¿V ale la pena narrar la muerte? Se dirá que no, y que todas son casi iguales. Pero la muerte de un inmortal, al menos presunto, sabe tener algo de particular, pues la vida que lo animó pudo desenvolverse en esa extraña criatura con nitidez durante tantos años, quizás siglos de inconsciencia, agazapándose, porque los males del cuerpo y los del alma no habían coincidido para hacer su obra. Pero, de repente, todo el cansancio eludido por aquel espíritu se expresa con ira en un momento aciago, y hace mella en el cuerpo, derrotándolo sin piedad, aun cuando no sabe morir.
El judío errante por Gustave Dore.
Así fue también con Ahasverus, ya que es bien sabido que nunca queda tiempo suficiente para todo lo importante, ni siquiera para los inverosímiles seres eternos. Entonces, y a simple vista, él no se inmuta mientras lentamente recuerda sus libros de la niñez, con la gracia del metro clásico, herencia de las bellas tareas del colegio Louis le Grand, y escribe un cuento de impecable factura sobre el exótico origen de su bella mesa de madera de teca, la tectona grandis , con ribetes de plata, traída de Bengala, tierra de tigres blancos. Y sonríe, dolorido, porque la neumonía no le da tregua.
En efecto, se podía presumir que al curtido Ahasverus, el mismísimo judío errante, el “supremo infeliz”, según Soren Kierkegaard, condenado por todos los siglos de Dios a vagar sin rumbo, le sobraría vida para quejarse de su amarga suerte de mal digerida eternidad, y que habría de tener milenios sin fin para contemplar los efectos producidos por sus manos. Pero, lo cierto es que fue perdonado de su iniquidad, y murió pronto, y después de sufrir penoso mal, al menos para los que lo quisieron. Entre ellos, para su criado chino Ting tse ying, hombre letrado y siervo fiel y cariñoso, que sabía prepararle magníficos manjares, y que con toda razón se sintió aterrado y sorprendido por la certidumbre de que su amo habría de morir antes que él.
Y con una parte de los alocados sueños sin lograr. Atrás habían quedado para siempre los planes de grandes viajes y aventuras. Los anhelos admirables de emular al capitán inglés Paul Boyton para cruzar el canal de la Mancha dotado de un chaleco insumergible, y volver luego a Jersey para cenar algo sabroso hecho por Ting. O de ir tras los pasos apasionados de Un capitán de quince años , la novela de Julio Verne que había reseñado para el Phare de la Loire en su no muy lejana infancia. O para guardar fuerzas para los viajes literarios a Samoa, Kiribati y las marquesas con ese otro Ahasverus, Robert Louis Stevenson. También la muerte lo atraparía antes de tiempo.
O acaso, para continuar con los rigurosos estudios del argot de los coquillard s de París, o de los marineros de Nantes, de los pescadores de Marsella, o de los cockney de Londres. Quizás, para hablar con el rey Kalakawa sobre las futuras erupciones de volcanes en las islas Hawái y contemplar el fuego con él, como lo han hecho todos los seres humanos desde que el hombree es hombre.
Recuerda en su delirio de opio que fue él mismo quien hace poco recorrió con los dedos los pesados volúmenes de la inabarcable biblioteca Mazariana que su tío León Cohen, o Cahun, como suelen decir los franceses, le enseñara a conocer a grandes rasgos cuando era apenas un niño. Los pasajes latinos y las traducciones de Lucrecio en su De rerum natura , la dudas del príncipe Hamlet, los lais de Marie de France, los prolijos documentos de los días de Louis XIV, o los cuentos de terror del malhadado Edgar Poe, todo empieza a dar igual, como si hubiese sido escrito por el mismo autor.
Nada puede ser de veras retenido, concluye Ahasverus de sus investigaciones. Pero, la neumonía sigue su curso. Su hermano Maurice Schwob y Pierre Campion, su gran amigo, lo cuidan con esmero, creyendo que el mal podría ser remontado con los cuidados del caso, pero el velo siniestro se habría de cernir día a día sobre la casa de la isla Saint Louis, en aquel gélido invierno de 1905. La nieve se amontonó frente a su puerta, llamando a la muerte con su aliento blanco.
Recibía las cartas de su hermana Maggie y las leía con ansia, y llevaba consigo la misteriosa carta de Vize, que inspirara el libro de Monelle, pero las palabras de ella, de su Marguerite, le faltaban, y ahora que las fuerzas de su ser se marchaban sin remedio, la melancolía podía con él. Hacía diez años ya que se había enamorado de ella, de la actriz y de la hembra de larga nariz, y su amor no había menguado ni un poco. El matrimonio y los conflictos los habían alejado y llenado de mutuo reproche, volviendo ridícula toda nostalgia. Pero ella tenía aun consigo aquel papel que Ahasverus escribiera entonces y que dice: “Estoy enteramente al servicio de Marguerite Moreno, y ella puede hacer de mi lo que le plazca, incluso matarme”. Pues bien, eso era precisamente lo que ella y su orgullo estaban haciéndole con su desprecio, aunque nadie, ni ella misma, lo supiera.
Se cuenta que hasta hace tan poco se podía oír la voz del genio eterno de oscura levita por las calles del barrio latino, eje de la Belle Epoque , recordando los largos coloquios de la juventud, apenas ayer perdida, rehaciendo los pasos de una vida tan larga y remota como la de los ignotos montagnards de Bulgaria, que no saben cuándo nacieron, y que, a su entender, siempre fueron viejos. Con la copa del absinthe, la verde musa, en la mano derecha, y el rapé en la chistera de joven dandy, se diría que nunca habría de conocer la caducidad que lo ahoga todo en el mundo.
Al regresar a la casa se imagina por un momento en su vieja Nantes, la mítica ciudad sobre el Loira, que lo conoció cuando tenía todo por vivir. Y oye los gritos de su amigo Guieysse para escaparse a observar los barcos en el puerto, con sus velas desplegadas, preparadas para enfrentar la furia del mar de Vizcaya, y acaso la del océano Atlántico, camino de América. Sabe que existe en verdad la isla de la Tortuga, con restos de piratas y tesoros, y ahora ya no hay tiempo para ir a conocerla.
Pero, de repente, apenas se levanta de su mesa de juerga se pone a llorar por la ausencia de su Marguerite, inconsolable, tomado por asalto por la emoción, y por la pena que se siente al comprender que todo fin es inminente, porque no lo vemos sino cuando se nos viene encima, y que ya no habrá más tertulias, ni más alegre despreocupación, ni más proyectos desmedidos.
En estas últimas semanas es sabido que nuestro Ahasverus quiso vivir más de prisa que en todos los años anteriores. Frenético, se levantaba antes del sol y se disponía a salir para escribir cuentos en los cafés recién abiertos, y a intentar comprender con cabeza fría lo que le quedaba por entender de este mundo. Cada día, sin embargo, estaba más alejado de su amada, que se había marchado despechada para actuar en una compañía en Aix en Provence. Eso le punzaba el pecho con rigor. Y es que el amor no sabe comprender, y se impacienta por tonterías y pequeñeces. Tan solo sabe amar, y acaso no razona.
Cuando supo que ella no iba a regresar pronto, y que luego sería tarde para todo consuelo, se metió en su cama, y con la pálida parsimonia que le era tan propia, se dispuso poco a poco a rendirse a la muerte, sabiendo que no había más remedio. Se fue apagando entonces durante toda la semana, lentamente, como los grandes cirios de Notre Dame, hasta cuando ya no quedó nada por quemar. Así se fue este viajero del mundo, el mismo al que por tanto tiempo había acompañado en su devenir. Y entonces, tras su apresurado regreso de Aix en Provence, Marguerite estuvo al fin a la vera de su cama para lamentarse. Lo pudo ver como la primera vez, con asombro, porque él tenía todavía los ojos bien abiertos.