P ublicamos un adelanto de la novela El asesino melancólico , de la escritora salvadoreña Jacinta Escudos, que será lanzada en octubre próximo por la editorial Punto de Lectura. Considerada por La Nación de Costa Rica como "una de las escritoras contemporáneas más importantes y originales del istmo" centroamericano, la obra de Escudos se caracteriza por la variedad de recursos narrativos y por su mirada incisiva.

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El día en que Blake Sorrow cumplió 50 años, emprendió el único acto de valentía del que sería capaz en toda su vida: se admitió a sí mismo que era un fracasado.

Ilustración

No tenía parientes, esposa ni hijos.

No tenía una amante. No tenía un perro. Tampoco un amigo.

No tenía profesión, dinero ni propiedades.

No era de buen ver. No tenía eso que llaman “personalidad”.

No tenía aficiones ni intereses. Nunca asistía a misa ni a cultos de ninguna corriente espiritual. No creía en Dios ni en lo sobrenatural.

No hablaba con nadie.

Nunca tuvo suerte con las mujeres. Había tenido cortos e insípidos acercamientos con algunas, muy pocas. Nada que quisiera recordar.

El sexo era para él un trámite penoso, a veces hasta ridículo. Hacía años que había renunciado a intentar tener una relación con una mujer.

¿El amor? Estaba seguro de no haberlo sentido nunca.
Tampoco le importaba demasiado.

No le gustaban los niños. Le causaba incomodidad verlos. Se felicitaba a sí mismo por no tener que lidiar con esas criaturas.

Se alegraba secretamente de no estar casado, de no tener que tolerar a extraños viviendo bajo su mismo techo. De no tener que hablarles, sonreírles, estar obligado a verles y convivir con ellos.

Alquilaba un minúsculo cuarto encima de una lavandería.

Se despertaba con el ruido de las lavadoras y se dormía escuchando el ruido de las secadoras. Cuando abría la puerta de su cuarto, el olor a jabón perfumado y a suavizante lo asqueaban al punto de provocarle arcadas.

Lo que más odiaba de aquel lugar era el casero. Un viejo metiche, cascarrabias, quejoso y amargado con el que se topaba con demasiada frecuencia cuando salía hacia su trabajo.

El cuarto era incómodo.

La cocina era estrecha. Apenas cabía él de pie en ella.

Cuando se sentaba sobre el retrete no podía cerrar la puerta del baño porque sus piernas topaban con la puerta. Se golpeaba contra las paredes al ducharse.

En la misma habitación comía, miraba televisión y dormía.

Cuando lo alquiló estaba lleno de ratones.

Los fue matando uno a uno. Compraba papel pegajoso en el supermercado. Cuando encontraba un ratón todavía vivo, pegado sobre él, lo metía en una bolsa de plástico y lo golpeaba dos o tres veces contra la acera de enfrente, arrojándolo después a la basura.

Blake Sorrow nunca sonreía.

Había limpiado supermercados y oficinas.

Trabajó como contador. Hacía cuentas que anotaba en los libros de balance usando lápices de colores, azul para el haber, rojo para el deber.

Pasó un tiempo en una fábrica de chocolates, metiéndolos en cajitas hasta abominar de ellos y de cualquier cosa dulce.

Contestó teléfonos. Fue aprendiz de mecánico. Taxista. Chofer.

Todo lo dejaba. Nada le gustaba.

Ahora cuidaba un parqueo. Lo bueno era que no tenía que hablar con nadie. Sólo extendía los boletos para el aparcamiento y decía la cantidad de dinero que debían pagar los conductores al salir. Era sencillo aunque mal pagado.

Detestaba a las mujeres que intentaban regatear el importe del parqueo. Mujeres con vehículos que costaban una fortuna. Mujeres que, al bajar la ventanilla, dejaban escapar una vaharada de perfume. Regateaban monedas.

Eran las peores.

Le fastidiaba cuando sonaban las alarmas de los automóviles. No entendía para qué la gente metía sus autos al parqueo y dejaban las alarmas encendidas. Nadie podría salir de ahí sin enseñar el boleto correspondiente.

Las alarmas sonaban a un volumen estridente. El dueño del automóvil jamás se aparecía porque estaba demasiado lejos como para escucharlo. Jamás se activaban porque hubiese un ladrón. La vibración del tráfico o el roce de algún conductor de otro vehículo al subirse al suyo ocasionaban su activación.

Cada vez que escuchaba una de esas alarmas que lo irritaban tanto, imaginaba que tenía un fusil y que le disparaba al vehículo hasta hacerlo polvo.

Se aseaba todos los días excepto sábados y domingos. No entendía para qué debía bañarse si de todos modos no iba a ver a nadie.

Odiaba el agua fría y sentir corrientes de aire cuando salía de la ducha.

Se vestía de manera sencilla. Camisas de colores claros, blanco por lo general. Pantalones de color oscuro y telas livianas, para soportar bien el calor.

De lunes a viernes trabajaba ocho horas, de 10 de la mañana a 6 de la tarde. Sábados y domingos se levantaba tarde y se la pasaba sin ver el reloj.

Se distraía leyendo el periódico o algún libro, bebiendo café negro, escuchando radio y viendo televisión por las noches.

Domingos no hacía mucho. Salía a comprar pan recién horneado que comía caliente con un poco de mantequilla y su habitual café, de pie en el pequeño espacio que usaba como cocina.

Hacía la siesta en el único sillón que había en la estancia.

Hacía la siesta en el único sillón que había en la estancia. Se despertaba por sus propios ronqui­dos. Pero a los pocos minutos volvía a quedarse dormido en el sillón hasta que anochecía. Enton­ces se metía en la cama y apagaba la luz.

Muchas veces caía en la cuenta de que no había escuchado ni su propia voz o que no se había visto al espejo en todo el día.

Sentía melancolía de que el día siguiente fuera lunes y de que tuviera que ir a trabajar. Preferiría quedarse ahí haciendo nada antes que perder el tiempo regateando unas cuantas monedas con viejas tacañas.

Cuando niño alimentó la íntima fantasía de que, algún día, cuando fuera adulto, ocurriría algo que cambiaría su vida para siempre. Que la vida sería mejor. Diferente.

Pero a medida que pasó el tiempo comenzó a sospechar que su vida sería siempre igual. Y que nada extraordinario ocurriría nunca.

El correr de los años lo había llevado al convencimiento de que jamás tendría por lo menos una vida normal, como la de los otros.

Asumió que la realidad era más dura y cruel de lo que jamás imaginó. Que los libros y las películas mentían. Que no existían los finales felices, ni los milagros, ni los golpes de suerte. Que no existían el amor ni la felicidad. Que la humanidad vivía enajenada en una gran mentira. Y que la única certeza con la que cuenta el ser humano es con la de su propia muerte.

El día de su 50 cumpleaños llegó a la conclusión de que la vida no hacía más que complicarse con el tiempo. Que pronto, antes de que se diera cuenta, sería un viejo inútil y despreciado. Y que además estaría solo.

Él pasaría por el mundo sin haber hecho nada o sin que hubiese ocurrido nada nunca que lo hiciera ni un ápice feliz.

Asumió que su vida era gris, inútil, descartable. Y que daba lo mismo estar vivo o muerto.

Aquel día, acaso por la insidia de su cumpleaños, pensó mucho en la muerte.

Le daba rabia la idea de morir, aunque seguía sin comprender para qué estaba vivo, qué sentido tenía su vida ni siquiera para él mismo.

Con esos pensamientos en la mente se acostó, apagó la luz y finalmente, se durmió.