L e conocí como Spider Man, como Kalimán, como el Capitán Nemo, como el Hombre Invisible, como un guerrero Jedi, como un mosquetero a servicio de un príncipe encarcelado por una tía malévola, como un astronauta en un viaje galáctico. También le conocí como un viajero del tiempo, atrapado en un año y un lugar que no le pertenecían.

Fue el novio de mi mejor amiga, Lupe, la Shy Girl. De chicos los tres formábamos un grupo de outsiders: él era nuestro líder. Fue el bookworm de su clase: leía comics cuando podía y luego los cambiaba por novelas de Stephen King y después de Kurt Vonnegut. Fue el niño que a los trece años tuvo que hacerse cargo de la familia cuando nuestro padre nos abandonó.

Pero fue hasta cuando se convirtió en cholo y luego yonqui que mi hermano mayor, Todd, se pasó.

Volverse tecato fue too much. Y no ayudó nada el que Lupe también le siguiera.

Lupe. Está a mi lado. No me dice nada. Los dos estamos sentados en el puente antiguo de Sutliff que cruza el río Cedar. Mira hacia arriba. Al cielo. A las estrellas.

Estas noches de Iowa me recuerdan a las noches de California, me dice después de un rato.

Nos conocemos desde que éramos morritos.

A los doce años, Lupe y yo corríamos por entre los huertos de naranja para tumbarnos debajo de un árbol y leer lo nuevo de los Cuatro Fantásticos, Batman, Kalimán o de nuestro favorito, Green Lantern. Todd se iba a otro árbol porque andaba metido en las novelas de Stephen King.

Unos años antes Todd le entraba también a nuestros juegos y aventuras. En uno de mis favoritos me imaginaba como miembro del cuerpo de la liga de los Linterna Verde. Me encontré un anillo verde que usaba para convertirme en superhéroe. Me inventaba historias donde alguien estaría en peligro y saldría con mi anillo y diría el juramento de la Linterna Verde –“In brightest day, in blackest night, no evil shall escape my sight…”– para luego salir al auxilio de mis amigos: Todd, en papel de astronauta, en batalla contra un alien del planeta X del sistema Hydra; Lupe como reportera en peligro por una abeja gigante convertida así por unos pesticidas usados en los huertos; una familia –Todd y Lupe– en una lucha para evitar al Toro Martínez, un hombre malo que controlaba a los zombis, a los demonios y a la migra.

¡Eddie!, me gritaba Todd, ¡Ven, ayúdame! ¡Necesitamos trabajar juntos para vencer al barón Harkonnen!

¡Lalo!, me gritaba Lupe. ¡La abeja viene a atacarnos!

Años después, cuando veía como perdía a los dos, imaginaba que en algún lugar olvidado tenía mi anillo verde y que con él podría salvarlos. Pero ya era demasiado tarde.

Sutliff Bar, Lisbon, Iowa. Foto de Santiago Vaquera-Vásquez.

Sutliff Bar, Lisbon, Iowa.
Foto de Santiago Vaquera-Vásquez.

A los quince años Lupe empezó a oír el llamado de las cholas. Y eso –como sabíamos ya por el ejemplo de Marissa, que ahora se llamaba La Candy– era más fuerte que el canto de las sirenas. Nos sentábamos en la colina del parque infantil y veía como empezaba a poner menos atención en los comics y más en el grupo de las cholas a la entrada del parque. Cerca de ellas estaban los cholos frente a sus carros. Obvio que eran mucho más interesantes que los superhéroes de los comics, ya que sus disfraces no consistían en capas o mallas ajustadas. Llevaban ropa ancha, camisetas blancas demasiado grandes y planchadas. Las cholas se peinaban el cabello en penachos altos y mantenidos firmes por botes de hairspray; los cholos llevaban el pelo corto y se ataban pañuelos a la frente. En vez de nombres como Wonder Woman, Ant Man, Supergirl o Batman, llevaban nombres más cool: La Sleepy, El Tróbel, La Mousie, Sir Muecas, Giggles, Lil Puppet, Leidi Baga. Cosas así.

Luego entendí que aquellos cholos y cholas del valle central llevaban un estilo forjado en los barrios y las calles de ciudades como Los Ángeles y San José. Pero a mis quince años y lejos de esas ciudades no entendía eso: lo que veía era un grupo de jóvenes vestidos de una manera ridícula. A diferencia, Lupe veía un grupo de outsiders como ella. Me di cuenta de eso la tarde que llegué al parque infantil y la encontré sentada con las cholas. Me vio entrar al parque pero no me llamó. Sabía que no me interesaba formar parte de ese grupo.

De allí en adelante empezamos a vernos menos hasta que empezó a salir con mi hermano después de su primer año en la universidad de Cornell; volvió ya no como el nerd de antes sino como un cholo. Dreamer, le llamaron.

Al ver a la chola de Lupe, se fijó en ella. Y ella se fijó en él. El Dreamer y la Shy Girl.

Hay una foto en algún álbum familiar. Quizá la única en donde están los dos de novios, ya que después de lo de Todd, mi jefa le echó toda la culpa a Lupe y prohibió que su nombre se mencionara en casa. Todd y Lupe, vestidos de cholos, tomados de la mano y en paseo por el parque. Él lleva pantalones kakis con tirantes negros y una camiseta blanca; en el cabello tiene atado un paliacate. Lupe, delgada, con el cabello largo y lacio cuidadosamente peinado, sobre maquillada, con pantalones negros y camiseta de tirantes. Los dos juntos en el atardecer del parque con miradas de felicidad. Juntos caminaban en el aura de su dicha, seguros de que nada ni nadie podría sacarlos de allí.

Lupe. No la había visto en más de diez años. Una tarde al salir de mi clase sobre geografía cultural, la encontré sentada frente a mi despacho en la universidad. Tenía una maleta a su lado. Casi ni la reconocía.

Me sonrió y me dijo, Hey punk rocker.

Hey, Shy Girl, le contesté.

Bajó la mirada y el cabello negro se le cayó a la cara.

Hace años que nadie me llama eso.

A mí tampoco.

En el camino de Iowa City a West Liberty le dije que me alegraba de que decidiera buscarme en la universidad, ya que no vivía en la ciudad desde hacía unos seis meses. Me compré una casa en West Liberty, un pueblo a unas quince millas de Iowa City. Me gustaba por ser pequeño y por tener una comunidad mexicana bastante grande.

Suena a Orland, me contestó.

Ya verás.

Antes de llegar a la casa hicimos un recorrido por el pueblo. Le mostré la calle del downtown, con sus edificios de mediados del siglo veinte y su único cine. Pasamos al lado de la empacadora de embutidos y le comenté que me recordaba un poco a la fábrica de Musco que antes teníamos en Orland. Noté que en vez de terminar el pueblo en campos de maíz y huertos de naranja y aceitunas, mi pueblo terminaba en campos de maíz y soja. Lupe se maravilló, me llamó loco por haberme mudado a la versión Iowa del pueblo donde crecimos en California.

Mi casa está en una esquina cerca del centro. Tiene unas vitrinas grandes frente a la acera, no tiene yarda. Si te parece tienda, le expliqué cuando nos estacionamos, es porque lo era. Los ex dueños la convirtieron en casa y vivieron aquí unos diez años hasta que la compré.

Esto no lo encontramos en Orland, me contestó asombrada.

Más tarde, después de arreglarle la cama que tenía en mi despacho, salí al patio mientras Lupe descansaba. Miraba pasar a los carros y me acordé de la última vez que la vi.

Era el quinto aniversario después de la muerte de Todd y volví a Orland para estar con mi familia. Fue poco después de mudarme a San Diego para empezar mis estudios de doctorado, luego de hacer mi maestría en Austin. Al principio no pensé en ir, para no faltar a clases en mi primer semestre. Fue mi hermana quien me convenció.

Eddie, necesitamos estar juntos para apoyar a mamá. No sé por qué, pero este año lo siente mucho más que antes, me rogó por teléfono. Me subí a un Greyhound en San Diego y me fui a Orland.

La primera noche decidí caminar por el pueblo. Al salir a la tarde fresca, pensé en mi curso sobre geografías de la migración y cómo mi propia familia estaba marcada por aquello. Mis jefes cruzaron la frontera unos meses antes de que naciera Todd. Vinieron porque mi jefe tenía unos tíos que vivían allí y le dijeron que le podrían conseguir un buen jale en Musco, la fábrica de aceitunas. Llegaron, según me contó mi jefa años después, en un Greyhound bus desde Calexico, en la frontera. Vinieron con poco, tres maletas y nada más. A poco más de un año de que naciera Todd, mi jefa –embarazada conmigo– se regresó a México con una maleta, un hijo en pañales y la intención de nunca volver a cruzar la línea. En el norte se quedaba mi jefe alcoholizándose en las cantinas y casi siempre regresaba a casa listo para pegarle a alguien. Mi jefa recibía los golpes sin decir nada. Pero fue la noche en que él pateó la cuna de Todd cuando ella decidió juntar sus cosas y escaparse. Mi abuelo, el jefe de mi jefe, les regresó al norte después de amenazar a mi padre.

Todo esto me lo contó mi jefa una semana después del entierro de Todd. Mis hermanos estaban dentro de la casa y mi jefa y yo salimos al porche. Veíamos las torres de la fábrica de Musco ya cerrada porque la compañía mudó la empacadora a Tracy. En la casa tenía mi maleta empacada para volver a New Hampshire. Sabía que mi jefa no quería que me fuera. A la vez ella sabía que lo tenía que hacer. Había rumores de que a nosotros, los hijos de los trabajadores mexicanos, no nos tocaba ir tan lejos. El ejemplo de Todd demostró que la Ivy League no era para nosotros, que tal vez deberíamos quedarnos más cerca de casa.

Y así fue. Daniel se fue para la universidad de Chico, a veinte millas de Orland. Hugo también. Esperanza, la Giggles, después de muchas discusiones con su jefe que no quería que estudiara pudo convencerle de tomar clases en el Community College. Después de un par de años ella se fue a la universidad de Sacramento. Beto Fernández se fue a San José. Fidencio fue más lejos, a San Luis Obispo. Se llevó con él a los gemelos Tapia, Manuel y Samuel. Y después de sus años de estudios, casi todos volvieron a Orland y sus alrededores.

Lupe. Lupe no salió. Ella se quedó.

Pasé el edificio donde Lupe vivió después de que su padre la sacó de la casa. La corrió a los dieciocho y terminó alquilando un apartamento pequeño que a veces compartía con Todd, ya de regreso después de dos años en Cornell. De ser el joven estrella de su curso Todd terminó como el gángster de su universidad; las peores notas, las peores faltas y con varios problemas con la administración. También empezó a ser arrestado por pequeños atracos a gasolineras entre Ithaca y Syracuse. Me acuerdo de las llamadas telefónicas, mi madre que tenía que ir a buscar a un bail bondsman para que pudiera sacar a Todd del bote. Antes de que le corrieran, decidió dejar la universidad y se regresó a California. Volvió a casa distinto. Más delgado. Más distante. En los ojos se le notaba que ya se estaba volviendo adicto.

Todd llegó la noche de mi graduación de la secundaria. Fui admitido a Dartmouth y mi jefa casi no me dejó aceptar. Fue Todd quien la convenció. Aunque había pasado por problemas, mi jefa nunca dejó de creer en él. Ella negaba ver lo que todos notábamos. Los cambios de ropa, de actitud, la energía nerviosa, las pausas, la mirada distante. Mamá negó que había cambiado. Que siempre fue callado. Que siempre fue solitario. Que siempre estuvo metido en su propio mundo.

De ser morrito creativo e introspectivo, ahora era más cerrado. La creatividad que tenía –le gustaba mucho dibujar y siempre hablaba de ser artista o escritor de cómic– se volvió más tenue, más diáfana. Muchas veces no podía seguir una conversación. Brincaba de tema en tema. Otras veces simplemente se quedaba callado, mudo, perdido en su silencio. Supongo que fue por eso que le nombraron Dreamer.

Para mí siempre fue Todd.

Cuando pasé por el high school, me quedé un rato parado al lado del campo de fútbol. Allí era donde se hacían las graduaciones. Me senté en las gradas y me acordé de la noche de mi graduación siete años antes. Después de la ceremonia, Todd fue uno de los primeros en felicitarme. Se vino corriendo por entre la gente para darme un abrazo fuerte. Se notaba que había estado con los demás cholos, sus homeboys, en el parking lot. Antes de irse para Cornell, ellos veían a mi hermano como un nerd o un vendido que había rechazado a la raza por querer ser gringo. Cuando volvió a Orland en su cholo style, después de su primer año allá, le aceptaron como uno de ellos y le perdonaron todo.

Carnalito, mi carnalito, lo hiciste, lo hiciste, me decía mientras me abrazaba. I’m so proud of you, ése. Mi carnalito, no sabes lo proud que estoy de ti, cabrón.

Y para felicitarme me dio una bolsita de marihuana.

It’s weak, ése, tengo algo mas potente allá con los homeboys. Pero tú no debes entrarle a eso, me dijo.

Le sonreí y la puse en mi bolsa. Más tarde la boté en la basura. Luego se fue a felicitar a Lupe que casi no pudo graduarse por sus notas. Fui yo quien le ayudó a completar los cursos. Después los dos se fueron a seguir la fiesta con los amigos. No volví a ver a mi hermano hasta tres días después.

El verano antes de irme a New Hampshire, Todd y yo volvimos a compartir la habitación como antes. Al principio fue divertido porque me pasaba la noche escuchándole contar sobre la universidad. Me dijo que había mucha gente racista en el campus, incluso los otros hispanos que venían de familias adineradas. Por ser el chico que salió de los campos, todos esperaban que él confirmara sus propios sentimientos de ser oprimidos por el sistema. Ellos, que nunca vivieron el racismo, querían que Todd lo representara para que ellos también pudieran afirmar que conocían de cerca la marginalidad y la pobreza. Y después de varios meses, eso fue lo que hizo. Me lo imaginaba: el niño astronauta quitándose el casco para atarse un pañuelo a la cabeza y ponerse unos pantalones anchos y camiseta talla super large. Otro rol en una vida de roles.

Todd, el joven nerd con sueños de ser astronauta, ahora Dreamer, el cholo.

Lupe también pasaba mucho tiempo con nosotros en casa. Al principio ella venía por la tarde y los dos se desaparecían en la habitación. Me quedaba mirando la tele porque Todd me ponía una cara de no molestarles. Después empezó a meterla a la habitación por la noche. Dejaba la ventana abierta y ella llegaba como a la medianoche. Intentaba dormir en mi cama mientras los escuchaba cuchicheando bajo las sabanas. A veces se ponían a fumar porros al lado de la ventana. Todd sin camiseta y Lupe en bragas, bajo la luz de la luna.

Nunca le dije nada a mi jefe, pero estoy seguro de que ella sabía. No se le escapaba nada. Pero tampoco dijo nada. Lo que hizo fue convertir el garaje en habitación para Todd. No usó tanto esa habitación ya que empezó a pasar más tiempo en el apartamento de Lupe. Un año después de que empecé en Dartmouth, Todd se fue a vivir a San Francisco con unos amigos. Poco después terminó en las calles.

Una tarde, cuando todavía compartíamos habitación, escuché a Todd decirle a Lupe que lo que más le gustaba de ella era su cabello. Decía que le encantaba meter las manos en él, le gustaba perderse en ese pelo. Luego levantó un mechón y se lo puso encima de la cara.

Después de pasear por el high school caminé por el parque que quedaba al lado. El parque infantil estaba allí y me acordé de la noche en casa en que vi Close Encounters of the Third Kind . Todd me lo había enviado desde Cornell. Era una de sus pelis favoritas. Luego de verla quise ir a la colina que estaba en el centro del parque. Debajo había una serie de túneles donde Todd, Lupe y yo en otra época jugábamos. A veces Todd y yo pretendíamos que éramos guerreros buscando el enemigo en su base secreta dentro de un volcán. Otras veces nos imaginábamos astronautas incomunicados en un planeta extraño, como en la película de Robinson Crusoe on Mars o en la serie televisiva de Lost in Space . Algunas veces Lupe se unía a nosotros para participar en nuestras aventuras. Después de leer la versión cómic de The Time Machine , Todd nos convenció de que los tres éramos viajeros en el tiempo y que nos habíamos perdido en una época que no era la nuestra. Ya cansados después de corretear por allí, nos tirábamos en la cumbre de la colina para mirar a las nubes.

Ya mayores nos gustaba ir de noche para hablar o contar historias. Llegué al parque en mi bicicleta, la cabeza llena de ovnis y aliens y me subí a la colina. Escudriñaba las estrellas para averiguar cuál de ellas podría ser un UFO o nave espacial cuando Lupe me sacó de mi búsqueda.

Lalo, ¿qué onda? Me miró y se sentó a mi lado. Tenía poco tiempo en su look de chola y me confesaba que no estaba segura si le gustaba vestirse así. Llevaba pantalones anchos y una camiseta de tirantes. Yo llevaba una camiseta que un primo loco de Los Ángeles me mandó, era de una banda punk, The Zeros. Mi primo estaba muy metido en la onda punk y me había mandado camisetas y casetes de música de bandas como The Zeros, The Bags, X y the Plugz.

Veo que tú y yo estamos cambiando de look, me dijo. Te voy a llamar Punk Rocker.

Me reí y le contesté, Buen nombre. Tú también has cambiado. Pronto creo que ni tú ni yo nos reconoceremos.

Nos sentamos allí un rato. Finalmente me dijo que sus amigas querían darle un nombre nuevo. Algo para el gang. Le querían poner la Sad Eyes. A mí me pareció un poco dramático. Le miré el cabello y cómo le cubría la mitad de la cara.

¿Por qué no Shy Girl?, le sugerí.

Lo pensó un rato. La Shy Girl. Y miró hacia arriba, a las estrellas. No me parece mal.

Después de otro rato se paró, me miró fijamente y se despidió. Volví a mirar las estrellas y pensar en las naves espaciales.

A la entrada del parque infantil me acordé del funeral. Vinieron muchos de la comunidad. Por una parte llegaron por respeto a mi jefa. También sabía que la mayoría vino por el chisme. Mis tías, que nunca se habían preocupado por nosotros –sobretodo cuando mi madre necesitaba ayuda de dinero– llegaron llorando la muerte de Todd. Los maestros de la escuela vinieron a dar el pésame. Miraba a la gente pasar y pensé en lo que me había contado Todd en esas semanas que volvimos a ser roommates. La gente siempre quería que se confirmara cualquier idea que uno tenía sobre el otro. Para algunos mi hermano era el tecato típico que merecía todo lo que recibió, para otros era el niño estrella que se extravió, para su gang era un hermano perdido en la batalla, para mi mamá era el hijo mayor a quien le tocaba sacar la familia adelante y que cayó en el intento.

La única persona de la comunidad que no vino fue Lupe. Después supe que mi jefa prohibió que se acercara. Lupe tuvo que despedirse de mi hermano en privado. A la vez me dijo que tampoco le importó tanto: se metió tantas drogas antes del funeral que perdió el sentido del tiempo y así sintió que tenía a Todd a su lado.

La luna estaba llena y grande cuando llegué al parque infantil esa noche. Fue allí que la encontré. Lupe, sentada encima de la colina. Miraba hacia arriba, a las estrellas. Me quedé un rato parado bajo un pino. Luego me fui a casa sin llamarle.

No volví a verla hasta esa tarde que la encontré en la universidad. A través de amigos, supe que desde la muerte de Todd cayó más en las drogas. No tocó fondo hasta un par de años después cuando terminó como él, homeless en las calles de San Francisco. Me dijo que despertó una mañana en un callejón cerca de City Hall y decidió que ya, ya no quería eso. Ya no quería esa vida. Salió del callejón y se regresó a casa. Le tomó mucho tiempo quedar limpia y recuperarse.

Consiguió mi dirección gracias a una de mis hermanas. Se encontraron una tarde en Big John’s y se pusieron a hablar. Caminaron un rato por el centro hasta que Lupe tuvo el valor de pedirle mis datos. A las pocas semanas se subió a un Greyhound.

Unos días después de llegar me contó que el viaje desde California le tomó casi una semana, sobre todo porque cada vez que tenía que cambiar de bus –en Sacramento, Reno, Salt Lake City, Denver y Omaha– dudaba si seguir o no hacia Iowa City. No estaba segura si la dejaría pasar a mi casa o si ese deseo de verme fuera tan bueno.

Me alegré de ver a Lupe de nuevo, aunque tampoco sabía qué pensar de su visita inesperada. Hacía tiempo que no pensaba en ella o en Todd. Mi hermano ya había dejado de aparecerse en mis sueños. Casi nunca recordaba nuestra última conversación, cuando me llamó desde San Francisco. Era una noche de invierno e intentaba escribir un trabajo para una de mis las clases en Dartmouth cuando sonó el teléfono. Todd. Quería contarme de su intento de buscar a nuestro padre. Sentía la distancia en su voz, las pausas raras y las palabras que terminaban en suspiros. La conexión también era pésima y las pausas y silencios se llenaban con un metálico ruido blanco. Sonaba como que llamaba desde Marte o algún otro planeta más distante. Por muchos años despertaba en la madrugada con el eco de ese ruido blanco. Una señal que venía desde los outer limits, me parecía.

En los días que estuvimos juntos, Lupe me contó de su vida en los últimos años, de sus esfuerzos para retomar el hilo de una vida que sentía que se desenredó. También habló de nuestra juventud cuando correteábamos por los campos y los huertos; de las tardes en que nos sentábamos en la colina para leer comics o mirar al cielo. Aunque sentía que estaba entre nosotros, Todd nunca fue mencionado hasta esa noche que fuimos a la taberna de Sutliff, al lado del río Cedar.

Sentados en el puente antiguo que cruza el río, me cuenta de esa mañana cuando despertó en el callejón.

No me lo vas a creer, me dice. Vi a Todd esa mañana. Pero lo vi doble. Al final del callejón estaba como cuando regresó de Cornell. Cholo y yonqui style. No era el Todd que se vestía como un diamante, que cuidaba el estilo, no era el bato con quien caminaba por el parque y me sentía, no sé, reina o algo. No. Era el Todd de poco antes de la sobredosis. Flaco flaco. Con los ojos hundidos. Al otro final del callejón, estaba allí también. Pero no en su look cholo. Estaba vestido como cuando éramos niños. O sea, normal para el pueblo. Creo que incluso llevaba una camiseta de Flash Gordon o Star Wars. Lo primero que pensé fue que el loco se había vuelto time traveler de verdad y que de alguna manera dos versiones de él se encontraron en el mismo tiempo. Freaky, ¿verdad? Me paré junto a un muro y miraba a los dos. En ese momento entendí que tenía que tomar una decisión.

No le respondo. Miro arriba. Es verdad, le digo, una de las cosas que más me gusta de vivir en Iowa es que me recuerda al Orland de nuestra juventud. Tanto cielo. Tanto campo abierto. Tantas estrellas.

Lupe mira arriba. Luego me pregunta: ¿Por qué no me llamaste esa noche que estaba en la colina? Te esperaba y supe cuando llegaste. Pero no me dijiste nada.

No sé qué contestarle. A nuestra derecha se oyen las risas de la gente en la taberna de Sutliff. Hay algunos niños que juegan a las escondidas. Miro los carros estacionados al lado del puente.

Lupe vuelve a hablar. ¿Te acuerdas de cuando jugábamos los tres en los túneles? ¿Los juegos en los que Todd nos hacía pretender que éramos viajeros en el tiempo o astronautas extraviados? A Todd siempre le gustaba mirar a las estrellas, incluso cuando estábamos más perdidos de la mente. Nunca dejó de pensar que era un astronauta extraviado. Missing. Así se imaginaba. Y a nosotros, tú y yo, nos tocaba buscarlo.

Todavía, le contesto.