Itzíar López Guil, Valores Nominales. Ediciones de La Discreta, 2014. 48 pp.
V
alores nominales
es el tercer poemario de
Itzíar
López
Guil
(Madrid, 1968). Antes de él, ya habían visto la luz otros dos libros de la autora:
Del laberinto al treinta
(Visor, 2000), con el que ganó el XXI Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Melilla”, y
Asia
(Biblioteca Nueva, 2011). Sin embargo, y como bien advierte Ana Merino en el prólogo,
Valores nominales
supone un cierto giro en la trayectoria de López
Guil
, una ampliación de su mirada poética, que ya no se limita a la introspección de los sentimientos, sino que aborda sin tapujos lo social.
Valores nominales
se propone, entonces, desenmascarar la realidad que se oculta tras el lenguaje de la macroeconomía y las finanzas. La veta humana en las letras del tesoro y los pagarés, en la prima de riesgo o el producto interior bruto que desfilan por los títulos del libro y sus poemas. A la autora no le interesan las operaciones que se cierran en el parque de Fráncfort, sino las que están continuamente en marcha en las verjas de Ceuta y de Melilla. Sus líneas de crédito no son las de los bancos, sino las de los hijos que deciden, muchos años después, perdonar al padre que los abandonó. La verdadera tasa de interés no es el precio del dinero, sino el de la libertad que otorgan los papeles en regla después de años de miedo y burocracia. Pero esas preocupaciones fundamentales no se abordan desde el terreno del panfleto o la denuncia visceral, sino a través de esbozos que nos dan acceso a la realidad de los países en desarrollo y al drama de la inmigración. A ese propósito sirven, por ejemplo, el peluche que oculta las esposas de la Fanny, la criada sin papeles detenida en “Futuros y derivados”. O los vencejos que vuelven de
una África arrasada por las guerras en “Custodia en bóveda
”.
Valores nominales
es un poemario extraño en la poesía española de hoy en día. Es un texto plagado de americanismos, que rezuman de casi cada página, enriqueciendo el español peninsular con la sonoridad del choclo, la yuca o el nomás. Un libro híbrido y desarraigado, lo mismo que los personajes que lo habitan, lo mismo que el mundo que describe y en que se inserta. Pero un libro también celebratorio de esa identidad mezclada, como queda bien claro en el poema “Hora bruja”, en el que la
Idaplatz
de la vieja Zúrich estalla en mil colores, en músicas distintas y en lenguas diferentes para celebrar la llegada del verano.
Valores nominales
es más tradicional en lo que respecta a la faceta puramente artesanal del verso. Y es que las prosas poéticas que forman el libro solamente lo son en apariencia. En realidad, debajo de ellas asoman, casi perfectos, los metros tradicionales de las letras españolas: heptasílabos y endecasílabos. A veces, demasiado: hay párrafos que fallan justamente por tratar de seguir ese patrón con excesivo empeño. Aunque en líneas generales el texto fluye limpio, arrastrado en esa corriente métrica disimulada en forma de prosa.
Como cierre, dejo aquí uno de los mejores poemas de
Valores nominales
, “Mal de altura”, que es también una declaración de intenciones del libro en su conjunto:
Mal de altura
No es imposible subir al Cotopaxi, rumia nuestro guía, pero es mejor llegar solo al primer refugio.
Probar por una vez la altura rompiendo los pulmones, sentir la sal del corazón haciendo bulla en la garganta. Y luego regresar al pie, donde el sabor del aire es ya rancio y pausado.
No saber nunca de la boca que abrasa si se mira frente a frente.
No conocer sino los restos fríos, los labios silenciosos de la lava.
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