L a revista española Culturamas ha destacado que la poesía de Ana Merino sobresale por su “ruptura con la estructura convencional del poemario”, por el tratamiento de “temas más cotidianos como el mundo de los niños y el paisaje cosmopolita y por el verbalismo directo que supone una de las características más sólidas y singulares de la poesía actual en España.” Presentamos ahora tres poemas inéditos que, con una intensa voz poética, apelan a mundos mitológicos, paraísos perdidos y lugares de otras épocas para hablar de este tiempo nuestro.

EXTINCIÓN DE LAS SIRENAS

"Ophelia" (1851-1852) óleo sobre lienzo de John Everett Millais.

“Ophelia” (1851-1852) óleo sobre lienzo de John Everett Millais.

Un vagón lleno de sirenas,

transparente

como el acuario gigante

donde un coleccionista

guardó las dos últimas ballenas.

Flotan sus cadáveres

en la sustancia gelatinosa

que las conserva para siempre

en su belleza

de ilusión extinta.

Parecen esculturas

de gesto desgraciado,

la rigidez de sus colas

las palmas abiertas y huesudas

y el rictus asombrado de sus rostros

queriendo dar un grito,

expresan el dolor que fabrican

los miedos más extraños.

Ya no habrá más sirenas,

el mundo que habitaban

lo volvieron crepúsculo de arena,

las dejaron morir en un instante

y excavaron el fondo

de aquel nuevo desierto

buscando una energía

parecida al delirio

con la que alimentar

la rabia de las guerras.

En la respiración de las sirenas

habitaban los sueños

de los primeros seres

que poblaron la tierra.

Antes que nosotros

estaban ellos,

eran melancólicos y ominosos

se enterraron en el fondo del mar

y dejaron que en su esencia

fosilizara el anhelo vital

de las estrellas,

clavaron sus colmillos

en la nuca dormida de los ángeles

y quisieron ser dioses del abismo

y el vértigo,

engullendo la espuma

del odio quebradizo

que dibujan las olas

al sentir la cuchilla que las rompe.

Las sirenas eran el aliento

detrás del paladar

que inventó las palabras,

con ellas aprendía a nombrarse el universo,

los pliegues detrás de los planetas,

las lunas que abandonan su ser

para hacerse fugaces,

la mecánica metódica y la gravedad salvaje

enlazaban su esencia

con la respiración de las reinas del mar

cuando al atardecer

asomaban la cabeza

y miraban al cielo

parpadeando curiosidad inmensa.

Esas sirenas que habitaron

desde el trazo minucioso

de la existencia misma,

que nombraron nuestra dicha,

que alumbraron desnudas

las estelas doradas

de los barcos perdidos,

son ahora cadáveres,

rígidos cuerpos

que flotan en el almíbar

de los caprichos.

A nadie parece importarle

la tristeza que expresan

en sus ojos vacíos;

ya no habrá más sirenas

que nos contemplen,

con su muerte

se va la plenitud serena

de los sueños que labran el descanso,

quedan las pesadillas

y el rencor más opaco

que sabrá alimentar la peor de las guerras.

EJERCICIO DE MEMORIA

Con el rastro de la dicha hicieron sacrificios invisibles,

libaron desconsuelos,

desprendían un humo denso

parecido a un incendio de pinares en un verano seco.

Libaron lo imposible

pensando que su dios

estaba entre las sombras de su propio destino,

que podría salvarlos

con la imaginación de los planetas que todavía esconden paraísos.

Dibujaron el árbol genealógico de la vida inventada,

allí estaban los rostros de seres aulladores

que nunca se creyeron fundadores de estirpes.

¿Por qué ahora trazaban su leyenda?

En la necesidad de vivir para siempre

estaba este ejercicio de memoria

como un adobo extraño

donde las cortezas del deseo

al deshacerse, al mezclarse

con la savia fermentada de la noche

evocaban horizontes de ciudades luminosas

lugares que fueron las entrañas de otra época

con el eco de sus trenes anunciando su paso

de silbidos y traqueteos

en el tono metálico de las vías que tiemblan.

En solo una oración, un ruego caprichoso,

regresan los murmullos de neumáticos y frenos,

autopistas enredadas en el tráfico,

ese tiempo mecánico

de gasolineras y estaciones de servicio

vendiendo el apetito de la comida basura

con sus grasas sintéticas

y ese aroma dulzón del maíz recién clonado,

textura crujiente que al instante se derrite en la boca,

espejismo aditivo del placer.

Una oración meticulosa se acomoda en la gula

y engorda con sigilo delicado

como el gusano de seda devorando las hojas

del bosque más frondoso de todas las infancias.

Sagrada destrucción quisieron despertarla

antes de que la lluvia

pudiera borrar el rastro de su primer abrazo.

En ella hay un altar para los peregrinos

que habitan en las ruinas.

Escarabajos grises,

ciempiés con armadura y cucarachas negras,

escarban en la arena de un desierto de sangre,

el valle que esculpieron las zarpas de una guerra

que acorraló a los ángeles.

Perdieron su ropaje,

sus plumas se quemaron,

ardieron con sus alas celestiales

como un tronco que intenta redimirse en el fuego

y avisar con sus llamas a los barcos perdidos

para que con su luz intuyan la desgracia

y desvíen el rumbo alejando sus naves

de ese amargo paisaje

bordado de arrecifes y esencias de mareas

en un manto de olas donde todo lo arrastran y lo llevan al fondo

para desmenuzarlo

y cubrir lo que quede con algas diminutas.

En la profundidad de los sueños inertes

libaron el destino,

con un hilo de seda tejieron una soga

y el mar fue descifrando un enigma dormido,

cobijo de medusas,

olvidos enfermizos vomitando palabras sin sentido,

balbuceo ominoso, puré desmemoriado,

atisbo de ternura detrás de los abismos.

PIEL

Mi piel no era sagrada,

no sé por qué me atreví a imaginar

que estaba impregnada del tinte púrpura

de los caracoles,

sí, caracoles marinos sin nácar

junto a mi desnudez

convertida en pensamiento de animal,

en gruñido de enjambre.

El hocico corto del oso, el colmillo afilado

del ansia hambrienta

y su zarpazo de garras astilladas

respiraba conmigo.

Las oscuridad nerviosa,

el miedo y su penumbra escarchada

o el calor de la tristeza,

todo eso estaba en mí,

la angustia de lo salvaje

haciéndole un pulso a la rutina,

al suspiro acongojado

que buscaba su acomodo

en las mentiras complacientes.

Mi piel no era el vellocino de oro,

mi estrella no estaba en la constelación del carnero,

era lombriz masticando la tierra

anhelo invertebrado y hermafrodita,

voraz enigma que todo lo succiona,

esclava de la piel, ciega y sin pulmones,

tragándome el azufre de todos los infiernos.