Portada de La gran ventana de los sueños

La gran ventana de los sueños . Rodolfo Fogwill. Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2013. 144 pp.

E l 21 de agosto se cumplirán tres años de la muerte de Rodolfo Fogwill, el escritor argentino más polémico de las últimas décadas. Pero si sólo hubiera controversia en su figura, su brillo en vez de cautivar molestaría, y no es el caso. Siempre hubo talento, un talento raro, violento, extraterrestre. La gran ventana de los sueños es el primero de los tres libros póstumos que dejó. Durante largo tiempo llevó un diario de sus sueños, los anotaba, los analizaba, los confundía con apuntes de otra naturaleza. El libro que acaba de publicar Alfaguara es una muestra pequeña de todo ese material acumulado, una síntesis en la que el gran escritor no se limita a narrar sus sueños, si no que los interviene, los analiza, los clasifica, hace de ellos un mural de su inconsciente, como si el propio Fogwill fuera el guía autorizado que lleva a sus lectores por ese laberinto de imágenes fetiches que lo obsesionaron: ahí aparecen los colegios, las fábricas, las empresas, los barcos, los hospitales, los cementerios, los autos, las piscinas: lugares que abundan en buena parte de su obra. Escenarios recorridos por su voz, recreados, en algunos casos explicados. “En los sueños, a los espacios naturales, estelares, marinos y andinos se llega. A los espacios institucionales se pertenece o se retorna”. Hay algo de manual de taxidermia en este libro, escrito, eso sí, con esa escritura tan intensa y tan rápida, de un ritmo apabullante que pocas veces decae.

Para Fogwill soñar es un proceso que en más de un sentido se emparenta con escribir. Ambos responden a un misterio, comparten dispositivos similares. “Releer lo que uno ha escrito se parece a recordar un sueño”. Y lo que hace a lo largo de este libro breve que sólo pudo ser escrito en una considerable cantidad de años, es disecar sus sueños: fijarlos con la escritura, detenerles el movimiento para que otros puedan acceder a ellos. Se trata de uno de esos libros de difícil clasificación que mezclan autobiografía con ensayo, diario íntimo con apuntes sueltos que funcionan como un laboratorio de la escritura.

Siempre me gustó encontrar destellos de la inteligencia de Fogwill en sus textos, y este libro no es la excepción. Para mí un exceso de lucidez en la narrativa es la nota disonante. Aparece como una prótesis, como un recurso prepotente y efectista, un mecanismo con los que escritores con una sensibilidad tosca intentan tapar esa falencia. La inteligencia, en muchos otros escritores, va en contra del talento, hace del texto algo artificial, montado, que instintivamente me produce rechazo. Pienso, para dar un ejemplo de un libro que leí hace poco, en Una luna , de Martín Caparrós, en el que a cada momento se nota el esfuerzo del cronista por crear la frase que sorprenda al lector, lo que llega a ser cansador a la larga. No es el caso de Fogwill. A Fogwill no sólo le perdono la lucidez desaforada, su inteligencia monstruosa, sino que también se la agradezco.

La parte que más me impactó es cuando escribe sobre su conocida adicción al tabaco. “Durante más de quince años fui fumador compulsivo de pipa. Coleccionaba pipas y latas vacías de mis tabacos preferidos: Capstan Full, Player’s, Shell Cut, Balkan Sobraine y Four Square. Esto no es un sueño: es un dato biográfico. El tabaco virginia me tenía intoxicado. El humo de las pipas me arruinó la piel de la cara y el hábito de morder la pipa me hizo perder dientes y muelas y llegó a provocarme una asimetría en los ojos y en toda la expresión facial. Una lesión sangrante del labio inferior y varias leucoplasias en las encías tuvieron un diagnóstico alarmante que en 1975 me impulsó a abandonar el hábito”. Desde entonces, los sueños con pipas fueron recurrentes. Como muestra, este fragmento: “Enciendo la pipa y el humo se transforma en un polvo arenoso que me baja por la garganta y tiene algún efecto medicinal que me tensa los músculos de la laringe y me da deseos de cantar. Percibo una erección en mi garganta, siento latidos y sensaciones de placer sexual, como si los receptores táctiles del pene estuvieran ahora en mi laringe y en la tráquea”. Esto bien podría ser un fragmento de Help a él , una nouvelle en la que se propuso reescribir El Aleph de Borges en clave pornográfica y de droga. Partes de su libro póstumo alcanzan ese nivel de delirio donde lo surrealista se vuelve obsceno, fascinante, un paisaje de la locura narrado con una frialdad y una precisión clínica. No todo el libro póstumo alcanza ese nivel, pero con algunos momentos basta y sobra, está más que justificado.

La gran ventana de los sueños es un “bonus track” para fans de Fogwill. Funciona como un apéndice a su obra, como un espacio donde los viejos lectores pueden acercarse para mirar y nutrirse con la magia ya conocida. Nunca recomendaría comenzar a leerlo por ahí, para eso están los Cuentos Completos o Los Pichiciegos , esa gran novelita sobre la guerra de las Malvinas que escribió en dos días y medio a punta de cocaína. A medida que leía el primero de sus libros póstumos pensaba que estaba leyendo un manual de instrucciones, una guía para hacer turismo en esa selva espesa que dejó en un puñado de novelas y, sobretodo, en cuentos maravillosos.

Otros textos del autor en Iowa Literaria :
A solas en lo oscuro
Entrevista con Betina González
Último Año Nuevo con mi padre
Un mundo raro