Las poseídas . Betina González. Tusquets Editores, Barcelona, 2013. 176 pp.
L as animadoras, los deportistas, los párvulos… La televisión americana nos ha acostumbrado a esos high schools en los que los personajes se organizan en colectividades que los identifican en la comunidad estudiantil, otorgándoles roles, definiéndoles, protegiéndoles. Ahí están también los jugadores del equipo de fútbol, los populares, los inadaptados, los miembros del club de ajedrez o de ciencias… El modelo se ha repetido hasta la extenuación desde Salvados por la campana ( Saved by the Bell , NBC, 1989-1992) hasta Glee (FOX, 2009). En el libro de Betina González, Las poseídas , su autora nos muestra una versión sarcástica y amarga de este tópico. Las pre-adolescentes y adolescentes del colegio religioso femenino de Santa Clara reproducen, en la zona norte de Buenos Aires, el viejo esquema de castas en el que un grupo de jóvenes, las Iniciadas, toman el papel de las animadoras, un grupo de “plebeyas” que forman la cohorte de Marisol Arguibel, una joven con el bronceado de una “barbie californiana”, fruto de “generaciones y generaciones de estancieros, decenas de Remedios y Merceditas, rugbiers y políticos sin doctrina que se hundían en el árbol genealógico de la Patria” (19). A estas porristas sin pompones se oponen “Las místicas” o “Hijas de la luz” (19), que deben su devoción al consuelo que la iglesia supone para su estatus de “catástrofes de la femineidad”; y entre los dos extremos, grupos o triunviratos formados por todas las versiones de la mediocridad: las atletas, las que siempre estudiaban, las pobres con beca, las fanáticas del rock, las acomplejadas, las putitas…(20-21).
En medio de este ecosistema de mujercitas, estigmatizado desde la mirada exterior como el caldo de cultivo de una comunidad queer a la que habría que añadir a las monjas y al profesorado seglar de una comunidad de clarisas que, al igual que en La Religiosa de Diderot, quizá jamás tuvieron la intención de tomar los hábitos, Betina nos presenta a su narradora, la Parker Lewis (FOX, 1990-1993) de esta particular versión argentina de un high school americano, María de la Cruz López, alias López. Una lectora ávida que cita a Pavese, descastada, con un pase de segunda al grupo de las Iniciadas pese a su pobre nombre (“era claro que llamarme María de la Cruz López me alejaba de esas chicas”, 31-32), gracias al dudoso honor de haber perdido la virginidad y que protagonizará ante nuestros ojos un proceso de desdoblamiento hacia la edad adulta, hacia el descubrimiento de una realidad más compleja y cruel, porque se ha resistido a pertenecer a ninguna comunidad que la acepte como miembro, a través de sus interacciones con la chica nueva, Felisa Wilmer, verdadero desencadenante de su transformación.
Felisa es una joven con tendencias suicidas, varias experiencias traumáticas y que afirma estar acompañada por la presencia de dos fantasmas. Su familia, que ha vivido en Europa, pero que está íntimamente conectada con el barrio del colegio, guarda un oscuro secreto que será el motor inicialmente oculto y progresivamente desvelado del proceso descubridor de las dos adolescentes.
Y es precisamente en el descubrimiento progresivo que López hace de Felisa, donde Betina afianza el desdoblamiento de la voz narradora de María hacia una López con la que a cada página es más crítica y una otra yo, más amarga, más madura y más consciente de sí misma que afirma, en una escena con tintes de transición chamánica: “La felicidad es un objeto que se rompe” (102). Esta segunda María, que utiliza la tercera persona para describir a López, irá progresivamente haciéndose con el control de las acciones del cuerpo de la joven: “Hasta López era consciente de sus atractivos, aunque solo fuera por los ‘piropos’ de los tipos en la calle […] Más allá de mis caderas” (34). Y más adelante: “Seguí haciéndolo. Sin plan ni método. […] A pesar de López, que todavía se preguntaba por qué, que todavía querían creer que estaba intoxicada” (105).
Esta narradora divida que se sitúa en un presente indefinido, nos muestra su pasado en medio de una Argentina “recién salid[a] de su peor dictadura” (21) y con la que interactuará escasamente. Si bien es cierto que, en los raros momentos en los que la situación política sale a relucir, la voz de la narradora no escatima en comentarios afilados sobre el lenguaje de la represión –“Botines ganados en la guerra contra subversión” (39)–, o sobre el peso del pasado y la recuperación de la memoria, en una sentencia que podría aplicarse a todas las ex-dictaduras occidentales: “El principio de un desenterramiento constante, de una arqueología instalada para siempre en el pan nuestro de cada día” (106).
López/Cruz no escatima tampoco en comentarios cada vez más afilados sobre la sexualidad de las muchachas y de las miradas de los “otros”, aquellos que ven el colegio desde fuera, que marcan a las jóvenes de cortas faldas con sus propios deseos y filias, que cubren las tapias del colegio con comentarios obscenos más o menos ajustados a la realidad, que, en su vertiente más exacerbada, se manifestarán en las figuras de un viejo exhibicionista trastornado y la sombra, el recuerdo, la ruina, de un antiguo pedófilo del barrio.
En definitiva, una novela cuya narradora se descompone y reconstruye ante nuestros ojos mientras lacera con fuerza los roles sexuales y sentimentales de una sociedad en proceso de cambio en la que se adivinan los fantasmas, reales e imaginarios de una dictadura, del pasado de las altas clases sociales y el peso más amargo de la entrada en la edad adulta. Un relato concentrado y teñido de grises cuya narradora nos deja con la insatisfacción de un final abierto porque, al fin y al cabo, es imposible darle un final a la propia biografía.