–¡I mbécil! –gritó uno, al que le decían cerdo.
Las clases de la escuela se terminaron el viernes veinte de agosto de 1982.
Yo quería llegar a mi hogar, sacar el telescopio de la cochera y sentarme en el techo junto a mi padre para observar el eclipse lunar. Había esperado este momento todo el año.
Salí de la escuela por la salida trasera del edificio. Sabía que la pandilla de Rolf me estaba buscando para golpearme, todo por el premio de ciencias que me había dado el director, el señor Rubio. Me quería dar una buena golpiza, como las que le daba su primo, el militar; eso lo repetía, cerca de mi oído, cuando el profesor Méndez salía a su despacho después de las clases.
El espantapájaros de la propiedad de la señora Díaz no había podido ahuyentar a los cuervos que ahora volaban en círculos sobre las propiedades de los granjeros.
Foto de Iván García.
Caminaba cerca de la carretera. Al otro lado, estaba el caño que expedía el olor a rata muerta, que cubría todo Texarkana como el gas de una recámara. Me había acostumbrado a esa porquería, pero la lluvia de las últimas semanas, la había hecho insoportable.
Antes de llegar a la estación de gasolina, escuché las risas. La Ford vieja del señor Milton pasó a mi lado y se estacionó en la gasolinera para ponerle aire a las llantas.
–¡Qué regreses imbécil! –escuché por segunda vez. Era la voz de Rolf.
Me desvié y me acerqué a la camioneta del señor Milton.
Reflejados en la ventana lateral de la Ford podía verlos. Golpeé en el cristal, pero el señor Milton puso el seguro.
Estaban parados al otro lado de la carretera y llevaban el uniforme de la escuela.
Rolf jugaba con el bate. Aseguré mi morral.
El señor Milton encendió la camioneta. Lo miré y me miró.
Golpeé el vidrio de nuevo. Sin embargo, aquel hombre odiaba a mi padre porque de los trescientos empleados que estaban en la lista de despidos de la compañía de gas del estado, el nombre de papá no apareció. Al señor Milton, que llevaba más tiempo en la compañía, sin embargo, lo despidieron.
Aceleró, volvió a salir a la carretera y yo quedé allí solo.
No lo pensé: me lancé a correr hacia el campo. Salté la cerca oxidada de la propiedad de la señora Díaz. Atrás mío venían los cinco corriendo. Antes de llegar a la otra cerca, me tropecé con un tronco de madera. Me cayeron encima como hienas sobre un pedazo de carne descompuesto.
–Creíste que te irías de vacaciones sin llevarte un buen recuerdo –dijo Rolf.
Me levantaron y me llevaron a la granja desocupada. Una camioneta sin llantas, con los vidrios rotos, estaba parqueada afuera de aquella edificación de madera gris. En el interior me empujaron y me fui de cara contra la tierra.
–Rolf –déjalo, dijo uno–. Ya estuvo bueno.
–Cállate.
Rolf se sacó la pija.
–Esto es bueno.
Me orinó la cara. El Cerdo se reía junto a él.
Mi respiración se cortó.
Me dieron patadas en el estómago. El golpe de una piedra en la frente me noqueó.
Todo fue silencio en mi interior.
No supe cuánto tiempo transcurrió hasta que recobré la conciencia. Me dejaron en ropa interior. Tenía costras de sangre en los oídos. Me toqué la cabeza. Del cráneo nacían dos deformidades. Moví un brazo, el codo me traqueó. El dolor lo sentí en la garganta. Me paré, pero el mundo me dio vueltas. Salí de la granja arrastrando los pies.
Había anochecido.
El cielo estaba despejado.
La luna había adquirido un color sepia. La miré por unos segundos. Parecía que fuera a reventar.
Apreté los ojos, cerré las manos, y pensé en mi padre.
En el camino, antes de llegar a mi hogar, encontré a los hijos del señor Milton. Estaban en el porche de su casa. Al otro lado estaba el papá, que con su rostro lleno de grasa miraba el motor de su camioneta. Por años enteros, toda la familia había acumulado chatarra oxidada en el jardín. Los perros viejos, tirados alrededor del hombre, me ladraron. El padre y los niños me miraron, pero ninguno habló. Al otro lado del camino estaba mi casa. Seguí. La luz de la cocina estaba prendida. La estela salía por el cristal de la sala. La puerta principal estaba sin asegurar. Moví la herradura suavemente. Entré en silencio. Escuché algunas voces que venían de la cocina, miré el reflejo del espejo del comedor, y vi, alrededor de la mesa, sentados, al tío Emerson, las dos gemelas, hijas de su primer matrimonio, mi padre y mi madre. Papá y el tío Emerson estaban inmersos en la conversación sobre el asesinato de una mujer a dos quilómetros de allí. Permanecí en silencio. Con cautela, salí a la cochera, tomé el telescopio, y subí a mi habitación.
Las escaleras y la segunda planta estaban en penumbra.
Mi madre escuchaba el vuelo de una mariposa; la escuché que subió detrás de mí.
–Zack –dijo mi madre en voz baja desde el hall.
–Ahora no puedo, mamá –respondí desde la oscuridad de mi habitación.
–Tu tío Emerson ha venido. Te quiere ver.
–Imposible –dije y cerré la puerta.
Me senté en la cama.
Sentí como si todos los gritos que quería expulsar se hubieran clavado en mi tórax.
Me acosté de medio lado y me cubrí con una sábana.
–Mi amor –me dijo mientras abría la puerta.
–¡Déjame en paz! –le dije.
Se sentó en el borde de la cama y levantó la sábana.
–¡Por Dios! –dijo.
–¡Que me dejes! –repetí.
–Qué sucede –gritó papá desde la primera planta.
–Nada –respondió mamá, consciente de la presencia del tío Emerson en casa.
Mamá se puso en píe y cerró la puerta.
–Qué te ha sucedido –preguntó.
–Rolf –dije.
–De nuevo –afirmó mamá–. Debemos ir al hospital.
–No.
–¡Sonia! –gritó papá.
–Permanece aquí –me ordenó ella.
Cerró la puerta y bajó las escaleras rápidamente.
–¿Con quién hablabas? –preguntó papá en la primera planta.
–Con nadie –dijo mamá.
–Entonces te enloqueciste. ¿Has escuchado de Zack? Debería estar en casa. El eclipse va a empezar. Creí que había dicho que lo veríamos juntos.
–Viene en camino –mintió mamá.
–¿Seguro que no quieres esperar al muchacho? –le preguntó papá a su hermano.
–Me gustaría. Pero debo marchar. Felicítalo. Estamos orgullosos de él.
–Así lo haré.
–Con permiso, Emerson –dijo mamá y se retiró.
Regresó a mi habitación, dejó la puerta abierta. Escuché que abajo movían las sillas, papá y su hermano se estaban despidiendo.
–¿Todavía piensas marchar a Dakota del norte? –preguntó el tío Emerson mientras salían de la cocina junto a mi padre.
–Sí, en dos semanas. Hay gas para todo el planeta allá –dijo papá.
–Acá también –afirmó mi tío.
–Van a volver a despedir empleados. Un colega me ha dicho sobre una compañía de energía canadiense que está en Dakota. Mandé toda mi información hace unas semanas. Me han llamado el lunes para decirme que empiezo en quince días –continuó papá.
Escuché que abrieron la puerta principal.
Me acerqué a la ventana envuelto en la sabana. Me escondí detrás de la persiana. Los observaba. Mamá estaba a mi lado.
Hablaban parados al lado del carro viejo del tío Emerson.
Papá le dio un abrazo largo y un beso en la frente a las gemelas. Mi tío y sus hijas subieron a su auto. Enfilaron por el camino empedrado.
Papá entró en casa.
–¡Qué extraño, Sonia. Debería haber llegado…! –afirmó desde la primera planta.
–Entonces fueron los mismos de la escuela –afirmó mamá en voz baja.
Mamá cerró la puerta de mi habitación.
–¿Qué ha pasado? –insistió.
–¡Sonia! –gritó papá.
–Estoy en la habitación de Zack –respondió ella, finalmente.
Escuché los pasos de papá.
Cuando papá entró en la habitación me observó, pero le costó reconocerme.
–Llama a la policía –afirmó mamá.
–No –interrumpí–. Estoy bien.
Papá me miraba. Lo conocía. Nunca hablaba en una situación inesperada. Ahora se mordía los labios, parecía que fuera a explotar de la ira.
–La policía, eh. Ha sido el mismo muchacho de siempre –dijo él y salió de la habitación.
–No cometas una locura –dijo mamá.
Papá bajó las escaleras y cerró la puerta de un golpe que retumbó en toda la casa.
–¡Nathan! –gritó mamá y fue detrás de él.
Papá salió de casa, seguido por ella.
Los observé desde mi habitación. Discutían.
El señor Milton observaba desde el otro lado del camino, desde el jardín de su casa.
Sentí un vacío que se extendía en el mundo. La noche se abría frente a mí como un libro de ciencia ficción. La luna era escarlata. Abrí la ventana.
Una ráfaga de viento entró.
–¡Papá! –lo llamé –. ¡El eclipse!
–No cometas una locura, por favor –repitió mamá.
Él la miraba en silencio. Tragando saliva.
Ella lo abrazó y colocó el rostro contra su pecho. Papá cerró los ojos y la besó la frente.
–Regresemos –le pidió ella.
Mamá me curó las heridas.
Cuando papá subió a la habitación, nos sentamos en el borde de la cama frente a la ventana. Calibró el telescopio. Afirmó:
–La sombra de la tierra es un cono con dos partes. La umbra es oscura. La penumbra es tenue. En la umbra la luz solar está totalmente bloqueada. En la penumbra la luz todavía puede brillar de forma parcial.
Después papá no habló por horas.
Miraba el cielo atrás de la ventana sentado en el borde de mi cama. Se quitó los zapatos y se acostó a mi lado.
Nos abrazamos.
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