E l quejido se escuchó por toda la carretera. El animal apareció inesperadamente. Llevaba un pedazo de pan en la boca. Le di un toque al pedal. Las llantas rechinaron. Siguió el sonido seco del golpe. Levanté la vista al espejo y lo miré, la lengua de fuera, con la trompa alzada, quejándose de dolor.

–¡Pare, compañero! –me gritó con voz desgarrada mi pasajero.

Lo había recogido unos minutos atrás entre las manzaneras del volcán. El hombre olía horrible. Un tiro le había destrozado una pierna.

–¡Por favor!

Detuve el carro fuera del asfalto.

–Traiga al perro –me ordenó.

Pensé que el hombre estaba loco. La falta de sangre perturba a las personas y él había perdido litros. Era como un muñeco descolorido. Probablemente iba a morir. Eso dijeron los hombres que me lo entregaron envuelto en una sábana sucia y maloliente en el borde de la manzanera. El más joven, casi un niño, me contó que una patrulla había ingresado al campamento disparando. Mataron al posta y a dos mujeres, las cocineras, que habían madrugado a poner café. El resto huyó como pudo. Los soldados le pegaron fuego al campamento y se marcharon llevándose capturada a una jovencita que no consiguió huir.

–Cuando volvimos lo encontramos escondido en una zanja, consciente pero mal herido. Se quejaba…

Había recibido tres tiros. Uno de los balazos le partió una pierna. Perdía sangre. Enviaron una alerta por radio hasta la ciudad pidiendo que alguien llegara de urgencia a recogerlo.

El azar me escogió a mí para esa misión. Yo había salido unos días atrás de la misma zona donde se produjo el incidente, en la falda norte del volcán. El herido debía ser recogido en ese mismo sector. Intenté oponerme, por miedo, por cobardía, pero mis excusas no valieron. Abandonar a un herido era una de las mayores deshonras. Me dieron los detalles del lugar en donde debía entregarlo, a un equipo médico, en la ciudad, “si todo sale bien”, subrayó mi jefe.

El herido debía evacuarse esa misma tarde. Hicimos un plan. Yo subiría al volcán en un vehículo a mitad de la tarde para coincidir con el final de la jornada de los cortadores. En caso de que los soldados me detuvieran debía decirles que iba a una de las fincas a negociar una compra de café. Repetí mentalmente sus nombres: Miranda, San Juan, Los Mangos… No llevaría armas. Todo iba a salir bien si actuaba con aplomo. La entrega debía completarse antes de la hora en que iniciaba el estado de sitio. Después de las ocho de la noche los soldados disparaban sin preguntar

Tenía unas horas para organizarme. Andaba con papeles falsos. Lo principal era recobrar mi cédula y licencia de conducir, que estaban en manos de Verónica. Ella trabajaba en un noticiero de televisión. Éramos amigos, pero nos hacíamos favores sexuales. Vivíamos en medio de un país que se destrozaba y debíamos tratar de ayudarnos, sin compromisos, sin promesas. “Estamos juntos, pero seguimos solos”, nos decíamos. En una de nuestras despedidas, Verónica alquiló una habitación para que pasáramos una noche alegre, como solían hacerlo los fines de semana, en una ciudad asolada por el miedo, numerosas parejas y familias acomodadas. Se metían a los hoteles de cinco estrellas antes del toque de queda y organizaban fiestas escandalosas que finalizaban hasta el amanecer. Era otra cara de la guerra. Inventé una coartada y me escapé con ella. Llegamos al hotel a media tarde.

–Actúa con naturalidad –me advirtió.

Dos perros, obra del pintor salvadoreño Carlos Cañas (1924)

Dos perros , obra del pintor salvadoreño Carlos Cañas (1924)

El hotel estaba rodeado de soldados. En los pasillos podían distinguirse claramente numerosos policías de civil y guardaespaldas provistos de radios de comunicación y armas semiocultas debajo de sus guayaberas. Los altos mandos en uniforme le otorgaban a la escena el aire de una película de Visconti. En el ball room la orquesta interpretaba música tropical. Una mujer morena, menuda y atractiva se paseaba cantando entre las mesas repletas de gente. Al finalizar su interpretación volvió al estrado y se colocó por unos segundos el micrófono entre las piernas, como blandiendo un pene, escandalizando a la asistencia. Camino de la zona de habitaciones pasamos cerca del bar. Un grupo de chicas, que parecían sacadas de una viñeta de MTV, coreaba entusiasta el estribillo de la Canción de la guerra, del Culture Club. “ War, war is stupid / And people are stupid / And love means nothing… “. Verónica me guiñó un ojo. “Estúpidos”, dije entre dientes. Esa noche le entregué a Verónica mi pasaporte y mi licencia de conducir embutidos en un hueco excarvado con precisión entre las páginas en un librote de gramática española.

Cuando le mostré el dispositivo se echó a reír.

–Parece una película de espías –dijo, riéndose, echada sobre la cama.

Con algo de solemnidad le dije que aquello era como entregarle mis cenizas en una urna, provocándole más risa. El ruido de la orquesta se escuchaba hasta nuestra habitación, desde donde se miraba la alberca como un frasco de perfume. Teníamos una vista espectacular del volcán iluminado por la luna nueva. Parecía que bastaba con alargar la mano para tocarlo.

Llamé a Verónica desde una cabina pública. La noté apurada. Estaba por entrar a una grabación.

–Necesito el libro de gramática comparada –le dije.

Quedamos de vernos en un lugar donde solíamos citarnos. Llegó puntual. Fue maravilloso aspirar de nuevo su perfume. Me entregó mis papeles. Miré mi licencia de conducir. Apenas probé la comida: el miedo me había quitado el hambre. Desde luego, no le conté lo que estaba ocurriendo. Me animé a preguntarle si podíamos encontrarnos en la noche.

–Estoy saliendo con alguien –dijo, haciendo un mohín.

Después de dos segundos de silencio, añadió:

–Llámame a las siete. Si no respondo, no insistas.

Suspiré hondo. Verónica lo entendió como un reproche y me repitió el mantra: “Estamos juntos pero…”. En realidad yo pensaba que esa noche, si las cosas salían mal, en vez de estar con ella en la cama podía terminar en el congelador de una morgue. Al despedirnos le di dos besos, uno en cada mejilla. Entre nosotros, esta era una convención que indicaba peligro. Me guiñó un ojo y puso su mano en mi hombro.

–Todo saldrá bien, lo sabes…

Volví la vista hacia el volcán. Los rústicos campamentos de la guerrilla estaban allí, en medio de una pequeña selva de cafetales, árboles y flores. Peleábamos a muerte en medio de parajes parecidos a un inmenso jardín.

A media tarde salí manejando con rumbo norte. Una formación de enormes cúmulos se cernía sobre el valle de Zapotitán en dirección a la ciudad. En Apopa tomé la carretera que bordeando la falda conecta un arco de ciudades empobrecidas. Miré las casas al lado de la abandonada línea del tren, y a hombres y mujeres cargando sus niños. La vida comienza como el sueño de un niño hasta que uno se da cuenta de que el mundo es un lugar miserable. Miré el reloj del tablero: faltaban unos minutos para las cinco de la tarde. Frente a mí apareció el rótulo indicando el desvío hacia San Juan Los Planes. Subí por la calle de tierra. Me encontré al primer grupo de hombres y mujeres que volvían de la jornada. Les saludé haciendo un gesto con la mano y ellos me correspondieron. Solo unos días antes yo había bajado caminando por la misma calle, confundido entre un grupo que se dirigía a un culto evangélico. El corazón me palpitaba a toda marcha. Puse la radio para serenarme un poco. Reconocí el lugar indicado y sin pensarlo metí el carro a la estrecha calle manzanera. Prendí de inmediato las luces de parqueo, como se me había indicado, y avancé despacio. Después de unos segundos eternos apareció una mujer. Llevaba la señal convenida. Me detuve. Entre los cafetales estaba el grupo con el herido. Todos visiblemente nerviosos. Mientras acomodaban al hombre en el asiento trasero uno de ellos se acercó a la ventanilla para hablarme. Me contó rápidamente la incursión de los soldados.

–¡Vuele, o este hombre se muere! –me dijo en un susurro.

Miré a mi pasajero. Se quejaba de manera intermitente. Tenía la piel de un color verduzco y amarillo, y los ojos hundidos pero vivos, demasiado vivos. Movió la barbilla, saludándome con una sonrisa que era más una mueca. Me dijeron su nombre, pero lo olvidé de inmediato. El grupo de hombres se escabulló entre los tupidos arbustos. Me di cuenta de que si intentaba dar media vuelta en ese lugar la sacudida podía hacer que el herido cayera del asiento. Decidí conducir en reversa sobre aquella calle irregular.

–¡Agárrese como pueda! –le advertí.

Sacó la cara de entre la lona que le habían echado encima.

–Gracias por venir –me dijo, con la voz en un hilo.

Salimos a la calle en medio de una nube de polvo. Atardecía. Cuando empalmamos con la carretera pisé el pedal. Le eché un ojo al pasajero. Debajo de la lona no parecía humano. El aire entró con fuerza por las ventanillas y las cerré con el mando eléctrico. El mal olor de sus heridas engusanadas se hizo insoportable. Estuve a punto de vomitar sobre el volante. Abrí las ventanillas.

Fue en ese momento que arrollé al perro y recibí del herido la orden de recogerlo. Retrocedí, me bajé del carro y caminé en dirección al animal que se retorcía al otro lado de la calle. De una de las casas salió un hombre con el torso desnudo y un machete en la mano, seguido por unos niños. Estaba viejo. Tenía el pecho y la espalda cubiertos de canas y la piel renegrida por el sol. Seguramente era un cortador de caña. Unos vehículos atravesaron la escena sin detenerse.

–¡Ya me jodió al perro! –me gritó.

Instintivamente, levanté ambas manos a la altura del pecho para indicarle que estaba desarmado. Cuando estábamos a solo unos pasos el uno del otro le expliqué a gritos que no pude evitar golpearlo, pero que iba a llevarlo en mi carro a que lo curaran. Me miró con extrañeza. Los niños rodeaban al perro lloriqueando. Lo llamaban por su nombre. El viejo les ordenó que se apartaran. Blandió el machete.

–No lo mate, por favor –le dije.

Saqué unos billetes de mi bolsillo y se los extendí.

–¡Manejan como locos, pueden atropellar a un niño…! –dijo, irritado.

Se echó el dinero en un bolsillo y se devolvió hacia su casa seguido por los niños, diciendo a gritos algo que no acabé de entender. El perro no paraba de chillar. Tendría una alzada de sesenta centímetros. Lo primero que hice fue amarrarle la trompa con un pañuelo para que no me mordiera. Entre sus patas asomaba una inflamación encarnada, como una remolacha abierta. Como pude, lo llevé en brazos hasta el carro y lo puse sobre el piso, al lado del asiento del conductor. La camisa se me pegó al cuerpo. Miré: no era sudor sino sangre. El timón estaba untado de sangre. Mis pantalones también tenían un brochazo oscuro y sanguinolento, donde me había limpiado las manos.

–Si los soldados lo detienen, dígales que el perro es suyo y que lo lleva golpeado. Tendrán más piedad de él que de mí –me dijo.

Comenzaba a oscurecer. Cerca de la Carretera Norte miré de lejos las luces rojas de los stops de una larga fila de carros. Era un retén del ejército. Pensé que mi corazón se iba paralizar. Miré al perro de reojo. Se movía. Me repetí mentalmente la historia: “es mi perro… está mal herido… lo llevo a que lo curen…”. Encendí las luces intermitentes. Un guardia me hacía una señal para que siguiera. Pasamos a su lado evadiendo los conos anaranjados. Un sentimiento de gozo y dolor me atrapó por la garganta. Pisé el acelerador.

Llegamos a la ciudad. El tráfico comenzaba a ponerse duro a medida que se acercaba la hora del toque de queda. El perro reanudó sus lamentos. Tenía todas las ganas de sacarlo y abandonarlo en algún arriate, pero me disuadió el destello de sus ojos. Crucé la ciudad con rumbo oriente. Entre las callejas de Soyapango me encontré, de pronto, perdido. Maldije la vida. Después de un rato ubiqué la calle indicada. Comenzaba a llover. Prendí la luz de la cabina y le hablé a mi pasajero para decirle que estábamos por llegar al sitio donde le esperaba un equipo médico. No respondió. Detuve el carro. Levanté la lona. Le palpé la yugular. No sentí nada.