Rodrigo Rey Rosa forma parte de una estrecha nómina de escritores centroamericanos para quienes la literatura no solamente se desliga de su contexto histórico y geográfico, sino que tiene a gala despreciar provocativamente cualquier referencia al mundo exterior, y esto a despecho de una cierta crítica periodística europea que se esfuerza en encontrar por doquier en sus libros alusiones a la circunstancia guatemalteca actual, echando quizás en falta los tiempos en que el arte literario del Istmo se orientaba con preferencia hacia el dominante sociopolítico. Contrariamente a esto, la narrativa de Rodrigo Rey se vuelve cada vez más elíptica, más transparente y al mismo tiempo más autorreferencial, y esta tendencia, que siempre fue un rasgo definitorio de su quehacer como narrador, se consolida progresivamente a partir de su novela El material humano (2009), hasta la última, Los sordos (2012), pasando por Severina (2011), la obra de la que se va a hablar seguidamente.

Rodrigo Rey Rosa. Severina. Madrid, Alfaguara, 2012. 112 pp.
Severina es una novela de espejismos, igual que un laberinto borgesiano. Los equívocos comienzan por el título y continúan con las palabras de la contraportada, que publicitan el libro como una historia de amor: “una novela perturbadora acerca del poder a la vez alienante y liberador del amor”. Quienes conocen la trayectoria narrativa de Rodrigo Rey, podrían desconfiar de una entrega incondicional del texto al tópico amoroso, sin más ni más. Y efectivamente, más que de una historia de amor, se trata aquí de un homenaje a la literatura, ya que la novela está transida de alusiones al arte de escribir y de leer, de suerte que la forja misma del relato es refractaria a cualquier cosa que no sea una entrega incondicional y absoluta a la ficción.
Las pocas veces en que la realidad externa asoma su rostro en la novela, es para ser objeto de desprecio y de ironías, como cuando el narrador se burla de la recurrencia de los linchamientos en Guatemala, de la proliferación del narcotráfico en el continente o cuando parodia el interés de los medios de comunicación por la astronomía (el hecho de que Plutón haya perdido el estatuto de planeta), como queriendo decir que lo que conocemos como realidad real se ha convertido en algo tan absurdo que solo nos queda el refugio de la literatura. Y literatura hay, sin duda, en esta obra, porque los personajes apenas tienen otro cometido que leer, decenas y centenares de títulos de todas las épocas, géneros y latitudes. No en vano la fotografía de la portada de la novela (otro paratexto) muestra los estantes de una inmensa biblioteca, y aquí la alusión al gran maestro argentino es insoslayable.
La novela se llama “Severina”, y sin embargo, poco o nada sabemos de este personaje, como afirma en varias ocasiones la voz que cuenta: “Tal vez se llamaba Ana Severina Bruguera, tal vez no” (página 42). Pero paradójicamente, sí sabemos muchas cosas del narrador, a tal punto que la pretendida novela romántica o sentimental se transforma en lo que verdaderamente es, una autobiografía ficticia. En efecto, el narrador nos habla de su entusiasmo por la literatura y de su oficio de escritor, a más de librero; nos hace partícipes de su desorden existencial y de sus dudas acerca del mundo; nos muestra su pasión por Severina, a la que nunca puede tener del todo; e incluso desvela demasiado acerca de sí mismo cuando deja traslucir su lado oscuro hacia el final de la historia.
La teoría crítica habla de un doble movimiento de la literatura a partir de la denominada época moderna. Se trata de un vaivén a un tiempo analógico y disruptivo que consiste en una búsqueda de aprehensión de la realidad en su conjunto y en una consiguiente toma de conciencia desesperanzada. El arte literario de las últimas décadas participa más de este vacío que del primigenio impulso analógico, y en este sentido la narrativa de Rodrigo Rey no va a ser una excepción. Severina tampoco.
De hecho, el pantanal existencial en que se hunde el protagonista (que es la voz que cuenta, escriba de oficio) no es más que una gran metáfora del desfase de la escritura con respecto a la sustancia inabordable de la vida, transustanciado aquí en la historia de amor del narrador con la enigmática Severina. Si alguna vez la literatura copió el mundo o lo configuró, fue hace mucho tiempo. Hoy parece que su poder se reduce a incidir en la gran brecha que se abre entre el fenómeno y el noúmeno, entre el logos y el mundo, como dice el verso de William Carlos Williams que encabeza y preludia la novela: “What power has love but forgiveness?”. Y en este punto el perdón va asociado directamente a la idea de desposesión.
De este modo, el protagonista tiene un romance con una mujer de la que no sabe absolutamente nada, ni siquiera dónde nació; solo conoce con certeza que está tratando con una ladrona de libros y muy posiblemente con una asesina que se empeña en ocultar su identidad y su relación con el señor Blanco, del cual tampoco se dice mucho, únicamente que acompaña a Severina como lo haría su abuelo, su padre, su amante o posiblemente las tres cosas. La muchacha aparece y desaparece intermitentemente en el transcurso del relato, y aunque el protagonista se empeña en conocerla (para comprenderla), solo persigue sombras. De resultas de esto, el librero experimenta una profunda crisis, ya que, tras el fracaso de la pesquisa, llega a dudar incluso de su equilibrio psicológico: “todo esto me hacía pensar que esta historia sentimental había sido un engaño, pero no un engaño llevado a cabo por dos seres humanos para burlar a otro, sino un desvarío de mi propia imaginación” (página 93). Así, lo que en un principio fue presentado como una novela romántica, se transforma en una “novela negra fantástica”, y en este sentido Rodrigo Rey Rosa reafirma una orientación que inaugura con El material humano y que abarca hasta su última obra, Los sordos, donde nada es, tampoco, lo que parece.

Rodrigo Rey Rosa (Ciudad de Guatemala, 1958).
Severina es una novela negra porque hay en ella una criminal (la muchacha termina matando a su “abuelo” enfermo y de no ser por el narrador también lo hubiera hecho con el librero Ahmed), existe una pesquisa, en este caso identitaria (y fallida), e incluso una denuncia sociopolítica “in absentia”. También es una novela fantástica porque, como ocurre en dicho género narrativo, puede encontrarse en ella una oscilación permanente entre una determinada concepción de la realidad objetiva, y el recelo de que dicha percepción no sea sino individual, equívoca e inmanente. Es claro entonces que Rodrigo Rey Rosa homenajea, con este texto, a la escritura moderna.
El amor, que en los autores clásicos y románticos comprendía la aspiración utópica a la entera posesión del objeto, carece hoy de completa validez en sí mismo y se mezcla con el crimen, el misterio, la fantasía y, sobre todo, con el arte de la sospecha. Quizá sea este el amor del siglo veintiuno. Lo que sí podría afirmarse con seguridad es que es ésta la literatura del presente siglo, donde el lenguaje ha dejado de servir a una verdad exterior y se vuelve hacia sí mismo, tornándose, pues, autorreflexivo y autosignificante.
A pesar de este señalamiento permanente de la pérdida, todavía quedan en la novelística de Rodrigo Rey Rosa signos de un álgebra que pretendía ordenar el universo, y en este punto sus narraciones son también deudoras de Borges, autor en cuya obra el afán utópico y la ironía se repartían equitativamente el material narrativo. Severina está construida, incluso estructuralmente, para obedecer a este doble impulso centrípeto y centrífugo, pues la novela gira en torno a los encuentros y las separaciones de los amantes, que representan, de un modo alegórico, la vida (la mujer) y la literatura (el escritor), y la eterna pugna que media entre ambas. La estructura del texto traza por lo mismo una espiral y un círculo, ya que el librero toma al final de la novela el puesto que, junto a Severina, dejó vacante el señor Blanco, muy posiblemente para ser, de igual modo que su antecesor, sacrificado por ella con el transcurso del tiempo.
La parquedad de esta novela (que es casi un cuento largo) la acerca también a la enseñanza del gran literato argentino. Pero lo que separa a pesar de todo la literatura de Rey Rosa de la de Borges es que la obra del narrador guatemalteco huye conscientemente de cualquier conato trascendente y sabe tejer su simbolismo a través de una visión del mundo con sordina, donde la vida cotidiana, transfundida en papel, transmite una apremiante sensación de futilidad. En las novelas y cuentos de Rodrigo Rey Rosa apenas ocurre nada y, paradójicamente, ocurre todo, y Severina no es un caso aparte. Una narrativa minimalista, autobiográfica, metadiscursiva, autorreferencial y sin embargo alegórica, de una indudable originalidad.
Bibliografía mínima:
-BARON, Christine, La littérature et son autre. Utopie littéraire et ironie dans les oeuvres de Borges, Calvino et Queneau, Paris, L’Harmattan, 2008.
-BORGES, Jorge Luis, Obra completa, Buenos Aires, Emecé, 2009.
-REY ROSA, Rodrigo, El material humano, Barcelona, Anagrama, 2009.
–, Severina, Madrid, Alfaguara, 2011.
–, Los sordos, Madrid, Alfaguara, 2012.