Parte de la narrativa de Israel Centeno está marcada por su estadía en Londres a principios de los 80’s. Pero también por lo que el crítico J.A. Masoliver Ródenas ha definido como: “un mundo de una intensísima carga erótica marcado por la violencia, por el incesto, por las transgresiones sexuales y por las contradicciones en el terreno político y social”. Presentamos dos de sus relatos.
Performance
Mis ejércitos soñados, derrotados sin haber existido,
Mis cohortes aún por existir, deshechas por Dios.
Fernando Pessoa
Caracas está al otro lado de Highgates

Mick Jagger en Performance.
La vida pudo haber sido distinta, nunca; no pudo, no existe el atenuante, la especulación es ociosa. En estas noches soñaba; caminaba por las calles de Londres o de Caracas; hace años y no ahora a pesar de ir al lado de Álvaro; hace años que no veo a Álvaro y él vive en Londres, caminábamos como siempre; en mi sueño él había cambiado; fue un paseo en el presente (los sueños carecen de tiempo) hecho hace años. Han cambiado muchas cosas; entonces el mundo estaba dividido en dos bloques muy definidos (dos poderes detestables) y Bob Marley cantaba con su banda en un pub de Brixton, en el lugar donde filmaron la película Nueve Orgasmos, vimos películas de Sex Pistols. No tenía claro nada sobre mi vida, ni siquiera vivirla, me levantaba y vagaba por los parques o me iba a una academia de pintura a ver a las jóvenes de Adelaide hacer bosquejos de anatomía en carboncillo; al día su óbolo, su oración; caminábamos y cuestionábamos al poder, más tarde haríamos lo mismo en Caracas, eran largas caminatas, comíamos panqués de cannabis, el cielo se cruzaba de relámpagos sobre las estructuras victorianas, sobre las casas de ladrillos rojos de Belzeizes Park; los parroquianos caminaban con el aire de Boris Karloff, sombríos; nos reíamos de esas tonterías, del sepia, del blanco y negro, de la azulada tormenta de la noche londinense; desembocábamos al oeste, llegábamos hasta más allá de Kensington; los comercios hindúes dejaban escapar el irritante olor de sus especias, el sauna del curry; los negros de Trinidad vivían en Portobelo y en Portobelo vivieron mis amigos antes de conocerlos, vivió mi tío cuando tuvo que vivir en Londres, fue el espacio de las primeras comunas en los sesenta. Álvaro me contó que en la casa en la que ellos estuvieron, Mick Jagger filmó una película sobre gánsters ingleses; no es lo mismo, son gansters distintos, creo que me insistió: un hombre duro del Soho se esconde en una comuna y allí vive experiencias al límite con Mick, los hongos, el sexo y el ácido; era una película de bajo presupuesto: Performance. Los sueños duran poco, dicen que no más de dos o tres minutos, pero yo estuve soñando toda la noche, cada vez que me despertaba, y me desperté muchas veces, soñaba lo mismo, andaba con Álvaro, era mi tío, eso me dijo una noche de diciembre hace muchos años: fui a una fiesta y me enamoré de una pelirroja de Zimbawe, el amor no duraba más que unas horas y tuvimos malos entendidos, no nos comunicábamos muy bien, a lo mejor era activista contra el apartheid, yo me empeñaba en verla como una segregacionista blanca, pudo haber sido el amor de mi vida, adoré sus ojos transparentes, las pecas de su cara, sus labios grandes; por Dios, qué sabía yo de segregacionismo, por entonces repetía muchas frases hechas, no supe hablar con ella y no había leído a autores surafricanos, me volví a casa y anduve con un peso doloroso sobre las puntas de los pies, caminaba a rastras y en mi ánimo imperaba la obstinación, todos hacían diligencias para que yo entrara a una academia a estudiar cine, tenía que enseriarme, aprender bien el inglés, irme a casa de unos amigos de Gales y hacer vida de campo, el plan era perfecto; y no sé dónde comenzó el quiebre, pude haberlo conversado en estos sueños; los sueños son despóticos, dictan el libreto y nadie puede saltarse una línea, y en las líneas del sueño no estaba contemplado hablar de los desaciertos ni de los resentimientos; ambos deseábamos hablar, comentarnos cosas, pero Álvaro sólo me dijo en el sueño: me enfermé por haber tomado una pócima química; pensé en la alquimia y vi su abdomen, tenía el abdomen de quienes han tomado fósforo, eso pensé en sueños; en aquella época todo era más simple, ser de izquierda nos confrontaba con el poder, condenábamos a los soviéticos, a su intervención en Afganistán, al estado opresivo en Alemania del Este; era tan aberrante como la dictadura de Pinochet, y la intervención en Vietnam fue oprobiosa; hablábamos mucho de la situación de los mineros en Escocia, la recesión, del Ejército Republicano Irlandés e íbamos a los Jumble Sales con Martin, él sabía buscar bluyines y sacos para el invierno. El adversario era todo aquello que restringía la voluntad individual y colectiva, cualquier voluntad segregacionista, recordé a la mujer de Zimbawe, la he recordado fuera del sueño luego de tanto tiempo, y me levanté y sentía ganas de hablarle a alguien de mi sueño, no pude sino medio escribirlo en un correo electrónico, estaba movido, me desperté; el sueño no me dio la oportunidad para decirle a mi amigo, fueron buenos tiempos y debemos vernos de nuevo para hablar, estuve en Londres hace casi dos años y busqué la casa donde vivía, quería mostrarle a mi hija dónde fui feliz, y nadie me supo dar razón de ustedes, mis amigos; convirtieron los squoters en condominios, y se veían tan iluminados como siempre, no pude decir en el sueño: le dejé escrita una carta a P, los esperé en vano en el Instituto Cervantes. Los eventos pasan y poco se puede corregir, hoy he comenzado a escribir un diario a mano, y continué obsesionado con mi vida inglesa; ahora son las cinco de la tarde, me he pasado el día esperando una llamada de un centro que otorga pasaportes de emergencia, debo viajar a Albuquerque y responder a un compromiso, no llaman, sólo queda el día de mañana; veo el diario junto a mí, tomo los lentes, me revienta pasarme las tardes en casa: recuerdo una tarde de invierno, lavaba mi ropa hacia final de Fleet Road, donde comienza Hampstead, tomaba té o café aguado y caliente con Álvaro, era invierno; estábamos prolijos, recién bañados, estábamos bendecidos por la luz oblicua bajo el cielo transparente del invierno, felices por nada; irónicos, a él le debo la vena insoportable de la ironía, y libres, sin proponernos elaboramos una hipótesis, lo hicimos, estuvimos seguros o de acuerdo: los sueños son opresivos, en ellos perdemos por completo el control. No pude hablarle, también me es difícil aceptar la tiranía del pragmatismo; es tarde, no me han llamado, espero aún por el pasaporte y leo El viento de la luna.
¡Rightrightrigth! ¡Welliwell!

Escena de La Naranja Mecánica
Era invierno y tenía una estufa de kerosén en mi cuarto, vivía en un barrio de gente acomodada al norte de Londres, no era una casa cualquiera, era una casa ocupada por un grupo de personas muy heterogéneo. Mi cuarto no era mi cuarto y la ventana que daba hacia la calle tenía un jardín cultivado por su dueño; yo era un patán, ocupaba aquel lugar a cambio de regar el jardín y cómo lo regaba; cada noche, cada vez que sentía la vejiga llena lo meaba con íntima y resentida satisfacción. Era invierno y tenía estufa de kerosén y la casa donde vivía era una vieja casa de madera; todo crujía y aquella noche, no era la primera noche ni sería la última, Tommy, mi vecino de cuarto, tiraba con su amante. El amante de Tommy era Albert. Hay puntos de vista, hay quienes disfrutan viendo y escuchando a otros cuando se cogen; el dueño de mi habitación organizaba orgías y se limitaba a ver y masturbarse; debajo del colchón que me prestó encontré consoladores extraños, adminículos de más de cuatro puntas, parecían árboles serrados y truncos; se puede ser trunco pero no serrado, sólo trunco. A la cuestión: parecían penes de muchos glandes con formas de muñones cancerberos; él coleccionaba esas cosas y aceites, también coleccionaba mujeres muy gordas, ballenas lozanas, cerditas rosas; cómo le gustaban las mujeres gordas; el dueño del cuarto escondía sus peniques debajo del aislante del sleeping bag, ahora comprendo que eran minas cazabobos, de todas maneras, cada noche yo cogía prestado algo para tomar unas pintas de cerveza y escapar de aquellos rebuznos de amor. Era invierno, tenía una estufa de kerosén en mi cuarto, había niebla dentro de mi cuarto y venía de tomar unas cervezas con los peniques que escondía mi anfitrión debajo del aislante, estaba ebrio y cagado del frío, me puse a oler mis sábanas. Tenía mis sábanas propias y las lavaba cuando decidía sacar el olor de una mujer de mi vida; siempre olían a las mujeres con las que me acostaba: olían a Martha, a Linda; olían a Mona; y ellas no estaban entonces y los vecinos de cuarto disfrutaban con vehemencia; rebuznaban con ahínco; me puse las orejeras para el frío, pero aquel sonido equino remecía todo lo que estuviera dentro de mi cabeza; me puse la bufanda a manera de venda y recuerdo que se me vino la imagen del Guernica de Picasso: las bombas y el relinche del caballo, el mugido del toro; tomé mis cosas, me paré frente al jardincito, ante la ventana que daba a la calle por donde soplaba un viento que llevaba escarchas sucias hacia el sur, meé profusamente, meé la cerveza negra y la sidra, meé clarito y espumante sobre la tierra donde crecían unos cactus o unas matas espinadas, había otros pequeños árboles de salón, y a pesar del amoníaco y las otras sales de mis riñones, persistían y se ponían más hermosos; sentí rabia esa noche, porque a mitad de la tiradera de los vecinos, percibí que en realidad yo estaba haciendo algo bueno por aquel jardín odiado. No pude más, tomé mi saco, abrí la puerta, se estremecieron las estructuras de toda la vieja casa y me eché a correr escaleras abajo, olvidé los guantes, no iba a devolverme por eso; entré a la cocina común y allí estaba Cindy, fumaba marihuana y tomaba té. Ella había sido la mujer de mi tío y había quedado resentida por aquella vaga relación, porque nunca ocultó su animosidad en mi contra; sus ojos claros miraban un punto muerto y se iluminaron malignamente al verme irrumpir con tan mala leche y desánimo; parecía decir, como los droguies de La Naranja Mecánica: ¡Rightrightrigth! ¡Welliwell! aquí estás, my dear. Cindy tenía el pelo corto, muy rubio, no se peinaba, parecía uno de esos niños malos de los cuentos de Dickens; metió una mano por el cuello de su bata negra y comenzó a acariciarse, se mimaba el pecho, rojo como un trozo de roast beef, y luego dejó que sus grandes tetas salieran al frente, respingonas como las damas de Coven Garden; continuaba mirándome con la cara de ¡welliwell!, y me alcanzó el armado de marihuana, comencé a respirar con fatiga, no podía disimular, di dos inmensos jalones que me marearon antes de que la yerba lo hiciera de verdad, ella hacía correr sus dedos por los pezones, ambas aureolas grandes se contrajeron.
El monte seca la boca y mi boca se inundaba de burbujas, recordé las espumas sobre las grupas de los caballos cuando corren o tiran, tenía en mi boca espuma de caballo y Cindy sonreía: ¡Rightrightrigth! ¡Welliwell! Siempre quise mantener mi orgullo, nunca pretendí humillarme, de rodillas, sí, pero con la boca atrapando las aureolas rosas de los pezones de la pícara: “acá” resolveremos todo, las miserias de la vida de Cindy junto a mi tío, sus malos polvos, aquella noche de escarchas sucias, mi resentimiento con el dueño de habitación y los vecinos rebuznantes. Comenzaba el momento de aquel olor a pimienta inglesa, a mostaza, a mermelada, a carne cruda, la mía carne, la viva y sufriente carne de la escocesa; tiró del cinto de la bata, la abrió, se expuso desnuda frente a mi, abrió las piernas y extendió los brazos; me convertí en un violoncelo virtuoso que interpreta algo barroco, en un objeto de quejas y sin voluntad, ella acariciaba y yo fabricaba espuma en mi boca en torno a sus pezones, de inmediato ella metió las manos debajo de mis trapos y se convirtió en una hiedra despótica mientras se hacía penetrar, sus abrazos cubrían mis vértebras hacia el centro del culo; entonces me dijo algo, una palabra antes de sembrarse reivindicando a los tallos del jardín víctimas de mis micciones nocturnas: “rebuzna pequeño, tiembla, yo haré de tu barro leche”.