L a poesía de Ida Vitale es –como escribió Julio Cortázar– “ceñida y necesaria”. Lo ha sido desde su primer libro, La luz de esta memoria , de 1949, hasta el más reciente Mella y criba , que apareció en 2010. Sus poemas están sometidos a una constante depuración formal y se distinguen por la esencialidad afectiva, conceptual, sensorial, y por una suerte de lucidez saturada de belleza, con la que a menudo revive episodios de la historia del arte o del pensamiento. En la actualidad trabaja en un nuevo libro, del que Iowa Literaria ofrece tres poemas inéditos. (Luis Muñoz)
Hoja por hoja
Hoja por hoja vas entre las plantas
del extraño jardín en cuyo aire
te hizo brotar la vida y por las hojas
de libros mendicantes que te nutren.
Llevas preguntas que ninguno atiende.
Hay un portón cerrado que te espera
helando el paso de lo imaginado,
del asombro cabal de los asombros
donde abismarte y prodigarte en vano
y hasta del salto atrás que evita ocasos
en el día inmaduro y la sorpresa
que aún lo previsto puede depararte.
(Sólo debes prever no anticiparte.)
Las sombras y los signos sobresaltan
desde el follaje oscuro, cuando ignoras
qué bienestar te ofrecen, qué te cobran.
Vas en zigzag porque la recta aleja,
porque el círculo miente, no obra magia
sino cárcel y se hace espeso el aire
que de él no escapa.
Pero vas lenta porque aún no confías
en lo que la deriva te depare:
algo como una seña de esos dioses
que andaban por los cielos de tu infancia,
mitología de Humbert mediante,
con sus metamorfosis y terribles,
justicieras venganzas sin justicia,
nacimientos de flores, aves, fuentes,
manifiestas las gracias o las lacras
de seres primigenios, poderosos
que por un tiempo dispusieron todo:
para siempre jacinto o golondrina,
agua que mana nueva o lluvia de oro,
Danae pasiva, Pasifae ansiosa,
reacia Dafne, Io victimada.
Cuánta maldad de dioses no entendías,
cuánto temblor la tierra te anunciaba.
Pudiste detestar los perros, crueles
cuando una diosa dirigía la caza
y no entender cómo el castigo pueda
ensañarse en la sangre de los nietos,
cómo el canto de un pájaro por siglos
dirá su drama y Eco, la muy triste,
sólo va a repetir lo que otro diga,
anticipada voz de un partidario.
Así, entre siempre castigadas ninfas
con la fiel gratuidad de su condena
y ruiseñores por nacer al arte,
pudiste separar miedo de encanto
y del vivir, la muerte anticipada.
Un relámpago expreso se adelanta
a las gloriosas luces del verano:
pero a partir de entonces buscas siempre
la dríada en el roble, talismanes,
en el milagro de hoy, la antigua causa
y el mito que se obstina, en la palabra.
Mientras dentro de la caverna buscas
las imágenes siempre inalcanzables
para la oscuridad que va contigo.
Retrato de Pilar (1919) del pintor uruguayo Rafael Barradas (1890 – 1929)
Sueño en el campo nudista
En el Jungborn, instituto en el Harz,
hay colinas y un prado,
y en lo verde, cabañas.
Con cautela, abre Kafka
la puerta de la suya.
No le agrada la idea de ver aproximarse
algún cuerpo desnudo de los que a veces pasan.
Bajo la poca luz, hay tres conejos
que lo miran inmóviles.
¿Adustos? Vienen quizás a reclamarle,
a él, que está vestido, la intromisión
de lo innatural en lo natural:
gente desnuda junto a castos conejos,
arropados en su pelaje suave,
“variegati” diríamos, si ellos fuesen
tres plantas que han optado por moverse,
aunque por un segundo estarán quietas.
El aterrado Kafka olvida sus pulmones
y cierra. ¿Buscará abrigo en algún sueño?
Un pintor reflexiona
Qué pocas cosas hay en este mundo,
más allá de mis Cosas.
Está el sol, sí, que incendia
las paredes vecinas, los cables del tendido,
y aquí no entra porque
qué pensaría el alón del sombrero de fieltro,
el que perdió su copa,
y ya no puede abandonar el muro
y tengo por la Elipse.
Y las flores de trapo,
que ya pintadas sueñan
con ser frescas y hermosas, sin pensar
que después morirían inútiles,
¿qué dirían, mis eternas?
Sobre todo, ¿qué harían
mis ocres, lilas, rosas, mis marfiles
sesgados por las sombras
que entretejen mis líneas,
en su reino quietísimo?
No importa el sol, afuera.
Que le basten los rojos boloñeses
y el ladrillo ardoroso
y en mera luz y sombra
me deje al gusto de mis cosas.
Ya nos encontraremos
cuando pinte el pequeño parque,
que a mi amado Corot no tentaría.
Mis acuarelas se van a hacer
más leves todavía
y serán levísimas las tintas
que precisen el paso de la forma
por la bruma del color suficiente.
Un día pintaré un mandolino
que acompañe la danza de mis cosas
con sus sombras,
entre sí, de los sutiles trazos
que abrazan mis objetos.
Y ya toda Bolonia
será de un suaverrosa
sin presunción alguna
sobre el decimonónico hastío
de lecheras, henares, gallineros.