P oeta prolífico y bilingüe, traductor, crítico y periodista, Martín López-Vega destaca en el panorama actual de la poesía española por una obra que “extrae significados sorprendentes de las cosas cotidianas”. Presentamos una selección de poemas de su libro inédito La eterna cualquiercosa , que será publicado por la editorial valenciana Pre-Textos en 2014.
Oratório (2009), obra del artista brasileño Gonçalo Ivo.
MIS INFLUENCIAS COMO CIENTÍFICO
Mi abuelo era un filósofo cuya obra
se resume en un tomo que consta
apenas del título: Oír, ver y callar .
Mi abuela era escultora barroca.
Su obra más conocida
es el salón de su casa
al que sólo entraban las visitas.
En aquella época
yo era un científico loco
que buscaba una fórmula muy secreta.
Un día mezclé todos los botes del Cheminova
e inventé un mejunje que no dejaba de crecer
ni arrojándolo por la taza del inodoro.
No tardé mucho en descubrir que Brueghel
había abandonado una calavera dentro de mí.
Dado el fracaso de mis investigaciones
para otorgar duración a lo fugaz
mis superiores reunidos en un lugar secreto
decidieron que desde entonces
nada sería para siempre.
En países de los que nadie conoce el nombre
se descomponen juntos televisores, afectos
y ese hilillo de podredumbre
que se extiende por mar y tierra
y es el antibiótico de la elegía.
CANCIÓN DE JUNIO
Vai donc, e si-t prec del chan
Que no-l peiurs.
GIRAUT DE BORNELH
Mientras en coche
nos acercábamos a Piran
un mirlo picoteaba una cereza
y dejaba dentro su canción.
Paseamos junto al mar.
Envidiamos a los adolescentes que reían
semidesnudos y se semidesnudaban
unos a otros con la mirada.
El tiempo nunca hace el camino de vuelta,
pensamos todos, pero nadie lo dijo.
Ni falta que hace , se me escapó decir en voz alta.
Comimos pescado frente a Croacia.
Soñamos ser amigos de las velas.
La casa de Giuseppe Tartini estaba cerrada
pero pudimos oír un violín tocado
quién sabe si por su fantasma.
Ya de vuelta
nos detuvimos junto al camino
para comprar fruta recién recogida.
La primera cereza que comí
estaba picoteada por un pájaro,
y ahora yo llevo dentro su canción.
LA CASA DEL ELLO
En lo más expuesto del acantilado
—¿y cómo los llevarían ahí, los materiales?—
está la casa. Pintada en gris, sus muros
se confunden con la roca. Imposible verla,
desde lejos: a veces puedes pensar en una gaviota
pero es un pedazo de cortina que vuela
a través del vidrio roto de una de las ventanas.
Ni siquiera todos los del pueblo saben de ella
—y quien lo sabe, no lo dice. Ni una leyenda
sobre su construcción, nada.
Sólo podrías llegar en marea baja: el camino
arranca en un recodo alejado de la playa.
Un tramo de escalera tallada con disimulo
—que no se note la mano de un hombre— y luego
oculto bajo las hierbas altas, un incierto sendero.
Junto a la puerta, bidones repletos de agua de lluvia
y un azadón apoyado contra la pared. Una bota desparejada
y una rueda de bicicleta. La puerta abierta chirría
rítmicamente, casi cómica. Dentro, hierbas resecas,
periódicos viejos, cuchillos gastados
sobre una mesa de madera y libros ilegibles en estantes,
borrados por la humedad. La cafetera puesta sobre el gas
como a la espera, una cama deshecha. A lo lejos, muy,
un ladrido. Si te quedases un rato creerías entender
el idioma del viento. Si te sorprendiera la tormenta…
Pero es igual, nunca irás a esa casa.
ESFERA
Anoche sentí un andar de botas pesadas por la casa.
Alguien abría y cerraba puertas con prisa, como buscando algo.
Mi abuelo , pensé, y recordé sus últimos días
cuando confundía el día con la noche, los lugares
con otros lugares y las personas con otras personas
siguiendo, con todo, un lúcido esquema de parecidos.
Quizá utilizaba ya el mapa que se usa al otro lado.
¿Será tan fácil cruzar de un lado a otro de la inexistencia
que uno puede hacerlo por descuido, sin darse cuenta?
¿O tal vez se había dejado algo olvidado y venía a buscarlo?
Me asomé al pasillo. Era él, en efecto. Me hizo un gesto
que me hacía cuando niño, que quería decir: Nos vamos .
Me vestí en seguida y después de caminar un rato
entrábamos en el túnel del tren entre Llanes y Pancar.
¿Cómo es eso de la muerte?, quise preguntarle,
pero las preguntas que se hacen con palabras
nunca fueron algo natural entre nosotros.
Sacó una esfera azul de su bolsillo y la dejó sobre un raíl,
evitando que rodase con unos guijarros de la vía.
Habíamos hecho tantas veces eso con monedas,
con nueces, con chapas de refresco. Pero esta vez
algo era distinto. Pasó el tren y la esfera seguía intacta.
La dejó en mi bolsillo y echó a andar túnel adelante
sin oírme llamarle. Sólo señaló la otra boca del túnel
como diciéndome: Tú, por allí . Salí con mi regalo
a buen recaudo, pensando: Hubiera preferido
una sola palabra tuya . Y entonces la esfera
en su idioma de esfera me reveló
cosas que sólo se intuyen en el amor y en la música.
YENDO A CASA DE XUAN BELLO
CON UNAS SEMILLAS QUE LE TRAIGO DE PORTUGAL
Aquí me tienes, Xuan, subiendo otra vez
la cuesta de Siones camino de tu casa,
entre bardiales y manzanos, soñando,
quién sabe, que algún día
pudiera una de estas casas ser la mía,
y nosotros vecinos, como un tiempo.
Subo la cuesta a paso lento pensando
en aquella casa que vendiste, la de Oviedo,
que me dejaste y fue por eso un poco mía
(tan parientes tus libros de los míos)
y se me hizo raro perderla
del mismo modo que si lo fuera.
Pero nada es para siempre en estas vidas nuestras,
y por eso las dejamos, negro sobre blanco, como huellas
en la nieve que aspiran a la pureza
y apenas la manchan. Subo también, por eso,
pensando en tus poemas, y en Lucrecio,
quien decía: «Es difícil aclarar en versos latinos
los oscuros hallazgos de los griegos,
sobre todo cuando a menudo
tenemos que manejarnos con palabras nuevas
a causa de la pobreza de nuestra lengua
y la novedad de los temas». Sonrío al pensar
en cómo has sido tú capaz de poner en asturiano claro
las viejas dudas, haciendo manar ese otro latín nuestro
de una fuente silenciosa y primigenia.
¿Te acuerdas de aquellas noches de la amistad
que parecían no acabar, cuando siempre
acababas proponiendo tomar un taxi
para amanecer en Lisboa?
En Lisboa recuerdo aquella cena en el Bairro Alto
en la que se aclararon tantas cosas en mi vida
(dejándose uno hablar con un amigo)
que no tardarían en volverse oscuras; pero ¿acaso
no se enturbia siempre el agua que no corre? Y tal vez
aprender a vivir sea aprender la quietud en lo que
se mueve, o el movimiento en lo estable, como si todos
tuviéramos que ser viejos sabios chinos, o nada…
O tantas veces preparando
bacalhau com natas
. Tuya
fue la idea de añadirle manzana, lo reconozco:
la de cambiar las aceitunas por las pasas
sigo creyendo que fue cosa de Carmen,
pero qué más da, si todo
lo hacíamos entre todos,
y así lo seguimos haciendo, a nuestro modo…
Aquí tienes, Xuan,
las semillas que me pediste.
Con ellas te dejo mi esperanza:
que aquello que plantamos
tal vez nos sobreviva
y siga creciendo por nosotros,
para otros.
LA CORRIENTE DEL GOLFO
Hay un río en el océano
MATTHEW FONTAINE MAURY
Hay un río en el océano , esa imagen entra en el sueño
y se arremolina dentro de ti, en una dirección, en la contraria,
eres el finito proyector de lo infinito,
habrá también un alma dulce en este alma salada,
un sueño con meandros en este sueño que no alcanza
su orilla y así, ¿siempre así algo dentro de algo
sólo en apariencia igual? Una corriente que dentro de nosotros
disperse fragmentos en momentos lejanos…
El mundo es una gigantesca máquina de hacer metáforas,
pero por cálidas que sean sus aguas, no son el líquido amniótico.
(Me alimento de plancton, πλαγκτός , lo que va errante)
Ya de noche, una pálida luz ilumina el barco.
Mares fosforescentes de azul. Siempre que algo brilla
la responsable es una planta microscópica. Llámala
felicidad, llámala calma, llámala Patricia.
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Iowa Literaria
:
Poetas del azogue oscuro