición, dispara una segunda vez y al reacomodarse resbala y cae (aunque no se ve a sí mismo, siente que cae como en cámara muy lenta, o quizás que cae más de una vez) hacia el fondo del pozo. Sus pies no alcanzan la tierra firme y flota entre lama y lodo. La cámara se ha perdido en lo negro del agua y trata de salir pero no puede: al extender las manos para sujetarse de alguna roca sus dedos atrapan ligeramente un borde, pero al hacer fuerza para subir el borde se descascara, sus uñas se clavan dolorosamente en la tierra y vuelve a flotar entre el asqueroso légamo. Insectos sobrevuelan cerca de sus oídos, cerca de sus ojos. Suena un estruendo y el polvo de las paredes se desmorona sobre la superficie del agua como si un gigante diera un paso cercano sacudiendo la tierra. La poca luz rosada que entra por la boca de la tumba está a punto de perderse consumida por la noche y el cielo tiene varios colores irisados. El estruendo de la tierra se repite y lo siguen lamentos lejanos de mujeres quejándose desde lo más hondo de sus entrañas en un idioma prehistórico. El lamento se mezcla con el zumbido de los insectos mientras el borde arenoso del boquete en la tierra se desgaja y rocas y arena comienzan a caer en el agua y sobre su cabeza. Grita: «auxilio». En vano. «Por favor». Nadie responde. Busca el fondo del pozo para impulsarse desde ahí. Se sumerge, se empuja con fuerza, pero vuelve a caer y su cara y su pelo están cubiertos de fango (de fango o de un caldo espeso de cadáveres).
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Despierta en la habitación. La luz de la mañana apenas se cuela por las rendijas de la ventana y está empapado en sudor. Voladores estallan en el cielo y a lo lejos suena la música de una papayera . Abre la ventana y ve que por la carretera se acerca una procesión. La luz de la mañana es tenue y en la distancia un grupo de niños vestidos de blanco caminan sosteniendo ramos de palma por encima de sus cabezas. La celebración podría bien ser un funeral, piensa, su propio funeral, incluso, la ceremonia por la muerte que, en cierto modo, acaba de vivir.
Entrada la mañana Cayo les da instrucciones de cómo llegar a un sitio conocido como La Pirámide, pero él se queda porque va a recibir a otros turistas extranjeros. La pirámide es una colina cuya cima es una gran roca triangular. Subiendo el camino se cruzan con una casa campesina. Tres niños juegan en el prado y algunas gallinas picotean el piso buscando gusanos o semillas. Desde la cima puede apreciarse el valle en todo su esplendor y el viento sopla cálido y refrescante. Se sientan a meditar desde diferentes lugares de la roca; meditar es un decir, porque él en realidad no puede dejar de pensar: piensa en Julia con su garra sempiterna sonriendo tristemente, en el pasadizo oscuro en la tumba, en Irina y Carlos besándose en el río.
Luego de unos minutos se levanta incómodo y ve a Carlos, sereno, a unos metros, y a Irina llorando en silencio. Se aleja caminando hacia la casa campesina y minutos después llega Irina. Le pregunta si está bien y ella responde que sí. Le pregunta por qué lloraba y los ojos de ella se enrojecen, su aliento se corta, no puede hablar bien, lo indica batiendo su mano como un abanico frente a su rostro. Se sientan en el prado a ver a los niños y a las gallinas. Él mira a través del lente de la cámara: los ojos fríos de las gallinas mientras picotean buscando semillas parecen ellos mismos semillas insensibles, como si jamás hubieran conocido la calma. « I’m getting divorced », dice Irina. « What ? » , dice él sin entender . « I’m getting divorced » repite ella . Ahora entiende. « I’m sorry », dice, « it must be painfull », y le pregunta si quiere hablar sobre ello. Su marido la está dejando por otra mujer. Se conocieron en Nueva York, llevan seis años casados, y ahora él ha decidido dejarla por otra mujer más joven. Se separaron hace dos meses y eso justifica, en parte, que haya venido a dar una vuelta por Suramérica sin otro pretexto más que alejarse de la fría y bulliciosa Nueva York.
Carlos baja de la cima y se acerca a jugar con los niños quienes se entretienen con un balón rosado. Irina le pregunta si tiene novia. Responde que no, hace poco se enamoró de una mujer que lo dejó y ahora está concentrado en una novela que escribe. Segundos después piensa que su explicación sonó como si la novela sustituyera a la mujer. Recuerda una tarde lluviosa hablando frente a una chimenea, ella evadiendo sus preguntas con los ojos puestos vagamente en el fuego mientras en el fondo sonaba la música abismal de hombres afganos invocando con su voz a algún espíritu desértico. También recuerda una noche en un teatro viendo una obra de danza donde una bailarina hermosa, con piernas perfectas, era violada en la nieve. Esa misma noche se fueron a su casa y ella le dijo que quería comérselo a besos. Hicieron el amor pero durante los días que siguieron ella desapareció. Días o quizás semanas después de que le escribió y la llamó desesperadamente ella reapareció y una tarde, frente a la chimenea de su casa, se negó a darle explicaciones, mencionó un hospital psiquiátrico, unas pastillas, un amor del pasado, pero no precisó detalles, todo quedó en su mente como una bruma espesa.
Observan a su amigo jugar con los niños, hacer de arquero de fútbol y él busca una foto con su cámara pero lo que ve en el visor es su propio rostro desfigurado quebrándose y cayendo hecho pedazos.
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En la noche la papayera vuelve a sonar y Cayo los invita a tomar unos tragos de cirrinchi . Salen de la posada y Cayo los presenta con su abuelo, otros primos y tíos que conversan sentados en sillas. Julia reposa en una de las columnas de la casa, alejada y sonriente. Cayo explica que su abuelo tuvo sesenta y ocho hijos. Dieciocho de ellos con su esposa y cincuenta con otras mujeres. El viejo sonríe plácidamente, las manos descansando sobre su barriga forrada por la camisa, cuyos botones parece que fueran a reventarse. «¿ Cuál es el secreto, abuelo?», pregunta Cayo y les ofrece un trago de chirrinchi . Uno por uno beben , también el abuelo, sin responder a la pregunta. Desde ahí le brinda a Julia: «¡ Julia! ¡Para los muertos!», dice, y ella se acerca cojeando, entumida, los ojos radiantes, toma la copa, echa el líquido en su boca y se esfuerza por escupirlo hacia arriba, pero el trago se riega por su barbilla, por su cuello y sonríe con su boca desdentada. «Julia, mándeme un beso», dice Cayo, y ella responde con un beso. Todos los presentes se burlan. Él no, siente ganas de llorar. «¡ Vaya y se baña!», le ordena Cayo a Julia y ella obedece perdiéndose por la puerta de la posada.
Cuando Julia se aleja Cayo habla de los indígenas. Dice que tienen conflictos por la tierra con los mestizos, que su ley es distinta. Solucionan las cosas de maneras anticuadas. El fin de semana pasado dos de ellos pelearon por una mujer. Lucharon con machetes, uno de ellos tajó el cráneo del otro y se escapó con su amante. Cuando Cayo era más joven se emborrachó con sus amigos y robaron una gallina. Les ofrece otra ronda de chirrinchi . Los indígenas los castigaron con cinco días de calabozo, azotándolos en público diecisiete veces en las pantorrillas. Sus pantorrillas sangraron y decidió irse a vivir a La Plata, lejos de los indígenas. «Son una raza jodida», dice. En la época de los españoles muchos de ellos se hacían enterrar vivos mordiendo dos trenzas que tejían en su pelo. Otros saltaron por un precipicio a algunos kilómetros de distancia. Varios miles, hombres y mujeres con sus niños, saltaron uno por uno al vacío. Hoy en día luchan por la tierra con los mestizos, quieren enseñar sus costumbres en las escuelas, pero son unos pocos los que se enriquecen con las contribuciones del gobierno. Se los puede ver a veces, a dos o tres, andando en sus camionetas de lujo, con los vidrios oscuros y pistolas en la cintura, levantando el polvo de las carreteras a toda velocidad o recorriendo con gafas oscuras las calles del pueblo.
Julia vuelve y Cayo interrumpe su discurso: « cush besh , Julia», le dice. Él pregunta qué quieren decir esas palabras. « Besh es deme y cush es vagina. Deme vagina», dice Cayo y se burla de Julia, quien se acerca algo tímida. «No, Julia, ahorita no», dice Cayo, indicándole con la mano que se aparte. Ella se sienta en un rincón de las escaleras de la posada y sus ojos tristes tiemblan como un presagio (de solo verlos podría intuirse con mucha certeza que el resto de la noche es un sumirse lentamente en el caos o la destrucción).
Unos hombres ponen vallenatos en los parlantes de una camioneta estacionada en la carretera. Beben y se carcajean rodeados de mujeres con vestidos cortos o pantalones apretados, los traseros y los senos forrados. Carlos se aleja con uno de los hermanos de Cayo, quien le habla de (y quizás le ofrece) hongos alucinógenos y él, en cambio, pide a Cayo una botella de chirrinchi y le entrega un billete. Ve a Julia mirando desde una esquina. Se acerca y la invita a bailar. Ella acepta con una sonrisa. Siente un olor de tierra y humo, siente que su cuerpo es un manojo de hierba entre sus brazos, siente la piel seca de la mano que aprieta con su mano y el brazo que se posa sobre su hombro como una mariposa mientras bailan a destiempo. Se escuchan los gritos de los hombres al subir a bailar sobre el techo y el platón de la camioneta y Cayo vuelve con la botella de chirrinchi y otra de sabajón de feijoa . Bailan en silencio y al terminar él le agradece a Julia, ella le aprieta la mano con ambas manos y se aleja. Al cabo de unos minutos están bailando y bebiendo desaforados. Se acaban el chirrinchi y siguen con el sabajón de feijoa : cuando lo bebe el líquido cremoso se queda pegado a su garganta. Julia mira desde un rincón.
Baila con la extranjera y conforme la música avanza se acercan cada vez más y puede sentir sus pezones erguidos frotando ocasionalmente su pecho, el sudor que empieza a mojar la camisa alrededor de su cintura, su aroma a perfume floral, algo acre por el sudor. La aprieta de la cintura y sus piernas casi se entrelazan. Le pregunta al oído (él o una bestia indómita que comienza a aflorar por sus poros mostrando sus dientes) si le gusta bailar y ella responde que sí. Ella pregunta por la novela que escribe. Quiere saber de qué se trata. Él no está seguro. « ¿ Is it a love story ?» pregunta ella. Él responde que para él la literatura siempre habla de amor. También habla de la soledad, pero incluso cuando habla de la soledad está hablando de amor.
Entran al cuarto en la posada. La luz está apagada y la puerta queda ligeramente entornada. Se tienden en la cama y se tocan desaforadamente. Afuera se escucha la risa de Carlos acercándose por los pasillos, sus pasos aproximándose a la habitación. Carlos abre la puerta: el contorno de su silueta inmóvil se ve bajo el marco de la puerta mientras pregunta: «¿ Irina?… ¿Irina?» y busca el interruptor de la luz en la pared. La luz se enciende, los ojos verdes de su amigo parecen llamear. La luz se apaga. « Come here , Carlos, come », dice Irina. Tras unos segundos que se dilatan como un abismo, Carlos se acerca a la cama. El cuarto es oscuro, húmedo y caliente, afuera aún suena la música de las camionetas, el estallido de algunos voladores y las risas estrepitosas de los hombres. Saborean sus pieles impregnadas por la sal del sudor, el olor crudo de sus alientos y los tres se enredan como las serpientes cuando hacen el amor.
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En la madrugada suenan voces agitadas y pasos de gente corriendo. «¡ Quemaron la iglesia!,» gritan, «¡quemaron la iglesia!». Se levanta de la cama y mira por la ventana. Ve siluetas correr por la carretera. Constata que está en su habitación, que está en calzoncillos (no desnudo) y que Carlos duerme en la cama de al lado (sin Irina). Abre la puerta y en el extremo opuesto de la posada, de un cuarto ve salir a Cayo con el pelo desordenado, el cinturón desabrochado, la camisa sin abotonar. Inmediatamente después sale Julia dando pasos débiles con un vestido blanco y los ojos desorientados. Aunque quisiera no hacerlo, le es imposible no imaginar a Cayo entre las piernas abiertas de Julia, envistiéndola con movimientos pélvicos a ritmos dispares, bramando como un burro mientras ella mira el techo o una esquina, los ojos negros estancados en un gesto de resignada melancolía. Cayo se pierde entre la multitud que sube afanada por la carretera. Una nube de humo se extiende sobre el monte oscuro y en el cielo una estrella luminosa titila más fuerte que las demás.
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Entrada la mañana Cayo los encuentra en la puerta de la posada antes de partir. Al parecer fueron los indígenas. «Ya habían hecho amenazas, pero pueden quemar lo que quieran. Aquí nos quedamos lo que sea necesario. Yo no le tengo miedo a nadie», dice, y muestra los dientes pasando la mano por el mango de un machete que le cuelga del cinto. Le dan un manojo de billetes y se estrechan las manos antes de subirse al auto y atravesar el pueblo.
No cruzan palabra durante el trayecto. Su amigo maneja taciturno y él trata en vano de contemplar el paisaje. Como desayuno compran unas almojábanas secas y cauchudas en la carretera, las acompañan con el agua tibia de una botella que reposaba hace días dentro del carro y cuando se acercan a las rectas del Huila la extranjera dice que le gustaría comprar mangostinos . Nadie responde. En su mente ve el pueblo encendido en llamas, las ruinas de la iglesia desparramadas por los rincones, ve a los habitantes del pueblo correr como hormigas desorientadas y más lejos ve filas de hombres, mujeres y niños indios con el cabello trenzado caminando hacia un precipicio detrás de las casas (un precipicio que no alcanza a verse pero está ahí). Las llamas no los tocan, no gritan como los demás, caminan sobriamente hacia el abismo y Julia va entre ellos. Luego en el retrovisor ve a la extranjera mirando hacia la llanura baldía que reverbera bajo el sol mientras un viento sopla y arrastra algunas espigas, las levanta en una danza ligera y las vuelve a dejar caer sobre la tierra. Un tenderete lleno de bolsas de mangostinos pasa por la ventana a toda velocidad sin que el carro se detenga. « Mangostinos », musita ella, casi sin fuerza.