U n automóvil Seat 1430; un bañador, un pitillo, un periódico; unas botellas (muchas); treinta y dos pastillas de Clometiazol … A primera vista, parecería que los hablantes del último libro de poesía de Manuel Vilas (Barbastro, España, 1962) buscaran “salvarse en las cosas”, como predicaba su compatriota Ortega hace un siglo. Pero la lectura unitaria del volumen revela que su presencia en los poemas tiene un sentido distinto. Las cosas asoman reiteradamente porque “la poesía es precisión” (“ Spanish dream ”) y en su entidad material contribuyen a anclar el verso en tierra, evitando abstracciones o vaguedades. Aunque, sobre todo, adquieren protagonismo porque, al igual que un Quevedo cuya aspereza a menudo comparte, Vilas no halla “cosa en que poner los ojos/ que no fuese recuerdo de la muerte”. No son las cosas, pues, tabla de salvación, sino memento mori para unos personajes barrenados por la Historia o desgastados por una cotidianidad roma y sin mayúsculas. Mujeres y, primordialmente, hombres que se pudren con los restos de su dignidad, incapaces de aferrarse a ella. “Ayúdame a desaparecer, ayúdame a no haber sido”, implora uno de ellos (“ Spiritual ”); y ante la dificultad de lograrlo en vida, con frecuencia pasan sus días en lugares que no lo son, porque existen solo para el tránsito: buscan su disolución en hoteles, piscinas, bares.
Manuel Vilas, El hundimiento . Madrid: Visor Libros, 2015. 148pp.
Tampoco encontrarán la salvación en el sexo, que tira de sus cuerpos no hacia una más alta vida, sino hacia la muerte, a la que ineludiblemente aparece asociado el deseo: en un “cine mortuorio”, junto al espectro –una vez más– de su padre muerto, el sujeto poético contempla cómo en la pantalla una actriz “exhibía un sexo rubio que ya no existe sobre la faz de la tierra. Estará descomponiéndose en algún cementerio” (“Montevideo”). Una poética de la degradación que bebe del Barroco, como fuera el caso de un Gimferrer o un Carnero tempranos; aunque en los versos de Vilas se nos muestra desnuda, sin los oropeles que en aquellos novísimos que nuestro poeta bien conoce –se acercó a ellos con certero juicio crítico– hacían intuir algo de esperanza redentora en las artes. Aquí, en cambio, escaso solaz parecen ofrecer las obras de los Baudelaire, F. Scott Fitzgerald , Lou Reed, Bob Marley, The Who …mentados en estas páginas. O de un invisible Jaime Gil de Biedma, cuyos versos iniciales en “Príncipe de Aquitania”, poema invocado por Vilas (en la pieza de homenaje póstumo al líder de Velvet Underground ) hechizan las páginas de El hundimiento : “Una clara conciencia de lo que ha perdido ,/ es lo que le consuela. Se levanta/ cada mañana a fallecer, discurre por estancias/ en donde sordamente duele el tiempo/ que se detuvo, la herida mal cerrada ” .
Como señala su acertado título, que resuena obstinadamente en muchos de los poemas, el régimen imaginario dominante en el libro es el descenso. Vivir, hacerse adulto, envejecer al fin, es hundirse poco a poco en el fango de la mentira, la insatisfacción, la pérdida. Toda posibilidad de salvación desaparece con la infancia, y por ello pide “El inmaculado”: “Dejad que los niños se ahoguen en los ríos ,/ en los mares, en las piscinas,/ en los lagos,/ en todas las aguas”. Solo entonces es positivo el hundimiento, porque de entre las aguas purificadoras ascenderían “a las atmósferas celestiales ,/ inmaculados, limpios, dorados, sagrados, calientes”. Los que sobreviven a la pérdida de la inocencia quedan condenados a la lenta degradación del día a día. Un declive refractario a lecturas sociológicas: no es el propósito retratar el fin de una civilización o una cultura, aunque se haga explícita referencia a la decadencia de un país que “se va a parar como uno de esos fúnebres relojes del siglo XIX” (“España, duerme”). Se trata del derrumbamiento de unos individuos que, en la mayor parte de los casos, no parecen haber tocado cielo alguno: un “animal moribundo” sucede a otro, sin más nexo que los una que el de su común ocaso. Tiene El hundimiento algo de descensus ad inferos . Pero ahí abajo hay fuego: con él enciende el autor su antorcha. Toca fondo Vilas, y así llega a su cumbre poética.
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