–¿Y cómo es? –pregunta Juana con los ojos muy abiertos.

–Es un pueblo muy pequeño con una granja llena de animales –contesta su padre.

–¿Hay vacas? –dice incorporándose.

–Claro. Vacas, gallinas, caballos.

Juana se tapa la boca con la mano para reírse. Cumplió seis años hace una semana.

–¿Y hay mar?

–No, al mar os llevaremos mamá y yo este verano.

Juana esconde la cara debajo de la almohada para amortiguar los gritos de emoción que es incapaz de contener. Su padre baja las persianas por dónde se cuelan las escasas luces de los edificios vecinos de enfrente. Las noches se llenan de silencio en esta ciudad del interior escondida por la niebla en invierno y abrasada por el sol en verano.

–Papá, dile que se calle –se queja Martina, su hermana mayor, que lee un libro tumbada en la otra cama.

La habitación es pequeña y tiene los suelos de corcho. Las dos camas están ligeramente separadas y las paredes están forradas con fotografías, mapas del mundo, posters infantiles, dibujos de la escuela.

–Juana, si no duermes no podrás ir a la excursión –le advierte su padre.

Ella nunca ha ido de excursión, no se ha bañado en el mar, ni tampoco ha visto la nieve. Sólo conoce la calle en la que viven, la misma dónde está el parvulario, la panadería, el parque y el quiosco.

–Muuu…muuu… –grita poniéndose de pie en la cama.

Su padre no puede evitar reírse hasta que se escuchan los pasos firmes de su madre acercándose por el pasillo, el ruido de sus pies descalzos rebotando contra el suelo de parquet rompe la intimidad que habían creado. Juana se estira en la cama, se tapa con las sábanas hasta la nariz y cierra los ojos. Martina lanza el libro al suelo, apaga la lámpara de la mesita de noche y se tumba de cara a la pared.

–¡Basta! Son más de las diez de la noche –grita su madre desde el marco de la puerta. Lleva unas bragas negras y una camiseta blanca y ajustada de manga corta. A pesar de los dos embarazos, su cuerpo se mantiene perfecto. El pelo rubio y largo le cae desordenado por los hombros y la espalda, ensalzando esa belleza natural de la que siempre ha renegado. No existen fotos de ella con sus hijas. No existen fotos de ella con su padre.

La distancia adecuada. Acuarela de Alejandra Alarcón.

La distancia adecuada .
Acuarela de Alejandra Alarcón .

Su padre trata de sonreír, y le hace un gesto con la barbilla para decirle que se vaya. Las niñas se han quedado inmóviles, sólo el temblor en los párpados las delata.

Antes de irse, su madre recoge el libro de Martina del suelo. Procura dejarlo encima de la mesa pero está nerviosa y tira al suelo un bote lleno de lápices. Él lo recoge pacientemente y después apaga las luces de la habitación. En la oscuridad, les canta Yesterday de los Beatles como si fuera una nana. Se inventa la letra, desafina y repite el estribillo muchas veces, pero a ellas no les importa, les gustaría que no terminara nunca. Al cabo de un rato, sigilosamente, se va.

Martina se ha quedado dormida y Juana, más calmada, observa las estrellas fluorescentes que su madre pegó en el techo el día de su cumpleaños. Las une con líneas imaginarias, las conecta con otros planetas. Luego imagina formas de animales y se inventa palabras. Piensa en las vacas, en las gallinas, en la excursión, y esconde la cabeza debajo de la almohada para no tener que escuchar la discusión de sus padres. Siempre discuten por las noches. Su madre amenaza a su padre, le acusa de no quererla y él trata de calmarla. De nuevo, escucha los pasos golpeando el suelo pero esta vez dirigiéndose al balcón. Ella abre la puerta, él le suplica que pare pero ella insiste y solloza cada vez con más rabia. Él pierde la paciencia, y grita que está harto de toda esa mierda.

Juana entrecruza los dedos de sus manos y reza en voz baja las oraciones que le enseñó su abuela. Le pide a Dios que la noche termine, que amanezca pronto, que el autocar arranque y empiece de una vez por todas la primera excursión de su vida.

–Por favor, por favor… –susurra mirando hacia el techo, buscando a Dios entre las estrellas fluorescentes de plástico.

Juana escucha los gritos de su madre, llegan hasta su habitación como si estuviera lejos, en una casa distante.

–Martina, Martina… –murmura, intentando despertar a su hermana.

Martina no abre los ojos pero se hace a un lado de su cama y levanta las sábanas. Juana se mete rápidamente y piensa que lo más lejos que ha ido es al túnel de lavado. Todos los viernes por la tarde, su padre las recoge en la escuela y van a lavar el coche. Ella se sienta en el regazo de su padre, Martina en el asiento del copiloto, y le piden a su padre que ponga su canción favorita. El mejor momento es cuando los rollos gigantes de colores atacan el coche por fuera como si fueran alienígenas.

Por la mañana, cuando la besa en la frente para despertarla, su padre nota las décimas de fiebre. Juana abre los ojos y lo abraza desbordante de alegría. La niña está tan entusiasmada que su padre obvia la alteración en la temperatura. La abriga bien, la tapa con la bufanda y le pone las orejeras rosas. Le pide a Martina que la acompañe a la parada del autocar.

–Estás muy roja –dice Martina en el ascensor acariciándole las mejillas.

–¿Tu has ido alguna vez de excursión? –pregunta Juana.

–Claro.

Martina le abrocha bien el abrigo y Juana asiente, satisfecha por poder ser cada día un poco más como su hermana. La niebla envuelve las siluetas de los padres y los niños que están en la parada. El cielo todavía está oscuro y las farolas encendidas. Martina toma a su hermana de la mano y la lleva hasta el autocar.

–¡Martina! ¡Fumo, fumo! –dice expulsando humo por la boca, dando pequeños saltos.

Los padres, encogidos por el frío, se despiden de sus hijos. Los abrigan, los besan, se aseguran por quinta vez que en sus mochilas haya el bocadillo, el zumo de naranja, las galletas.

Las profesoras suben los niños al autocar y los acomodan en los viejos asientos de cuero.

–Juana, ten cuidado. No grites ni te separes nunca de los otros niños, ¿vale? –le dice su hermana antes de que una de las profesoras la suba al autocar y la acompañe al lado de Aída, su amiga. Se sonríen y Aída le da un pedazo de su galleta de chocolate.

Los padres insisten en despedir a sus hijos, extienden sus manos al aire diciéndoles adiós una y otra vez, dispuestos a aguantar hasta que al autocar lo engulla la niebla.

La profesora que acaba de subir está embarazada, camina entre los asientos con dificultad. Cuenta a los niños, se asegura de que no se dejan ninguno.

–Están todos, podemos irnos –dice finalmente al conductor.

En ese preciso momento aparece corriendo la madre de Juana. Toca con los nudillos los cristales de la puerta del autocar.

–Alejandra, ¡déjame subir! –le grita tiritando a la profesora embarazada. No le ha dado tiempo de ponerse el abrigo.

–¿Qué pasa? –pregunta la profesora cuando se abren las puertas.

–Es Juana. Tiene fiebre –dice avanzando en el pasillo, buscándola entre los niños.

Juana come su galleta distraída cuando ve a su madre. Instintivamente, agarra la mano de Aída. Su madre se acerca a ella y pone dulcemente los labios en su frente. Juana permanece inmóvil.

–Cariño, lo siento –susurra antes de tomarla en brazos.

La mano de Aída se resiste a soltarse, las voces de sus amigos piden que no se vaya. Unas gruesas lágrimas asoman en sus ojos más abiertos que nunca.

–No, mamá, déjame, no… –insiste su voz quebrada.

Con la cara escondida en el hombro de su madre, escucha como las puertas se cierran a su espalda y el autocar, finalmente, arranca sin ella.

A la una del mediodía Juana, sentada en su cama, mira dibujos animados. Cada vez queda menos para que su hermana vuelva del colegio. Se consuela pensando que quizás su padre las lleve al túnel de lavado, que quizás por la noche les dejen beber Coca-Cola. Su abuela ha venido a cuidarla y teje unos calcetines en los pies de la cama. De pronto, los dibujos se cortan y dan paso a unas imágenes confusas que muestran los restos calcinados de un autocar colisionado contra un tren de carga. La escena está envuelta por nubes de humo muy densas. Hay hombres vestidos con abrigos de plumas y chalecos antirreflectantes moviéndose desesperados. Hay coches de bomberos cortando la circulación del tráfico, ambulancias con las puertas abiertas, tiras de papel de planta cubriendo manchas oscuras en el pavimento, gruesas mantas amontonadas en la cuneta.

Suena el teléfono y mientras su abuela habla, Juana trata de cambiar el canal pero no lo consigue.

–Está aquí, está aquí –repite su abuela poniendo el auricular en la oreja de Juana. Al otro lado no habla nadie, pero ella nota los nervios, la alteración, la alarma.

Esa tarde su padre no las lleva al túnel de lavado. El teléfono no para de sonar y es él quien contesta y asegura que están bien. Lamenta una y otra vez la desgracia. Antes de cenar, su madre prepara una bañera caliente con aroma de lavanda. Juana está contenta porque su madre ha pasado la tarde jugando con ella, abrazándola, dándole besos continuamente. Hacen pompas de jabón. Martina está sentada en el váter leyendo uno de sus libros.

–Juana, el lunes vas a cambiar de colegio –dice su madre tiernamente.

Juana mira los muñecos de plástico que flotan en el agua.

–No, ¿por qué?

–Ha habido un accidente y no podrás volver al parvulario. Tampoco podrás volver a ver a tus amigos –le explica mientras lava su pelo.

Juana cierra los ojos porque se le ha metido jabón, porque no entiende lo que le dice su madre, porque no le gusta cuando se pone seria, cuando llora y dice cosas malas. Coge aire y se sumerge debajo del agua. Piensa en el autocar, en la excursión, en el mar, en la nieve que nunca ha visto, en las vacas de los cuentos. Y entonces imagina a sus amigos divirtiéndose en ese mundo que tanto insisten en esconderle.

–¿Me dejarás beber Coca-Cola? –es lo único que dice cuando emerge de nuevo.

Esa noche sus padres no discuten y le permiten dormir con ellos. Su padre le ha prometido que, muy pronto, van a llevarla de excursión. Ella sueña que está sentada en el autocar con Aída y hay una vaca en medio de la carretera que no les deja avanzar.

De la pared de su habitación cuelga una foto en la que todos los niños están disfrazados en el patio del parvulario. Es carnaval, y hay princesas, brujas, hadas, mosqueteros, héroes. Han pasado seis meses desde el accidente y la familia está terminando de empaquetar. Se mudan de casa, de barrio. Juana lleva meses malhumorada porque sus padres no la dejan ir al quiosco ni a la panadería, tampoco la dejan jugar en la plaza de siempre. A veces, cuando caminan por la calle y se cruzan con alguno de los padres de los niños muertos en el accidente, la esconden, le piden que entre en el portal de un edificio, que se oculte detrás de un coche.

Su padre revisa la habitación de las niñas que ahora está vacía. Sólo quedan las estrellas fluorescentes en el techo y la foto en la pared.

–Juana, ¿por qué la dejas aquí? –dice su padre arrancándola.

Ella se encoge de hombros. No le gusta esa foto. Va disfrazada de gato, tiene unos bigotes pintados en las mejillas y, de entre todos los niños que fueron sus compañeros, es la única que llora.