–H ace un año fui cometa –le digo a Baco, que se muerde las uñas cuando sabe que lo miro y analiza mis gestos cuando cree que no lo veo–. Usé pantalones dorados, y a mi camisa, también dorada, le pegué varias piedras. Me dibujé llamas en la cara, una en cada ojo, y me pinté la boca con escarcha: así parecía una mancha de luz. Para hacer la cola descolgué primero una cortina cobre, estrellada, que amarré a mi cintura, y después conseguí una maquinita de humo, que de vez en cuando activaba para dejar mi rastro.
–¿Y cómo estuviste toda la noche cargando semejante aparato? –me pregunta, escupiendo una uña.
–Simplemente me lo aseguré a la espalda con una correa. Entonces, imagínate: iba por toda la fiesta lanzando humo, viajando como un cometa por su órbita excéntrica. A veces me chocaba con la gente y, cuando terminaba de tomar un trago, arrojaba los hielos al aire, como dejando atrás pedazos de mí.
–Pues con razón te sacan de los bares –se burla él–. Quién sabe a cuántos descalabraste.
–A ninguno, fíjate. También llevé bolsitas de talco, que iba rompiendo mientras bailaba, para hacer el polvo de la cola.
–¿Alguien supo lo que eras?
–Todo el mundo. Cuando pasaba, decían: «Mira, es un cometa».
–Mentiroso.
–Uno me preguntó si era una bala perdida, supongo que por el humo y el recorrido que estaba haciendo, chocándome contra la gente. Pero fue el único.
–¿Y tiraste con alguien?
–No.
–Obviamente. En estas fiestas uno tiene que ver bien de qué se disfraza si lo que quiere es tirar –Baco cruza la pierna, desenvuelto, mientras se rasca las cejas: anuncia, así, que se piensa sabio–. Si te pasas la noche lanzando hielo y humo, no habrá quién se te acerque.
–No sé, no creo. ¿Cómo fuiste tú?
–De feto sexy. Y el año anterior, de ladrillo sexy.
Explotamos en carcajadas, apretándonos la barriga: Baco celebra su ocurrencia a partir de mi cara estupefacta y yo, admirado por lo que ha dicho, me pregunto si quiero ser Baco o estar con él.
–Todo puede ser sexy –continúa, riéndose–. De haberte conocido el año pasado, te habría vuelto un cometa sexy.
–Basta. Más bien dime cómo es un feto sexy.
–Para hacer ese disfraz compré una licra rosada, enteriza, que embadurné de pintura roja, vino tinto. Tenía una cuerda para amarrar las cortinas, que usé como cordón umbilical. Durante la fiesta le fui dando el lazo a distintas personas: a un burro-pájaro, a un rey. Apretaban la cuerda con las piernas y nos volvíamos familia. También convertía el cordón en látigo y azotaba a los hombres que me gustaban. «Amamántame», les pedía, con carita inocentona.
–De todo lo que dices –interrumpo a Baco, y pendiente ahora de la lluvia, que no cesa–, te creo la mitad solamente.
–Problema tuyo.
–¿Cómo hiciste para ser un ladrillo sexy?
–Muy fácil: me fui en calzoncillos a la fiesta y me puse un ladrillo de juguete en la cabeza.
Volvemos a reír, descontrolados. Baco se empina la ginebra y consulta la hora. Después mira por la ventana: se irrita, aprieta el puño.
–Si no escampa –le digo, ilusionado o nervioso–, podemos quedarnos.
–No. ¿Cómo vamos a perdernos las fiestas?
–¿Y qué hacemos con el arroyo?
–No lo cruzamos. Nos quedamos de este lado.
–A cambiarnos, entonces.
–Cuartos distintos.
–Sí, sí.
Ya en mi habitación veo cerrado su maletín: me apresuro a desvestirme y, al asomarse por la puerta, siento en mi cuerpo sus ojos, vigilantes e incómodos.
–Aquí tengo el disfraz –dice, evitando mirar, pero mirándome–. Se me olvidaba.
–Pasa, pasa.
Sonríe, tímido, y lo recoge. Mientras tanto hago como si no estuviera: tumbo la toalla y me agacho a cogerla; me rasco la espalda y sobo el cuello –imito un masaje. Baco abre la boca, como queriendo hablar, pero al final se va. Entonces llego al espejo: me rasco la cara, decido afeitarme. Prendo la ducha y el agua caliente me recomienza.
–Necesito tu ayuda –grita Baco–. No me gusta el maquillaje.
–Después –le digo–. Apenas me estoy secando.
–¿Por qué te bañaste?
–No te oigo.
Cojo la vincha de flores, que me pongo en la cabeza después de peinarme: es un recorrido de rosas negras que empieza en la sien derecha y termina en la izquierda con una blanca, más grande. Pinto mis ojos con delineador; el brillo en la boca alumbra el rosado.
Me pongo luego la camisa, la corbata blanca. Y el traje, también blanco, resalta a las rosas. Salgo a la sala, perfumado, y tomo las hortensias del jarrón; las amarro con un velo.
–Estoy listo.
Cuando Baco sale del cuarto me cuesta saber si está disgustado o haciendo muecas como parte de su disfraz. Tiene la cara violeta y se ha puesto una licra verde con flecos por la cadera.
–¿Qué eres? –me examina–. Estás bello.
–Es el traje de la pureza, inédito entre hombres.
–¿Te has disfrazado de virgen? –Baco modela y da saltitos; los flecos saltan con él–. Qué sexy, seguro tiras.
–¿Y tú?
–Adivina.
–Una flor exótica.
–No –y estira el cuello, ondeando los brazos.
–Caballito de mar.
–¡No! ¿Por qué un caballito?
–No sé, ¿qué eres?
–Trata.
–Después te pones bravo si no adivino.
–Dale –Baco menea la cadera y, con ella, los flecos.
–¿Anémona?
–¡Basta! –y se pasea por la sala, ingeniando un nado. Cuando respira, sopla burbujas imaginadas–. Soy un pulpo sexy.
–Claro.
–No está claro. ¿Qué hago para que quede claro?
–No había visto que son tentáculos, está claro.
–¿Cómo hacen los pulpos, sabes?
–Tendríamos que averiguar.
–En unos muñequitos hacían: «Gu, gu, glu».
–Seguro hacen así, entonces.
–Gu, glu –repite Baco, dando vueltas.
–¿Qué me decías del maquillaje?
–Nada, vámonos.
Y cuando abrimos la puerta recordamos la lluvia. Entramos de vuelta y Baco se enfurece:
–No podemos quedarnos.
–Mira el arroyo –le pido, pero no mira–. Busca tú la sombrilla. Y la llevas tú, que estoy con las flores.
En la calle me arrepiento de estar afuera, el agua pringándome. Cuando decido quejarme y convencer a Baco de devolvernos, noto que la pintura en su cara se está curtiendo.
–Se me acaba de ocurrir –dice–, que, como pulpo, podría soltar verdades hirientemente. Gu, gu, glu.
–Algo pasa con tu maquillaje –lo interrumpo, aguantando la risa.
–¿Qué?
–Se ha endurecido, está quebrándose.
–No, no, no.
Apenas llegamos al bar corre al baño. Me dispongo a acompañarlo pero me frena un hombre: quiere saber de qué estoy disfrazado. Le explico, le regalo una hortensia. Sonríe y hace una venia; después se va. Retomo el camino y aparece otro, que aplaude mi elegancia. Le doy las gracias, se va. Uno que nos ha escuchado se entromete: celebra que las flores sean reales, me llama encanto.
Después le pregunto a otro por qué no hay gente disfrazada.
–Si quiere ver disfraces –responde, seco–, tiene que cruzar el arroyo. Acá no hacemos eso.
Le doy la espalda para ir al baño; toco la puerta, que está con llave. La música, entretanto, da cuenta de un hombre que no sabe llorar.
–¿Eres tú?
–Baco, ábreme.
–Esto es un desastre. Parece que fuera tétrico a propósito.
–Déjame verte –le digo, disimulando mi alegría.
–No tiene gracia si me lo quito.
–Vámonos de acá, me choca este sitio.
–No, son las fiestas –Baco nos mira en el espejo y dictamina–: Yo doy miedo y tú estás sexy.
Salimos por tragos agarrados de la mano. Vamos a la pista, bailamos. Baco me abraza, huele mis rosas. Le pongo en la oreja una hortensia. Me soba la cara, me mira: sus ojos me enaltecen por momentos y por momentos me desexualizan. Entonces un hombre se acerca, nos pregunta qué somos.
–Gu, gu, glu –dice Baco, adelantándose a cualquier respuesta–. Yo, un pulpo hiriente.
–Das miedo –contesta el sujeto, como aburrido.
–Tú más. Y no estás disfrazado, gu, glu.
El hombre lo insulta y se va. Baco se ríe y seguimos bailando.
–¿Lo oíste?
–No.
–Jamás me hubiera insultado si no estuviera maquillado.
Se acerca otro, más joven que nosotros, cantando que ha estado de pie, bajo la lluvia, gritando el nombre de su amor. Anuncia, a la par de los parlantes, que se siente solo:
–Vuelve –grita, abriéndose la camisa–. Tú también me extrañas.
–Toma –le ordena Baco, extendiéndole una moneda–. Calláte. Gu, glu.
–No te miento –sigue el chico, mostrándole un dedo–, morí cuando te fuiste.
Baco ríe y me mira: busca que celebre su grosería. Entonces río, volviéndome espejo, y reprimo una rabia cansada.
–Veamos qué hay por ahí –me agarra la mano y empezamos a caminar–. Gu, glu.
Entre el gentío reaparece el cantante, que se acerca para hablarme al oído.
–No entiendo –le digo–. La música.
–Dije que te ves hermoso.
Baco lo mira, me mira –voltea los ojos. El cantante, bello ahora, se distrae con la nueva canción: grita que ha escalado montañas y cruzado pantanos sólo por un sueño. La pista empieza a llenarse. Los hombres, bailando, notan el maquillaje morado: se burlan de Baco, lo ignoran. Me empino el trago y lo abrazo, le doy un beso en la mejilla. De inmediato se separa y ondea los brazos:
–Aquí no hay nada –y nos señala–. Nunca. Gu, glu.
Regresa el cantante, distrayéndome de lo que Baco ha dicho: esta vez lo estudia a él, como intentando imaginarlo sin la pintura endurecida. Lo mira, me mira: se arroja a Baco y lo besa en la boca.
–Qué montañas –suena la canción–. Verdes, altas.
El beso continúa. Los beso y los separo, mirándolos, los beso y separo.
–Muy altas las montañas que voy a escalar.
Baco abre los ojos: apenas me ve se despega. El cantante, impasible, se pone a bailar.
–Vámonos –me dice.
–¿Qué hiciste el paraguas?
–No sé –salimos–. Ya no llueve.
Baco camina por la mitad de la acera; después se pasa a la mitad de la calle. Lo sigo, contando las hortensias que me quedan.
–No vuelvo a maquillarme así. Todos se estaban burlando.
En la esquina me saluda un borracho: eructa, sopla un beso. Se aprieta el estómago y comienza a vomitar.
–Y nadie supo lo que era, tenían que preguntarme.
–A mí también.
Entonces Baco se arranca un tentáculo. Lo escupe y se lo pasa por la cara: el maquillaje, poco a poco, va saliendo.
–Modelemos –dice–. La calle es la pasarela.
Da una vuelta y sonríe, ya sin pintura: lo veo, me parece, por primera vez. Baco posa, se contonea; lo admiro y resiento.
–Ven –insiste, y lanza besos a los postes de luz–. ¿Ves los faroles? Son las fotos que nos toman.
En la esquina hay un carro parqueado: el chofer, borracho o muerto, reposa en la cabrilla. Me busco en los vidrios, y el reflejo, como el agua, me recomienza.
–¿Por qué te demoras tanto? –Baco para, se cruza de brazos.
Aliso el traje con las manos y me acomodo el recorrido de rosas. Aparezco a mi padre, que me toma del brazo para entregarme. La calle ahora es blanca, una alfombra. Me afianzo al ramo y caminamos hacia él.