A ntes de leer Racimo , decido leer Camanchaca (La Calabaza del Diablo, Chile, 2009), la novela con la que el entonces bloguero literario Diego Zúñiga debutó como autor a sus veintisiete años –tenía veintidós cuando la escribió.

Atrapa. Es una novela corta, no sólo en número de páginas, sino también porque en cada una no hay más que un párrafo corto, sólo algunas están llenas de principio a fin. Camanchaca es la historia de un adolescente contada en dos hilos narrativos que se entrecruzan y se convierten en un único pasaje hasta el final. Un recurso que, si bien no es innovador, Zúñiga administra muy bien –páginas de números impares para el viaje por carretera que hace con su padre y números pares reservados para los sucesos anteriores al viaje, en compañía de su madre– porque cuando te das cuenta, ya estás ahí, en el punto de intersección y no te cuesta trabajo leer. Son comprensibles, entonces, los halagos y reconocimientos que este joven escritor chileno recibió de la crítica, así como también la reedición y traducción al italiano y al francés de esta novela.

Me imagino, entonces, siendo Racimo su segunda entrega, algunos de los pensamientos que habrán pasado por la cabeza de este autor: ¿Escribir con un estilo similar? ¿Hacer algo completamente diferente? ¿Habrá sido la primera novela un golpe de suerte y de ahora en adelante lo que se viene es un desbarrancadero? Empiezo a leer.

Diego Zúñiga. Racimo. Random House Mondadori, Santiago, Chile. 256 pp.

Diego Zúñiga. Racimo . Random House Mondadori, Santiago, Chile. 256 pp.

Cautiva desde la primera línea: “Un cuerpo a un costado de la carretera: una silueta, el pelo largo hasta la cintura, una mochila, un jumper, los focos del auto que iluminan en medio del desierto, de la noche” (p 15). Zuñiga nos cuenta la historia de la desaparición de varias niñas en Iquique, en el norte de Chile, a través de Torres Leiva, un fotógrafo de bodas, bautizos y similares, que ahora tiene la oportunidad de trabajar en el periódico de Alto Hospicio, aun si le toca hacerlo con una simple cámara digital después de haber perdido la suya a manos de unos supuestos policías que parecen estar protegiendo algún secreto. Nos la cuenta a través de García, el periodista aparentemente inoperante, y también de los policías que poco hicieron por buscar a las niñas, porque están convencidos de que “se fueron de casa porque no aguantaban más miseria. Ustedes lo saben, dijo, saben que están abandonados y que por eso se van. Ustedes también se irán. Yo los entiendo. No las busquen más. Ellas están bien. No pierdan el tiempo” (p. 139). Nos las cuenta a través de los familiares de las niñas: de la abuela que adorna la habitación de hospital en la que Ximena –la única que regresa de su cautiverio– reposa en coma; de las primas y amigos que juegan a la ouija para encontrar respuestas en el más allá, hasta que un día les habla el espíritu de una de las desaparecidas; de las madres que recurren a brujas para conocer la verdad; de novios que no se cansan de colgar y pegar en las calles retratos fotocopiados, así luego sean arrancados o profanados. Nos la cuenta a través de las pistas que Ximena logra dar cuando despierta del coma y que sirven para atrapar al asesino, pero también a través de Camila, una supuesta sobreviviente que aparece cuando el condenado ya ha cumplido diez años de las dos cadenas perpetuas que tiene encima: “Todo eso es mentira, dijo ella” (p. 207, única página, único párrafo, una frase del capítulo cuatro). Y nos la cuenta, como hace en Camanchaca , a través de un componente visual que Zúñiga domina con maestría: las descripciones nítidas de la región, del desierto, del mar, de la vida con la zozobra de un maremoto. Es una historia que te interesa leer, que quieres leer porque no se trata sólo de estas niñas sino también de todos estos narradores.

Pero también te envuelve con un recurso que, aunque sencillo, no deja de ser efectivo: el uso del tiempo presente. Con él nos pone en medio de la acción –o de la inacción en algunas partes de la trama–, nos hace sentir que estamos ahí, acompañando a los personajes en el preciso instante en que ocurren las cosas. Y si acaso a alguien le llega a parecer la prosa lenta y monótono el tono –no me pasó, pero habrá a quien sí–, el narrador también conoce el futuro y a veces, para sorprendernos, nos suelta perlas sobre el destino de los personajes: “La próxima vez dormirá en el sillón, y unos días más tarde, cuando Leonor se quede con su padre durante un fin de semana, Torres Leiva dormirá con Ana. Y esas noches se repetirán hasta transformarse –de una u otra forma– en la cotidianidad de sus vidas. / Aunque no durará mucho” (p. 102).

En Racimo , Zúñiga hace uso de su profesión: el periodismo. No se trata de una crónica, sino de ficción, pero basada en una historia real ocurrida en la misma región en que tiene lugar la novela, entre 1998 y 2001. El tono de Zúñiga denuncia estos hechos y crítica la forma en la que fueron manejados por la policía, pero lo hace sin recurrir a cursilerías o a arengas sociales. El lector no se siente saturado en ningún momento. Uno lee esta historia y la pobreza de la gente y de la ciudad, la indiferencia de las autoridades y la desesperación de las familias son las mismas que se repiten en cualquier país de Latinoamérica. Bien podría tratarse de una historia que ocurre en Ciudad Juárez, México, o en el Urabá Antioqueño de Colombia.

Una obra que no decepciona, pero en la que, como dicen por ahí, no todo es color de rosa. Hay un componente de metaficción : García escribe un libro sobre el caso que narra en primera persona y comienza de la misma forma en que lo hace el tercer capítulo de Racimo –el único con un narrador diferente al resto. ¿Y? Sorprende, pero nada aporta, más allá de darnos a entender que García, en realidad, ha estado investigando el caso por años y de provocar una sonrisa momentánea en el lector.

Quedan, por otro lado, muchas preguntas en el aire: ¿existe una conspiración para mantener el crimen enterrado? ¿Quiénes forman parte de ella? ¿Es o no culpable Miguel Ángel Paz Solís? ¿Quién miente, Ximena o Camila? Las historias mencionadas, pero no desarrolladas, dejan un sinsabor. Aunque, como el efecto de las bombas de racimo que son parte, precisamente, de una de anécdota de ese tipo, tal vez se trate de eso: de contar un poco de esto y un poco de aquello, con mayor intensidad aquí y un poco menos acá. Me gustan los finales abiertos, para qué digo que no si sí, pero este lo es en demasía – Camanchaca , te estoy señalando con el dedo a ti también–. Zúñiga no sólo dejó una puerta abierta sino también todas las ventanas.

Son más los atributos que los defectos de la novela. Tal vez sólo sea carpintería, tal vez sólo sea cuestión de un editor poco riguroso, tal vez sólo sea cuestión de que así fue como el autor concibió su historia y con eso basta. A ver con qué se viene Zúñiga más adelante.