S er poeta en tiempos históricos convulsos es un desafío: la demanda del instante, o de la coyuntura, es tiránica; y ciertas palabras sufren un desgaste mucho más veloz que en tiempos calmos. Sólo un poeta de estirpe puede vencer estos obstáculos. Rafael Cadenas lo es: su voz se impone como una de las más destacadas de la poesía actual en español. Iowa Literaria presenta en exclusiva ocho poemas inéditos, pertenecientes al libro en el que está trabajando actualmente.

El diálogo según un dictador

Versión originaria: Cuando yo dialogo, no quiero

que me interrumpan.

Versión segunda: Yo dialogo, pero advierto que no cedo

en mi posición.

Versión tercera: En diálogo, los que me contradigan deben

reconocer de antemano su error.

Versión cuarta: Después de mucho cavilar, dictamino

humildemente que el diálogo es innecesario.

Notification

A los que traten mal

a los prisioneros

se les avisa

que serán declarados

criminales

por desprestigiar

la guerra.

Enmienda

Feliz quien al ver un relámpago

no comenta:

la vida es fugaz.

A los lectores exigentes del Japón no los

satisface este haiku. Para ellos se excede.

Preferirían algo así:

Feliz quien ve el relámpago.

Yo recojo las últimas cerezas

en medio del vendaval.

La otra poética de los japoneses: capullos

de cereza en la noche se llamaban las

bombas bacteriológicas que tenían en los

portaaviones.

El filólogo se queja de las palabras

Las espía,

les averigua su vida,

lugar de nacimiento

fecha

linaje

eclipses

regresos,

qué desean

cómo vinieron a dar aquí

dónde se esconden para no ver,

a qué hora sufren,

o si aún cantan.

Hace tanto se amigó con ellas.

Les reprocha, sí, que se vuelvan cortesanas,

que se alquilen,

que se deshonren,

pero sobre todo que cuando los dictadores

las usan, ellas les dejan impunes los labios.

Chocolate y panecillos

Testimonio en la televisión española

El generalísimo moja con fruición panecillos

en su taza de chocolate

mientras separa expedientes;

unos los coloca sobre una silla,

otros los deja en la mesa,

los primeros son sentencias de muerte ya decididas,

los otros sentencias de muerte por revisar.

Combina así dos placeres,

pero ¿quién sería tan tonto

para apostar a que el de tomar chocolate con panecillos

es menor que el otro?

Los de al lado

Aquí en Somerville han hecho otra casa

recogiendo lo que botan

sus vecinos

–hoy una silla, mañana una mesa,

después un sofá–.

Son el azote del tiempo,

corren cabeza a cabeza con él

salvando hermosos desechos.

Abren la puerta

para atajar su mano.

Son instrumentos de la duración.

Le quitan a la boca de Saturno

su alimento.

A Akhmatova

Ya en Moscú olvidaron

al último zar, no así

los versos de la suplicante,

la que aulló frente al verdugo

para atajar su mano,

la que creció a expensas

del vivir, la que pudo quitarse

de la memoria, hoy

sus escuetas líneas permanecen

y ella recobra su porte helénico.

Spinoza

El sublime pulidor de lentes

guarda para tenerlo a la vista

el abrigo donde un puñal fanático

dejó su rasgadura,

pero nada puede quebrantar

la alegría insospechada

que él ha descubierto.

Aunque esos judíos de Ámsterdam

tan ortodoxamente impiadosos,

la ignoran, ella lleva a todas partes

su agua transparente.

En cuanto a él, no lo alcanzan

tenebrosas maldiciones. Lo protege

una inmunidad conseguida

mediante el buen uso de la razón

en la que tal vez confía

más de lo prudente.