P legaria por un Papa envenenado abre con una voz que se identifica como la voz de las prostitutas de Venecia, o sus piedras, y a partir de ella se inicia una letanía por Albino Luciani, el Papa Juan Pablo I, quien fuera hallado envenenado una mañana de septiembre de 1978 en su recámara en el Vaticano, a los 66 años de edad, 33 días después de haber sido elegido como Sumo Pontífice. A la de las prostitutas le sigue la voz de un cronista que nos cuenta con algún detalle el pasado de Luciani, su peculiar manera de concebir la fe, las razones del escozor que causó entre los máximos representantes de la curia romana. Y así, entre letanía y crónica histórica, entre voces de los orígenes más diversos, se entreteje el texto de esta novela del colombiano Evelio Rosero (Bogotá, 1958), conocido internacionalmente por Los Ejércitos (Tusquets Editores, 2007), obra con la que ganó los premios Tusquets Editores de Novela (2006), Independant Foreign Fiction Price del Reino Unido (2009), y ALOA Prize de Dinamarca (2011).
Plegaria por un Papa envenenado . Evelio Rosero. Tusquets Editores, Barcelona, 2014. 164 pp.
De manera entrecortada, con saltos temporales y desde las perspectivas más inhóspitas, vemos al Papa en parroquias remotas dando sermones sabios y sencillos; lo vemos perderse entre los laberintos del Vaticano mientras piensa en los manuscritos que hubiera leído de haber tenido tiempo; lo vemos conversar con un jardinero sobre los detalles de la jardinería, comer pizza de algas y enfrentar a los temibles y abyectos miembros de la Iglesia, sus congéneres. Somos testigos de las caídas más oscuras de su conciencia –que sufrió en los momentos de mayor desolación–, y de su descenso a los infiernos, donde se encuentra con los escritores de sus sueños –Homero, Marlowe y Kafka, entre otros–, a quienes escribió numerosas cartas que publicó en vida; y también de su encuentro con las prostitutas, cuya voz resuena, a lo largo de la novela, como el eco de un coro griego, como la queja de plañideras que reclaman en tono lírico la injusticia por la muerte de este Papa, bueno entre un puñado de malandros y traidores.
Si en Los Ejércitos asistimos al lento desmoronamiento de un profesor entrado en años que es testigo inerme de la destrucción de su pueblo a manos de tres ejércitos enemigos pero parecidos, en Plegaria por un Papa envenenado no hay desmoronamiento, desde su comienzo sabemos la fatalidad que espera a nuestro héroe; asistimos, más bien, a su reconstrucción, a su apología, pues quedamos, al final, con la sensación de que fue un hombre cuya bondad, cuya simple bondad, fue demasiado para la Iglesia y su corrupción. Y en tanto Luciani fue escritor y gran parte de sus ensueños transcurren entre los escritores más ilustres de la historia, en tanto Rosero poetiza las voces de su plegaria en una sola voz en la que acaso todas las voces del más allá resuenan a manera de heterofonía, la novela es al mismo tiempo una lúcida reflexión sobre los alcances del lenguaje y el destino aciago de los escritores, y esto la vuelve, a mi entender, una novela escrita por un escritor para todos los escritores; una plegaria por los escritores que de alguna manera no pueden escapar al olvido de sí mismos en función de su arte, y al olvido de su arte una vez que hayan caído bajo el tragaluz del tiempo y la desmemoria.
En esta novela corta Rosero demuestra una vez más su capacidad para rehacer el mundo más íntimo de sus personajes, lo hace denunciando las corrupciones de una Iglesia que se especializa en cubrir sus llagas para dejarlas supurar en las sombras, y eleva una plegaria muy sentida por el escritor y su arte. La de Rosero es una de las pocas voces colombianas que aún aspiran a la pureza del lenguaje, y su lenguaje brilla como pocos dentro de la narrativa colombiana actual.