E n su primera novela, Zumbido (451 editores, 2011), el autor colombiano Juan Cárdenas construyó un relato en el que la experiencia del viaje se transformaba en fuga, en un escape interminable. Con la publicación de Los Estratos , su segunda novela, Cárdenas examina la idea del viaje, no como una huida sin fin, sino como un proceso de autodescubrimiento, de revelación. La estructura de la novela sigue la forma del mito clásico greco-latino, en el que el personaje emprende un viaje iniciático, y después de penetrar en un mundo lóbrego, alcanza la liberación, la sanación.
Los estratos. Juan Cárdenas, Editorial Periférica, Madrid, 2013. 202 pp.
Cárdenas penetra en el interior de las capas y la experiencia de una sociedad marcada por la violencia del lenguaje y la estratificación social y racial. Un hombre de la clase media alta, cuyo nombre no conocemos, mira desde su hogar el conjunto residencial en donde vive con su esposa, una mujer de una clase menos acomodada que sin embargo ha internalizado los modales de la clase alta colombiana.
En el interior del personaje principal se proyecta un cosmos en el que reinan las dudas, imágenes del pasado, de su niñez. Debe encontrar a una mujer que está presente en todas ellas. La cuestión por el sin-sentido del ahora se responderá a partir de la reconstrucción de la memoria. El “olor de aguas aceitosas, limo, residuos tóxicos, olor del mar en una bahía sucia” (p. 11), se convierte en la primera pista para entrar en el mundo de su niñez. Recuerdos de bahías, comunidades negras, manglares y miseria, son piezas de un rompecabezas que el personaje procura construir para escapar de una vida que va en picada: quiebra de la empresa que heredó de su padre, crisis dentro de su matrimonio, sensación de extrañamiento en su mundo.
Cárdenas construye una atmosfera oscura, laberíntica, bajo la que se mueven los recuerdos del personaje principal. Dentro de su búsqueda se embarca en un viaje por las diferentes esferas de la sociedad colombiana, ofreciendo así una mirada desgarradora de las miserias que la atraviesan: una galería de arte donde lo político conceptual ya no sirve de nada, fábricas rodeadas de basureros, talleres de chatarra, comunidades negras rurales olvidadas por el Estado. Su viaje por todos estos espacios representa una modernidad no acabada. Los fragmentos de su memoria son sombríos: “un manglar sucio, el agua llena de basura flotante y el olor a mierda, las casas sobre pilares de madera clavados en el barro” (p. 112).
El pasado alcanza a un presente en el que los límites entre violencia, política, narcotráfico y capitalismo se han erosionado hasta el punto de desaparecer. En una cafetería, de regreso al puerto de su niñez, el personaje principal observa “cuatro señores gordos que hablan con discreción. Antes uno podía distinguir a los políticos de los narcotraficantes o de los paramilitares. O de los vendedores de electrodomésticos. De un tiempo para acá es imposible. Son todos igualitos” (p. 139).
El pasado intensifica el deseo de desprendimiento de este paisaje social decadente, y lleva al personaje a emprender un viaje al interior de la selva. Una de las figuras más interesantes de la novela de Cárdenas es un detective de origen indígena que lo ayuda a encontrar a la familia de la mujer que busca en un caserío. Por medio de un rito, el detective se convierte en el vínculo con su pasado.
Más allá de la trama, es mediante el lenguaje de sus personajes que la novela penetra con profundidad dentro de la fragmentación social colombiana. El juego con los diferentes registros –por ejemplo el registro del vigilante del conjunto residencial donde vive el personaje o el registro de su esposa que viene de un pueblo, o el de su psiquiatra que aborrece el mal gusto– hace de esta novela un texto que revela la psique de un país erguido sobre la violencia física y simbólica que lo ha arrastrado a su fracaso como nación.
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