D ecidimos estrenar los tacones negros, idénticos los tuyos a los míos, en honor a la aventura inminente. Para el momento en que llegamos a la Estación del Norte, en la que nunca habíamos estado, nuestros pies –acostumbrados a viajar en coche– punzaban. Tomadas del brazo, en espera del metro, ignorábamos el viento frío del invierno, que insistía en arremolinársenos entre los tobillos y recordarnos la idea ridícula de no usar medias en diciembre. Sin embargo, estábamos por encima de algo como el clima porque esa noche, después de mentirles a mis padres al decir que dormiría en tu casa, mientras tú decías que pasarías la noche conmigo, sólo nos separaban del centro de la ciudad cuarenta minutos.
La idea de fiestear en el centro fue tuya, por supuesto. En el último año del colegio estabas harta de esperar que la vida comenzara. Fuiste tú también la que reconoció las posibilidades en la confianza de nuestros padres, que nos veían como niñas buenas, con excelentes calificaciones, de colegio privado, bien educadas, promovidas ya a la mesa de los adultos en las comidas familiares, pero sobre todo de buena cabeza, que se sabían de memoria los riesgos del centro de la ciudad, tomado por el barrio gris y su promesa de sueños ajenos, embotellados para la venta.
Al esperar el metro, esa buena cabeza me hizo reconsiderar por cuarta vez esa noche nuestros planes, pero tú ni siquiera me dejaste entretener el pensamiento. Con los brazos entrelazados nos montamos en el primer vagón que se nos cruzó y nos quedamos paradas, ignorando los asientos y el dolor de pies. Apenas se detuvo en la siguiente estación, me hiciste una seña con la cabeza y de reojo vi a un chico que nos observaba. Me lanzaste una sonrisa conspiratoria. Te conocía lo suficiente –no hay recuerdo en mi infancia que no te pertenezca– para saber que te complacían las miradas, que las habías esperado desde el probador al imaginarnos transformadas.
Nos veíamos bien. Después de ahorrar por meses, en secreto habíamos comprado aquellos vestidos en el tono más a la moda de azul –el mío– y rojo –el tuyo–, que apenas nos cubrían los muslos. Para ti los vestidos cumplían la misma función que el maquillaje y los tacones, de invitar miradas y admitirnos en ese mundo de adultos que nos esperaba después del colegio, en pocos meses.
–Deja de jalarte el vestido –me regañaste en la cuarta parada.
Desprendí los dedos del dobladillo. Ni siquiera me había dado cuenta de que lo hacía. Tú entendiste mi nerviosismo porque –me gusta pensar– lo sentías también. En esa época no había cabida para emociones que no sintiéramos al mismo tiempo.
–No dejo de pensar en todo lo que puede salir mal.
En seguida te diste a la tarea de entretenerme. Llevaste la conversación hacia los nombres que habíamos elegido para esa noche; me recordaste las historias que nos habíamos inventado para la fiesta. Seríamos dos estudiantes de la universidad, recién entradas e indecisas sobre nuestra carrera, porque no querías que nos comprometiera nada. Habías consultado las materias generales del primer año, para darnos una idea de qué podía ser creíble. Cálculo estaba más difícil de lo que habíamos esperado, aunque en el colegio se nos habían dado los números, pero literatura nos encantaba. La clase de problemas nacionales contemporáneos nos sorprendía. Tantas nuevas perspectivas sobre el barrio gris y sus desaparecidos, apenas sabíamos qué pensar.
Nos repetimos los nombres de los autores ya leídos y de los lugares populares alrededor de la universidad pública que tú te sabías de memoria porque no podías esperar estudiar allí y salir del barrio seguro donde nos criaron.
No pensábamos en las discusiones con nuestros padres sobre estudiar en el extranjero, incompatibles con vivir en el centro de la capital, amenazado continuamente por el barrio gris. El metro salió a la superficie mientras hablábamos del departamento que compartiríamos cerca de la Estación Central, de la que nos separaban todavía diez estaciones.
Nos callamos para que nuestros ojos pudieran concentrarse en las luces y formas oscuras de árboles y edificios que pasaban demasiado rápido como para enfocarlos con claridad. Reconocimos la diferencia en la zona que nos recibía. Los edificios eran más altos, estaban más juntos, no dejaban espacio para la respiración, para parques o para una vida que no estuviera apretada entre el concreto y otras vidas.
Al bajar del metro, sacaste el mapa para llegar a la fiesta. Nunca supe quién te dibujó aquellas indicaciones en una servilleta, ni siquiera de dónde habías sacado la idea, sólo que un día semanas atrás te había llegado la obsesión. Enlazadas, yo dispuesta a imitar tu confianza para no flaquear, cruzamos la Estación Central.
Los cuerpos que huían del frío nos lanzaron a la calle, nos empujaron fuera de la estación hacia la música de los bares, una canción más fuerte que la anterior. Nos bamboleamos juntas por la calle principal apretada con el olor a ciudad entre comida frita, alcantarilla y humanidad, con los faros rojos y amarillos de los coches, las luces fluorescentes que no permitían la completa entrada de la noche y con el ruido de cláxones, de llantas, de ciudad. Yo perdí el equilibrio, pero tu brazo me estabilizó y me guió mientras serpenteábamos hacia la profundidad del centro, que hasta ese momento sólo habíamos conocido de día, a través de las ventanas tintadas de un coche.
Había una sobresaturación en el ambiente, una palpable prisa en el movimiento de las personas, que parecían de repente cerrarnos el paso, como si fueran una barrera más antes de llegar a nuestro destino. Tú lidiaste con ello apretando el paso, mientras que yo, asaltada de pronto por el terror de lo que hacíamos, no dejé de repetirme, como mantra, las señales para distinguir la aparición del barrio gris. Te detuviste en un semáforo. Te pregunté si no preferías que regresáramos y lanzaste una carcajada. ¿Después de que habíamos llegado tan lejos? Lo mínimo que podíamos hacer era llegar hasta el final.
–No te vas a arrepentir ahora, ¿o sí?
Negué y volví a mi repetición, memorizada desde la infancia: primero las luces, después el asfalto, para cuando las construcciones se trasforman ya es muy tarde y estás a la mitad del barrio gris. Así que me fijaba en las luces de los faroles a nuestro alrededor para asegurarme de que las sombras no comenzaban a mezclarse, que las zonas iluminadas estaban delimitadas y no se difuminaban con la oscuridad. Tú apuraste el paso y nos arrastraste lejos de la calle principal hacia las calles aledañas, más silenciosas y vacías.
La falta de ruido me chocó enseguida y advertí que habíamos dejado de hablar. Nos detuvimos en otro semáforo. Noté que mirabas alrededor, veías los números y el nombre de la calle con detenimiento, con el ceño fruncido, arrugabas la nariz y volvías a consultar el mapa.
–¿Nos perdimos?
Me miraste con enfado, pero admitiste que debimos dar una vuelta mal. Te propuse que cruzáramos la esquina hasta la siguiente calle, pues había una tienda donde podíamos preguntar. Yo sabía que odiabas admitir cuando te equivocabas, pero el frío probablemente te hizo aceptar. Entramos a la tienda y el calor me arropó, no me había percatado de que ya no sentía las orejas.
Ellos nos notaron primero, pero tú te diste cuenta de sus miradas antes que yo. No sé si cruzaste una sonrisa con el chico de cabello verde, pero un segundo estabas a mi lado junto a la puerta y el siguiente ya caminabas, con pasos decididos y un vaivén de cadera que yo no podía imitar, hacia los dos muchachos en fila frente a la caja, claramente mayores que nosotras. No había nada especial en ellos, fuera del cabello verde de aquel con el que hablaste primero. Nada que pudiera prevenirnos.
Me quedé junto a la puerta, sin saber qué hacer bajo las nuevas miradas y las luces blancas de la tienda, que me devolvían la conciencia del frío, la incomodidad de los zapatos, el dolor de pies y la locura en la que estábamos metidas. Detuve mis manos antes de jalarme el vestido. No sé cuánto tiempo pasé clavada entre la puerta y la tienda, probablemente apenas unos minutos, antes de que tú te percataras de mi ausencia y me llamaras para que me uniera. Caminé lentamente y evité los ojos de todo el grupo, fijándome en tus zapatos. Apenas me dirigiste una mirada cuando me detuve a tu lado.
–Ellos también van a la fiesta.
Fruncí el ceño. Quise decirte que tal vez eso era demasiado conveniente, pero me calló tu semblante. Me pedías con la mirada que no te arruinara aquella oportunidad. En una torpeza de mi parte levanté la cabeza para toparme con el chico de cabello verde, que me observaba como si analizara mi reacción. Una sonrisa tuya a mi lado lo distrajo y me encontré de nuevo libre del escrutinio. Ellos pagaron unos cigarros y un refresco. Los seguiste afuera, llevándome contigo del brazo. Yo arrastraba los pies.
Avanzamos de nuevo, ahora hacia el norte. Tú no te callabas. Nos presentaste, no con nuestros verdaderos nombres, sino con los que habíamos acordado en el metro, en un tiempo que se sentía como días y no horas atrás. No recuerdo los nombres de ellos, porque estaba más preocupada por estar en guardia. Les contaste toda la historia que habíamos preparado y ellos respondieron con las preguntas esperadas: ¿qué edad teníamos? ¿Dónde estudiábamos? ¿Qué estudiábamos? Qué interesante, ¿conocíamos el café, el libro, la profesora…? Yo caminaba detrás silenciada por una doble preocupación. No sé aún hoy si les temía más al chico de cabello verde y su amigo o al barrio gris.
Un par de cuadras más adelante, aminoramos el paso. Nos detuvimos frente a un callejón diminuto entre dos edificios altos –para ver dónde terminaban, tenía que arquear la cabeza–, oscurecidos, con algunas ventanas rotas, y las puertas selladas con gruesos tablones de madera. El amigo se perdió en el callejón y nosotros nos quedamos en la calle, esperándolo. Me tomaste de la mano ─notaste que temblaba─ y yo te lancé una mirada de hasta aquí llegamos, seguro que nos matan. Tu sonrisa divertida me hizo pensar que no habías entendido mi mensaje. Continuaste tu conversación con el chico del cabello verde en la que pretendías que conocíamos lugares en los que jamás habíamos estado. Cuando me dirigió una pregunta, lo miré como si tuviera dos cabezas, no directamente a los ojos, probablemente con una cara de susto que lo hizo lanzar una carcajada y te hizo a ti arrugar la nariz. Su amigo salió del edificio.
–¿Había? –preguntó el chico del cabello verde.
Afirmó y le alcanzó una bolsa café que desapareció en algún bolsillo de su chaqueta, pero yo te vi seguirla con la mirada. En la siguiente esquina, le pediste que te la mostrara, como si fuéramos capaces de juzgar lo que habían conseguido. Miraste el interior. Lanzaste una exclamación de aprobación.
–Te dije que eran de buena calidad –dijo el amigo.
Me alcanzaron la bolsa antes de que tú pudieras detenerlos. Espié el interior, más por compromiso que por curiosidad. Al principio no entendí. Mi primer pensamiento fue lo extrañas que se veían esas bolas de billar miniatura. El amigo debió interpretar mi confusión como desaprobación porque me hizo dar un paso hacia la luz para que viera mejor. La imagen duró un momento antes de que tú tomaras la bolsa y la devolvieras al interior de la chaqueta. Te removiste nerviosa bajo mi mirada. Supe enseguida que habías esperado, deseado incluso, aquel encuentro.
La imagen permanece aún hoy en mi memoria. En el fondo de la bolsa de papel había tres esferas de vidrio, llenas de un humo plateado que se arremolinaba más pesado, más corpóreo de lo que debía, algo entre un gas y líquido, cuyas ondulaciones oscuras se movían bajo la luz con destellos metálicos.
Te tomé del brazo para detenerte y miraste alrededor con cansancio.
–Ni lo digas.
Tu voz era apenas un murmullo. Le lanzaste una mirada al chico del cabello verde para que continuara y luego una sonrisa. Probablemente, no querías que pensara que nunca antes habíamos visto esferas de sueños.
–¿ Vamos al barrio gris? –te pregunté; abriste la boca pero no te permití que me mintieras–. No me tomes por tonta. Tú y yo sabemos que la mejor experiencia de una esfera de sueños es en el barrio gris. ¿Sabes en lo que nos estás metiendo?
Mis preguntas se me resbalaron de la boca más angustiadas y agudas de lo que esperaba.
–No te pongas así –otra mirada hacia la esquina donde nos esperaban–. Sabes que una vez no pasa nada. No hay pruebas de que causen adicción la primera vez.
–¿Te estás escuchando? El problema nunca ha sido la adicción. Un sueño por un recuerdo. Tú lo sabes. ¿No te da eso terror? ¿Has estado durmiendo en todas la clases de problemas sociales?
–No seas pesada. Es sólo un recuerdo. No te creo que no te dé curiosidad. Obvio te has preguntado cómo se siente. ¿Te imaginas lo que podremos contar si terminamos en el barrio gris? ¿No quieres saber?
El tono de tu voz me heló como no había logrado hacerlo el clima.
–No.
–¿Todo bien?
Su voz nos interrumpió. Me lanzaste una mirada enfadada antes de voltear a ver al chico del cabello verde, que se acercaba de nuevo.
–Sí –le dijiste–. Sólo que se le olvidó el teléfono. Igual se regresa a casa por él.
No dije nada, mientras te permitía mentir y cortar nuestra discusión. Me estabas dando una salida que no te haría quedar mal; podía tomarla si quería.
–No queda muy lejos y ni va a servir. Es más, tal vez en una cuadra ya llegamos.
Se volteó. Te volteaste y yo los seguí. No tuve tiempo de meditar la situación porque media cuadra más tarde sentí el cambio. Había dejado de fijarme en las luces y la pérdida de rigidez en el suelo me agarró por sorpresa. De pronto, sentí que mi tacón se hundía un poco más, como si el suelo estuviera hecho de goma y no de asfalto. Mi pie se dobló y caí al suelo. Lancé un pequeño grito que te trajo a mi lado, mientras explicabas lo torpe que era. No sé cómo le hiciste tú para no caer.
Me ayudaste a levantarme, pero las rodillas me temblaban tanto que me apoyé en la pared para mantener el equilibrio. Los chicos habían cruzado a la otra esquina. Nos esperaban ya en el barrio gris. Reconocí su límite en cuanto volteé a verlos, por el cambio en la luz y los colores. Esa amenaza, que había estado siempre en la periferia de mi vida, como un lugar que le pasaba a otra gente o una posibilidad fuera de mi alcance, se encontraba a pocos pasos. Hasta esa noche, con aquellos chicos en la otra esquina, entendí el nombre coloquial para aquel fenómeno que repentinamente asaltaba zonas de la ciudad, invadiéndolas, transformándolas.
Todo color desaparecía en esa zona, incluso el cabello verde de tu chico había perdido intensidad; la luz ya no rebotaba en él como un minuto antes. Los contornos se difuminaban y por un momento no podía ni siquiera distinguir la diferencia entre su cuerpo y el poste junto a él. Te tomé del brazo antes de que avanzaras.
Hoy en día me pregunto por qué callé cuando quería preguntarte tantas cosas. Hubo un segundo en esa mirada cuando todavía existía la posibilidad de que regresáramos juntas al metro y permaneciéramos intactas como un todo dual. Si hubiera hablado, ¿te habrías quedado? ¿Podría haberte convencido? Un momento después cruzaste una sonrisa con el otro lado de la calle, desenlazaste tu brazo del mío y me miraste con desespero.
–¿Vienes o no?
El tono con el que hablaste me chocó. Observé la otra esquina, donde las sombras y la luz se difuminaban. Tantas veces me habían repetido lo que sucedería más allá, que lo sabía de memoria. La sensación de que el suelo perdía consistencia se intensificaría conforme nos internáramos en el barrio. En lo más profundo, las casas se fundirían unas con otras, los cristales parecerían derretirse y combinarse con los marcos de madera que los sostenían; en la media luz que lo enmarcaba todo en el barrio gris, se escondían todas las posibilidades. Ninguna de las cuales quería probar, a diferencia tuya. Me habías traído hasta allí en busca de los sueños de desaparecidos, para ver qué se sentía en tus ansias de conocer, de formar parte del país, oportunidad que te habían negado hasta el momento. ¿Por qué me llevaste contigo? ¿Por qué creíste que te seguiría?
Di un paso atrás.
Tú debiste sentir el cambio, mi ausencia a tu espalda, porque me miraste con desgano un momento antes de apurar el paso hacia la otra esquina. Tú también sabías que si te hablaba, podría convencerte. Desde allí te volviste, cubierta ya en el halo del barrio gris, iluminada por esa luz fantasmal, hecha de sombras y oscuridad, del mismo material que llenaba las esferas, alzaste un brazo, como saludo.
–Todo está bien, ¿ves?
El sonido de tu voz, como si las ondas se distorsionaran de un lado al otro de la calle, como si me hablaras a través de un aire más denso, me hizo dar un paso más hacia atrás.
–¿En serio te vas a quedar?
Quería decirte que nos regresáramos, pero las palabras se me escapaban. Podía reconocer el creciente desespero en tus rasgos. Finalmente, te hartaste de mi silencio.
–Bien. Pues vete. Nos vemos el lunes.
Diste media vuelta y con unos cuantos pasos te encontraste de nuevo con tu chico y su amigo. Yo te observé por largo rato desde la esquina. Te internaste en el barrio gris, tomada de su brazo. En la otra mano él llevaba una esfera nebulosa. Los sueños centelleaban, como si bailaran de gusto por volver a su ecosistema natural.
Sólo cuando la media luz te tragó, me di la vuelta. Corrí a pesar de los tacones y del dolor de tobillo, deshaciendo el rumbo hasta regresar a la calle principal. Al llegar al metro, lo encontré cerrado, así que me metí en la primera cafetería abierta que vi. En la butaca amarilla y dura, con la espalda hacia la puerta y una taza de té humeante frente a mí de pronto me asaltaron las ganas de llorar. La mesera trató de calmarme, me preguntó si quería llamar a mis padres –el maquillaje llorado le regresa la niñez a cualquiera. Yo negué.
Tomé el primer metro de regreso a casa; amaneció mientras cruzaba la ciudad. El viaje de cuarenta minutos silenciosos en un vagón medio vacío lo pasé sentada con las piernas cubiertas por el abrigo para ocultar todo rastro de esa noche, como si el miedo hubiera dejado su huella y se pudiera leer su marca en mis rodillas. Rehuí la mirada de los pocos desconocidos; incluso de la ventana donde los ojos ajenos de esa niña con la cara manchada de maquillaje, con los tacones lastimados por la huida, con el peso de tu ausencia sobre la espalda oscurecían la ciudad que pasaba. Del viaje sólo recuerdo la lentitud aparente del tiempo y el peso del teléfono entre los dedos, que esperaban tu llamada. ¿Estabas bien? ¿Qué recuerdo habías perdido en tus ansias de probarlo todo? Y el lunes en el colegio, ¿reconoceríamos nosotras, reconocerían las compañeras, la diferencia nueva y, probablemente, insorteable entre tú y yo?
Al llegar a casa les dije a mis padres que habíamos peleado para explicar por qué llegaba tan temprano. Confiaban en mí. Se limitaron a asegurarme que ya nos arreglaríamos mientras le echaban una mirada dubitativa a mis pies descalzos, que no habían aguantado los tacones en el camino de regreso.
El lunes no me saludaste y yo no te busqué. Cuando en el recreo me hablaste como si no hubiera pasado nada, entendí que de esa noche tú y yo no hablaríamos jamás. No hubo arreglo. Yo ya no sabía cómo ser parte del nosotras –antes tan mío– e ignorar lo que ahora nos separaba. Así que me resigné a no hablarlo, a existir alrededor de ese hecho como si no estorbara.
Ni siquiera tras huir al extranjero le confesé a alguien que esa noche te dejé en el barrio gris. Después de todos estos años sin tener noticias tuyas, todavía te imagino al otro lado de la calle, una esfera de sueños entre las manos, desdibujada por el efecto aglutinante del barrio gris; una imagen que nunca será un recuerdo conjunto –ni siquiera real– de la noche en que yo decidí perderte y tú, olvidarme.